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“Si una mamá se educa, una familia se educa y se transforma toda una comunidad”, afirma misionero en Kenia

En el desierto de Kenia, el padre Jonathan Acuña Paula acompaña a mujeres que aprenden a leer para proclamar la Palabra de Dios, a jóvenes que llegan a la universidad y a comunidades que encuentran en la Iglesia un espacio de esperanza.

Ana Paula Morales (Poli)

10/16/202613 min read

Loiyangalani, Kenia.— En este poblado del condado de Marsabit, situado junto al lago Turkana, entre extensas regiones desérticas del norte de Kenia, un grupo de mujeres de la comunidad samburu comenzó a aprender a leer y escribir con un propósito muy concreto: proclamar la Palabra de Dios durante la celebración de la Eucaristía. Su petición dio origen a una iniciativa educativa que hoy permite a mujeres pastoras adquirir conocimientos básicos de suajili y matemáticas, al tiempo que fortalece su participación en la vida de la Iglesia y en sus propias comunidades.

“Queremos aprender a leer porque queremos proclamar la Palabra de Dios en la Eucaristía”, le dijeron al padre Jonathan Acuña Paula, sacerdote colombiano de los Misioneros de la Consolata que desarrolla su labor pastoral en Loiyangalani. En entrevista con Press Crux, el religioso explica que aquella iniciativa, surgida de las propias mujeres, ha tenido consecuencias que van más allá de la participación litúrgica: ahora pueden llevar las cuentas de sus hogares, escribir pedidos de productos y desenvolverse con mayor autonomía en actividades cotidianas.

“Si una mamá se educa, una familia se educa y se transforma toda una comunidad”, afirma el misionero, convencido de que la educación constituye una de las herramientas más importantes para mejorar las condiciones de vida de las poblaciones a las que acompaña.

Una misión marcada por la sequía y las grandes distancias

La misión de Loiyangalani se encuentra en una región donde el acceso al agua, los alimentos, la educación y los servicios básicos representa un desafío permanente. Las comunidades asentadas entre el desierto de Chalbi, el lago Turkana y las zonas montañosas dependen principalmente del pastoreo y la pesca, actividades especialmente vulnerables a las condiciones climáticas.

La situación de inseguridad alimentaria ha sido documentada por organismos internacionales. Según un informe publicado por Naciones Unidas el 14 de abril de 2026, familias de Turkana y otras regiones áridas del país se han visto obligadas a reducir sus comidas y recurrir a frutos silvestres ante la pérdida de medios de subsistencia. El organismo también informó sobre el apoyo del Programa Mundial de Alimentos a programas de alimentación escolar en centros educativos afectados por la sequía en Marsabit y Wajir.

La gravedad de esta situación también ha sido documentada por agencias internacionales. En una investigación publicada el 12 de diciembre de 2025, Reuters informó sobre la escasez de alimentos terapéuticos destinados a niños con desnutrición grave en centros sanitarios del condado de Turkana, en un contexto de sequía y recortes de la ayuda internacional.

Por su parte, Associated Press documentó el 10 de febrero de 2026 las dificultades de familias del norte de Kenia para acceder al agua y los alimentos. Su reportaje fotográfico mostró a comunidades afectadas por la sequía y a mujeres y niños que deben afrontar diariamente la escasez de recursos esenciales.

Aunque estos informes corresponden a distintas localidades del norte de Kenia, permiten comprender el contexto regional en el que trabajan los Misioneros de la Consolata. En Loiyangalani, las dificultades se agravan por las grandes distancias entre las comunidades y los principales centros urbanos. El padre Jonathan explica que trasladarse hasta Nairobi, la capital del país, puede requerir dos días de viaje, una circunstancia que limita las oportunidades de acceso a determinados servicios.

“Cada vez que nos apartamos de la ciudad, pues nos apartamos de las posibilidades de adquirir y de acceder a algunos servicios básicos”, señala el sacerdote.

Cuando las mujeres encontraron en la Iglesia un lugar para descansar

Una de las experiencias que más ha marcado al misionero ocurrió durante su convivencia con las mujeres de una comunidad samburu. Al observar sus numerosas responsabilidades —el cuidado de los hijos y del ganado, la construcción de las viviendas tradicionales y los largos recorridos para conseguir agua—, decidió preguntarles en qué momento encontraban tiempo para descansar.

