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Ucrania: «Ni siquiera la guerra puede destruir la bondad del corazón humano», afirma sacerdote dominico

El padre dominico Mykhailo Romanov, que ha realizado más de 200 viajes a zonas del frente en Ucrania, relata a Press Crux cómo su comunidad lleva alimentos y acompaña a familias separadas, niños que estudian en refugios y personas que han perdido sus hogares.

ENTREVISTA | IGLESIA EN UCRANIA

Ana Paula Morales (Poli)

10/13/20268 min read

Fastiv, Ucrania.— Sin embargo, cuando habla de quienes sostienen la ayuda humanitaria en Jersón, una ciudad próxima al frente, reserva la palabra «héroes» para los voluntarios que permanecen allí. Son 18 personas que continúan atendiendo a sus vecinos, aun cuando salir a la calle puede poner en peligro sus vidas.

«Cada vez que logro salir de Jersón sano y salvo, doy gracias a Dios por haber preservado mi vida», afirma en una entrevista con Press Crux. Al recordar una de sus jornadas recientes, cuenta que el peligro les impidió abandonar primero la parroquia y, después, el comedor social. Las fuerzas rusas, explica, están al otro lado del río Dniéper, a unos cuatro kilómetros, y desplazarse por la ciudad se ha vuelto extremadamente peligroso.

Su testimonio llega en medio de nuevos ataques contra la población. Associated Press informó que el 8 de octubre una bomba guiada rusa explotó junto a autobuses con pasajeros en Kramatorsk, en la región de Donetsk, y recogió un primer balance de 30 muertos. Reuters informó posteriormente que otra agresión con drones, ocurrida esa noche, elevó a 35 el total de fallecidos en la ciudad durante la jornada.

La invasión rusa a gran escala, iniciada el 24 de febrero de 2022, sigue marcando la vida cotidiana del país. En Jersón, recuperada por Ucrania en noviembre de aquel año, la amenaza de los drones no terminó con la retirada de las tropas rusas de la ciudad. Un reportaje de Associated Press publicado en noviembre de 2025 describió el uso de aparatos con cámaras que permiten a sus operadores observar y seleccionar objetivos en tiempo real.

La Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre Ucrania, creada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, concluyó en mayo de 2025 que los ataques rusos con drones contra civiles en la provincia de Jersón constituían crímenes de lesa humanidad de asesinato y el crimen de guerra de dirigir intencionalmente ataques contra civiles. Su investigación documentó agresiones contra personas que realizaban actividades cotidianas y contra ambulancias.

Más de 560.000 comidas en medio del peligro

En este entorno, la comunidad del padre Romanov mantiene un comedor social que, según el sacerdote, ha servido más de 560.000 comidas calientes desde su apertura en abril de 2023, con el apoyo del Papa Francisco y del cardenal Konrad Krajewski. También sostiene una panadería y una lavandería social en Jersón, servicios que ayudan a cubrir necesidades básicas de una población sometida a ataques constantes.

El sacerdote tiene su base permanente en Fastiv, en la región de Kyiv, donde ejerce su ministerio. Precisa que habla de su propia comunidad, aunque también colabora con religiosas dominicas del oeste de Ucrania y con laicos de la Orden. En torno a esta misión trabajan actualmente 110 empleados y voluntarios, dedicados a los comedores, la escuela y la distribución de ayuda humanitaria.

Entre sus actividades recientes menciona viajes a Dnipró y Járkiv para asistir a personas que habían huido de Pokrovsk, en Donetsk. Transportan productos de higiene y limpieza, ropa, medicamentos y otros suministros para quienes tuvieron que abandonar sus hogares. «Han tenido que huir simplemente para salvar sus vidas», explica.

Familias separadas y heridas que necesitan cuidado

Al describir las dificultades de las familias, Romanov señala la separación prolongada como uno de los mayores sufrimientos. Muchas mujeres y niños han encontrado refugio en el extranjero, mientras sus esposos y padres permanecen en Ucrania. Después de años de distancia, advierte, los vínculos se deterioran y algunas familias terminan por romperse. A ello se suman los niños que han perdido a sus padres y quienes viven pendientes de familiares que sirven en las fuerzas armadas.

También llegan veteranos con amputaciones, lesiones por explosiones y heridas psicológicas que afectan a todo el hogar. La comunidad ofrece encuentros, conversaciones personales y acceso a psicólogos y psiquiatras, junto con oración y acompañamiento espiritual. «A veces, lo más importante es simplemente ayudar a alguien a encontrar la fuerza para superar un día más», afirma.

En Fastiv prepara además un programa de cinco días para madres y esposas de soldados desaparecidos, que combina atención psicológica, física y espiritual. Será, según explica, el decimoquinto programa de rehabilitación destinado a esposas y madres de militares muertos o desaparecidos.

«Para mí, este trabajo consiste en cuidar las heridas abiertas que deja la guerra. Estas heridas necesitan sanar, pero también necesitan una atención constante y amorosa. Cuidarlas es tanto nuestra responsabilidad como nuestra misión», expresa. Desde su fe, ese servicio tiene un significado concreto: «Cuando nos acercamos a las heridas de otras personas, cuando las cuidamos con compasión y amor, encontramos al mismo Cristo resucitado».

La infancia entre alarmas y refugios

En la escuela católica de Fastiv estudian actualmente 60 niños. Las alertas aéreas pueden obligarlos a bajar al refugio antiaéreo cuatro o cinco veces en una misma jornada, de modo que parte de su educación transcurre en sótanos. El sacerdote observa que las interrupciones, las pérdidas familiares y el miedo afectan tanto el aprendizaje como la vida emocional.

Muchos menores viven con ansiedad, alteraciones del sueño y temor por la seguridad de quienes aman. Otros estudian a distancia y solo ven a sus compañeros a través de una pantalla. Romanov subraya que necesitan jugar, convivir y construir amistades, y advierte que las consecuencias de la guerra exigirán acompañamiento profesional durante años.

«La guerra no solo está destruyendo edificios, escuelas y hogares. También está afectando profundamente la infancia, la seguridad emocional y el futuro de toda una generación», sostiene.

«Por favor, quédese con nosotros»

El dominico recuerda que en octubre de 2022, poco después de la liberación de la región de Járkiv, llegó con ayuda humanitaria a una aldea que había estado bajo ocupación rusa. Vestía su hábito blanco cuando los vecinos se acercaron a preguntarle: «¿Dónde estaba Dios cuando ocurría todo esto? ¿Y dónde está ahora?».

Su respuesta fue sencilla: «Soy sacerdote, y un sacerdote es alguien enviado por Dios. Si he venido aquí a encontrarme con ustedes, significa que Dios me ha enviado». Para Romanov, aquel encuentro permitió expresar que Dios no los había abandonado y que su cercanía podía hacerse visible a través de quienes llegaban a ayudarlos.

En otra visita a Kramatorsk, después de intensos bombardeos, encontró un momento de silencio. Los vecinos le dijeron: «Mire, padre, usted ha llegado y las bombas ya no caen. Por favor, quédese con nosotros para que podamos estar seguros». Recuerda esas palabras como una expresión de la necesidad de compañía que encuentra entre las víctimas.

Tras más de 200 viajes a zonas del frente y territorios afectados por los combates, asegura que su comprensión del sacerdocio se ha profundizado. «Ser sacerdote no consiste siempre en encontrar respuestas a las preguntas más difíciles. A veces consiste simplemente en estar presente, en acercarse a quienes sufren y ayudarlos a descubrir que no han sido abandonados».

Un hogar y un pedazo de pan

En el albergue de la comunidad también ha visto comenzar de nuevo a personas que perdieron sus hogares. Vira, una anciana procedente de la región de Sumy, llegó sin vivienda y sin familiares a quienes recurrir. El sacerdote compara el desarraigo de las personas mayores con el de árboles antiguos que son trasplantados demasiado tarde: volver a echar raíces resulta especialmente difícil.

Sin embargo, Vira encontró amistades y un sentido de pertenencia. Durante su estancia se preparó para recibir por primera vez el sacramento de la Reconciliación y recibió su Primera Comunión en Navidad. Romanov ve en su historia la posibilidad de descubrir un nuevo hogar y un nuevo comienzo con Dios, incluso después de perder casi todo.

También menciona a Oleh, quien huyó de Pokrovsk con su abuela en 2022. Hoy tiene 21 años y vive con una discapacidad intelectual. En el albergue ha construido amistades y ganado confianza mientras la comunidad lo ha acompañado en su paso a la vida adulta. Para el dominico, ambas historias muestran que la pérdida de una casa no destruye la capacidad de amar y establecer nuevos vínculos.

En Jersón, esa misma esperanza aparece en un gesto cotidiano. Un hombre acude cada día a recibir un pan de la comunidad. Cuando un voluntario le ofreció dos, rechazó el segundo: «Si Dios me permite vivir este día, volveré mañana y tomaré otro pan. No quiero que este pan se desperdicie. Prefiero que lo reciba otra persona que lo necesite».

«Las personas corrientes nos enseñan lecciones extraordinarias de generosidad, bondad y preocupación por los demás», afirma Romanov. Son encuentros que lo sostienen en medio del miedo y le recuerdan que «ni siquiera la guerra puede destruir la bondad del corazón humano».

El sacerdote agradece a quienes rezan por Ucrania y pide que su pueblo siga presente en la memoria y la solidaridad del mundo. Los lectores que deseen conocer esta misión y contribuir a su labor pueden visitar la página en inglés de la Fundación San Martín de Porres, que ofrece información sobre sus actividades y una opción para donar. Romanov hace también una invitación para el día en que regrese la paz: visitar el país y encontrarse con su gente.

«Creemos que esta guerra terminará y que una paz justa y duradera llegará finalmente a Ucrania», concluye.

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El padre dominico Mykhailo Romanov, quien acompaña a comunidades afectadas por la guerra en Ucrania. Foto: cortesía del padre Mykhailo Romanov para Press Crux.

El padre dominico Mykhailo Romanov, quien acompaña a comunidades afectadas por la guerra en Ucrania. Foto: cortesía del padre Mykhailo Romanov para Press Crux.

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