“Ellas me preguntaron inmediatamente: ‘¿Qué es descansar?’”, recuerda.

El sacerdote les explicó que descansar también significaba disponer de tiempo para hacer algo que disfrutaran, compartir con otras personas o simplemente detenerse. La respuesta de aquellas mujeres le permitió comprender una dimensión de la vida comunitaria que hasta entonces no había considerado plenamente.

“Para nosotros la Iglesia es un descanso”, le dijeron. “Podemos hablar, podemos cantar, podemos danzar, podemos hablar entre nosotras, podemos conversar de manera libre sin ninguna condición”.

De ese encuentro nació la Copa de Fútbol Femenino Naboisho, cuyo nombre significa unidad en lengua samburu. La iniciativa buscaba ofrecerles un espacio recreativo propio y fortalecer la convivencia entre las participantes. Lo que comenzó como una propuesta deportiva terminó convirtiéndose en un acontecimiento significativo para la comunidad, donde tradicionalmente el fútbol había sido practicado principalmente por hombres.

“La primera copa fue un acontecimiento significativo e histórico para este poblado, ya que nunca habían visto jugar a las mujeres y mucho menos desarrollar un campeonato”, explica el sacerdote.

Hasta ahora se han celebrado dos ediciones de la competición, en las que las mujeres han organizado sus equipos y participado activamente. Aquella experiencia contribuyó también a fortalecer su confianza y su vinculación con las iniciativas de la misión.

Tiempo después surgió la petición de aprender a leer y escribir. Así comenzó a desarrollarse la Escuela de Pastores, que ofrece formación básica en suajili y matemáticas a adultos que, por sus circunstancias familiares y sociales, no habían tenido la oportunidad de recibir una educación formal.

Evangelizar entre el desierto, el lago y la montaña

La presencia misionera en Loiyangalani se remonta a 61 años, según explica el padre Jonathan. Actualmente, el sacerdote comparte las responsabilidades pastorales con el padre Abel, originario de Etiopía, y tres religiosas procedentes de Tanzania. Juntos acompañan a comunidades pertenecientes a distintos pueblos, entre ellos samburu, turkana, el molo y rendille.

Las condiciones geográficas obligan a organizar cuidadosamente las visitas pastorales. Mientras uno de los sacerdotes permanece los domingos en el centro parroquial, el otro se desplaza con alguna de las religiosas hacia las comunidades más apartadas. En ocasiones, estos recorridos deben realizarse por caminos desérticos, zonas montañosas o incluso en canoa a través del lago Turkana.

“Nos desafían a desplazarnos por bastantes horas, largas distancias y en todo tipo de transporte para poder llegar a compartir y hacer presencia, compañía y solidaridad en medio de sus realidades”, explica.

Para el misionero, estas visitas representan mucho más que la celebración de los sacramentos, pues permiten establecer vínculos de confianza y acompañar a familias que viven en condiciones de aislamiento.

“Aún hay poblados y hay personas que nunca han escuchado sobre la persona de Jesús, sobre el Reino de Dios y sobre sus propuestas”, señala.

En el centro parroquial, la jornada dominical comienza a las siete de la mañana con una Misa destinada principalmente a los estudiantes de los colegios. A las nueve se celebra otra Eucaristía a la que acuden familias de las distintas comunidades de la región. La parroquia se convierte así en un punto de encuentro donde personas de diversas tradiciones culturales participan de la oración, la catequesis y las actividades pastorales.

Durante la tarde, el Oratorio Papa Francisco reúne cada domingo a unos 400 niños y jóvenes. Esta iniciativa, establecida en agosto de 2025, puede superar los mil participantes durante las vacaciones escolares y cuenta con la colaboración de jóvenes animadores que organizan actividades deportivas, artísticas, recreativas y catequéticas.

“Se ora, se trabaja en grupo, se reflexiona, se juega, se aprende a ser amigos”, explica el religioso, quien considera que estos espacios ayudan a los participantes a descubrir “la presencia de Jesús en medio de la riqueza de nuestras tribus”.

La educación, una oportunidad para transformar el futuro

Además de la evangelización, uno de los principales esfuerzos de los Misioneros de la Consolata en Loiyangalani está dirigido a facilitar el acceso a la educación. En numerosas familias, los niños comienzan desde pequeños a colaborar en actividades de pastoreo, mientras que las distancias y las dificultades económicas pueden impedir que continúen sus estudios.

Por ello, la misión trabaja directamente con los padres de familia para explicarles la importancia de la formación académica y las oportunidades que puede representar para las siguientes generaciones.

“La educación es una oportunidad para sus hijos, también para su familia y para la comunidad”, destaca el padre Jonathan.

Según su testimonio, durante este año diez jóvenes de la comunidad consiguieron comenzar estudios universitarios, un avance especialmente significativo si se consideran los obstáculos económicos y geográficos que deben superar. Actualmente, seis de ellos reciben apoyo a través del Fondo Educativo Consolata, una iniciativa que busca facilitar su permanencia en la universidad mediante aportaciones para sus gastos académicos y de manutención.

“Creemos que la educación es un medio de transformación social”, afirma. “Puede transformar la vida de un joven, pero también abrir nuevas posibilidades para su familia, comunidad, tribu y aldea”.

Entre los estudiantes hay quienes desean convertirse en enfermeros para responder a las necesidades sanitarias de sus poblados, mientras otros aspiran a dedicarse a la enseñanza. Para el sacerdote, este compromiso con la educación es también una forma de preparar a las nuevas generaciones para asumir responsabilidades dentro de sus comunidades.

El fondo educativo funciona gracias a la colaboración de benefactores, organizaciones y las propias familias, que contribuyen de acuerdo con sus posibilidades. La misión busca ampliar esa red de apoyo y acompañar a más jóvenes que desean continuar su formación.

Otra de las preocupaciones prioritarias es la alimentación infantil. El religioso explica que la Comunidad Papa Juan XXIII, de Italia, colabora en programas de alimentación para alumnos de varias escuelas del desierto, donde la falta de una dieta suficiente afecta directamente al desarrollo físico y al rendimiento escolar.

“Nuestros niños no cuentan con alimentación adecuada para concentrarse ni para poder crecer adecuadamente”, advierte.

Formar protagonistas de la vida misionera

Las distintas iniciativas educativas y pastorales de Loiyangalani responden a un mismo objetivo: que los habitantes de las comunidades participen activamente en su propio desarrollo y en la evangelización.

Con este propósito funciona la Escuela de Liderazgo Misionero, que ofrece espacios de formación a niños, adolescentes, jóvenes y adultos. Durante los períodos vacacionales se organizan jornadas de tres días dedicadas a la espiritualidad, la formación cristiana y el servicio pastoral.

“Queremos que las nuevas generaciones no sean meras receptoras de la misión, sino que se conviertan en protagonistas de los procesos pastorales, proyectos e iniciativas de sus propias comunidades”, explica el sacerdote.

Esta perspectiva también orienta las actividades del Oratorio Papa Francisco, la Escuela de Pastores, la Copa de Fútbol Femenino y los programas de apoyo educativo. Aunque cada iniciativa responde a necesidades diferentes, todas forman parte de un mismo compromiso evangelizador.

“No se trata de proyectos aislados ni de meras actividades sociales; son caminos concretos mediante los cuales buscamos evangelizar, acompañar a las personas y fortalecer la vida de las comunidades”, subraya el padre Jonathan.

Una vocación nacida de la fe familiar

La historia personal del padre Jonathan está estrechamente vinculada a la experiencia de fe que recibió durante su infancia en Colombia. Sus abuelas lo acompañaban cada domingo a la celebración de la Eucaristía y lo animaban a participar en la vida sacramental de la Iglesia.

Aunque desde pequeño sintió el deseo de convertirse en sacerdote, su vocación misionera comenzó a definirse cuando conoció a religiosos que habían trabajado en África y que, durante sus períodos de descanso, colaboraban en su parroquia de origen. Sus experiencias despertaron en él el deseo de dedicar su vida al servicio de comunidades de otras culturas.

“Compartían los desafíos, las alegrías y la pasión por la misión en medio de diferentes pueblos y culturas”, recuerda.

Antes de ingresar al seminario tuvo la oportunidad de estudiar psicología, una formación que considera especialmente valiosa para su labor pastoral. Según explica, estos conocimientos le han permitido comprender mejor las dinámicas sociales y culturales de las comunidades, así como acompañar a personas que atraviesan situaciones difíciles.

Para el religioso, la escucha constituye una parte esencial de la evangelización, pues permite “darle espacio a las personas a que puedan expresar sus sentimientos, sus sufrimientos, sus dolores”.

“Soy un convencido de que la psicología y la teología aportan al desarrollo humano integral”, sostiene.

“Ellos son los que terminan evangelizándonos”

Después de casi cuatro años de misión en Kenia, dos de ellos en la región desértica de Loiyangalani, el padre Jonathan reconoce que la convivencia con estas comunidades ha transformado también su propia manera de comprender la fe y el servicio sacerdotal.

El misionero invita a superar una visión de África centrada exclusivamente en las carencias materiales y a reconocer la riqueza humana, cultural y espiritual de sus habitantes.

“Hay pobreza y hay hambre, pero eso no define a nuestras poblaciones ni a nuestras comunidades”, afirma.

Entre los aspectos que más admira destaca el sentido de comunidad, la solidaridad entre las familias y la capacidad de afrontar las dificultades sin perder la alegría. También subraya el valor de las pequeñas comunidades cristianas, cuyos miembros se reúnen semanalmente para reflexionar sobre el Evangelio, rezar el Rosario y acompañar a quienes atraviesan situaciones de necesidad.

“Ellos aprenden a vivir con alegría”, explica. “Nos enseñan el sentido de lo comunitario y también del compromiso de estar pendiente de los más necesitados”.

Esta convivencia, añade, le ha ayudado a comprender que la evangelización no es un proceso unilateral en el que el sacerdote llega únicamente para enseñar. También implica escuchar, aprender y dejarse transformar por las personas a las que acompaña.

“Ellos son, en últimas, los que terminan evangelizándonos a nosotros”, reconoce.

El contacto cotidiano con estas comunidades le ha permitido, además, “desaprender tantas cosas que en ocasiones no son necesarias y fundamentales para vivir o para vivir nuestra fe”.

A su juicio, el testimonio cristiano se expresa especialmente en la cercanía: compartir las dificultades de las familias, visitar a los enfermos, escuchar sus preocupaciones, celebrar juntos y permanecer al lado de las personas aun cuando existen diferencias lingüísticas y culturales.

“Esto evangeliza”, asegura.

Una invitación a compartir la misión

En el mes de octubre, dedicado especialmente a las misiones, el padre Jonathan invita a los católicos a acompañar con la oración a quienes anuncian el Evangelio en territorios apartados. También anima a personas y organizaciones a colaborar con los proyectos educativos, sanitarios y de promoción humana que se desarrollan en Loiyangalani.

El sacerdote recuerda que no es necesario trasladarse definitivamente a otro continente para participar en la misión de la Iglesia. Profesionales de distintas áreas pueden aportar sus conocimientos durante períodos breves o prolongados, mientras que otras personas pueden contribuir mediante el apoyo económico, la sensibilización o el acompañamiento espiritual.

“Cada uno desde su realidad familiar, profesional y parroquial puede hacer parte de la misión y puede ser misión”, señala.

Para describir el sentido de su trabajo, el misionero utiliza tres palabras: “Presencia, compañía y solidaridad”. Se trata, explica, de permanecer junto a las comunidades, compartir sus preocupaciones y alegrías, y construir relaciones que les permitan afrontar sus desafíos sin perder su identidad y sus valores.

“Estar con las comunidades, vivir con las comunidades”, resume, y también “hacerse compañero de camino” en medio de sus luchas, necesidades y esperanzas.

En Loiyangalani, cuyo nombre significa “el lugar de muchos árboles”, según el sacerdote, la sombra de un árbol puede convertirse en un espacio de encuentro, oración y convivencia para las familias del desierto. Desde ese rincón del norte de Kenia, el padre Jonathan considera que la vida misionera sigue ofreciendo una enseñanza que también resulta necesaria para las sociedades más desarrolladas: aprender a reconocer el valor de aquello que con frecuencia pasa inadvertido.

“Nos perdemos realmente de la riqueza y de la belleza de las pequeñas cosas”, concluye.

Pie de foto: El padre Jonathan Acuña Paula, misionero colombiano de la Consolata, celebra la Santa Misa en Kenia. Foto: Cortesía del padre Jonathan Acuña Paula.

Kenia Press Crux
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