Elecciones en España: «Ningún proyecto político puede agotar todo el Evangelio», dice obispo

Mons. Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol, advierte sobre la fractura social, pide verdad en el debate migratorio y anima a los católicos a recuperar su compromiso con el bien común.

ENTREVISTA | IGLESIA EN ESPAÑA

Ana Paula Morales (Poli)

10/20/20269 min read

Ferrol, España.-¿Cómo votar cuando ninguna opción política responde plenamente a las propias convicciones? Para Mons. Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol, el desencanto no debería convertirse en una retirada de la vida pública. Su propuesta es reconocer las limitaciones de cualquier proyecto político y buscar el bien que sí es posible realizar.

«Desde mi punto de vista la opción no es tanto el mal menor, sino el bien posible, que es diferente», afirma en entrevista con Press Crux.

España llegará a las elecciones anticipadas del 29 de noviembre en medio de un fuerte desgaste del Gobierno de Pedro Sánchez, del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Según Reuters, su gestión ha estado marcada por dificultades para reunir apoyos parlamentarios, controversias por la amnistía a los independentistas catalanes y causas judiciales que han afectado a su entorno familiar y político. Sánchez ha rechazado haber cometido irregularidades y sostiene que algunas de estas actuaciones forman parte de una campaña política contra su Gobierno. A este escenario se suman las protestas por la vivienda y el rechazo parlamentario de sus propuestas para afrontar esa crisis, que precedió al anuncio electoral. Para los ciudadanos, la decisión se produce así entre preocupaciones económicas, cuestionamientos sobre la confianza en las instituciones y una profunda confrontación política: el escenario ante el que el obispo invita a discernir el voto sin romper los puentes del diálogo.

En ese contexto, el obispo plantea una reflexión que trasciende las urnas: cómo participar responsablemente y evitar que las diferencias políticas fracturen las relaciones familiares y las propias comunidades cristianas.

«Ningún proyecto político puede agotar todo el Evangelio»

El obispo, que también preside la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Española, señala un límite que debe acompañar todo discernimiento electoral: ningún partido puede identificarse plenamente con la fe cristiana.

«Ningún proyecto político puede agotar todo el Evangelio. La Iglesia no es de derechas o de izquierdas, y nadie puede considerar que su proyecto materializa totalmente el proyecto moral que se nos propone».

La falta de una opción que satisfaga las propias aspiraciones puede alimentar el desencanto, reconoce. Sin embargo, advierte que el deseo de mantenerse al margen de lo imperfecto también ha alejado a los cristianos de espacios donde podrían contribuir a transformar la sociedad.

«Los cristianos hemos abandonado mucho la arena de lo político porque se sitúa en el ámbito de lo parcial, de lo éticamente no puro y, por miedo a mancharnos, abandonamos la presencia en esos ámbitos de transformación», sostiene.

Frente a esa retirada, propone identificar el bien que puede realizarse en la realidad concreta, sin esperar que una alternativa satisfaga todas las aspiraciones.

«Es buscar aquello que se puede hacer en las actuales circunstancias, siempre parciales y perfectibles. Eso nos da más paz y más entusiasmo a la hora del compromiso político del cristiano que implica la obligación moral del voto».

La dignidad humana como criterio para votar

Para García Cadiñanos, la doctrina social de la Iglesia ofrece criterios para examinar las propuestas y orientar la responsabilidad personal ante las urnas.

«La DSI tiene una serie de principios que nos ayudan a orientar nuestro voto, que siempre es una decisión moral. Desde la misma DSI caben diferentes proyectos de sociedad, por eso, nos sirve para discernir mejor lo que acontece y evaluar lo que se nos promete».

El criterio fundamental es la dignidad de la persona humana. Antes de valorar una propuesta, considera necesario preguntarse qué visión del ser humano la sostiene.

«Lo que hoy está en juego detrás de todos los proyectos de sociedad es la antropología, qué tipo de persona se ensalza, se promueve y se defiende».

«La defensa de la dignidad sagrada de la persona humana es hoy un servicio que la Iglesia está llamada a hacer: en todas sus etapas, en todas las circunstancias, para con todas las personas».

Junto a la dignidad, destaca el destino universal de los bienes, que interpela sobre la propiedad y el uso de los recursos, incluidos los públicos, frente a lo que describe como un «individualismo exacerbado».

Menciona asimismo «el bien común, que nos ha de guiar en todas nuestras actuaciones; la solidaridad, que ha de velar porque nadie quede al margen; la subsidiariedad, como principio que ayuda a dar protagonismo a todos».

Son criterios para examinar tanto las promesas electorales como la actuación de quienes han ejercido responsabilidades públicas: «Desde estos principios hemos de juzgar lo realizado y aquello que se quiere y desea realizar».

Una división que llega a las familias

Su preocupación por el voto nace de un diagnóstico más amplio sobre España y las consecuencias de la confrontación en las relaciones más cercanas.

«Lo que más me preocupa, y creo que también a todas las personas de Iglesia, es la realidad de crispación que se vive y con la que se vive prácticamente todo».

Describe «una enorme división social en dos frentes muy antagónicos», con interpretaciones enfrentadas de los problemas y sus soluciones.

«Los puentes y el diálogo entre las dos partes de la realidad se han roto y hay mucha división social, familiar y, a veces, eclesial», lamenta.

El problema, según describe, aparece cuando una forma de pensar excluye a quienes ven el mundo de otra manera: «Hay dos modos de pensar el mundo que se viven como identidad única y excluyente».

A esa fractura añade su preocupación por las condiciones materiales de las familias y la brecha económica.

«Hay un empobrecimiento de nuestra sociedad, con un desmantelamiento de la clase media y dificultades para llegar a fin de mes. El problema del acceso a la vivienda es un elemento que está complicando la vida a la mayoría de las familias. Eso hace que el futuro se vea con enorme desesperanza».

También advierte sobre los discursos que presentan a los migrantes desde una perspectiva excluyente y sobre sus consecuencias para la convivencia.

Sobre migración: «Yo solo pediría verdad»

Al preguntarle qué reclama a los responsables políticos y a la sociedad en el debate migratorio, responde: «Yo solo pediría verdad o, al menos, no mentir. Con eso bastaría para generar una paz social y un análisis del fenómeno de la migración más sosegado y ecuánime».

El prelado pide reconocer la integración y las aportaciones de quienes han llegado a España.

«Es una realidad que la población migrante mayoritariamente está integrada y no supone dificultades para la convivencia social: es más, aportan su riqueza laboral, religiosa y de valores que tanto necesitamos. Son un valor importante para nuestra sociedad».

Advierte que las generalizaciones, el miedo y la desinformación pueden deteriorar las relaciones sociales y condicionar las decisiones públicas.

«Si queremos ver otras cosas, si lo anecdótico lo elevamos a categoría, si el miedo es el que nos hace pensar y decidir, si extendemos fake news, si la ideología son las gafas con las que miramos el mundo, no iremos por buen camino y dañaremos sustancialmente el presente y el futuro de nuestra sociedad».

Su petición de verdad apunta a hacer posible un análisis más sosegado y una convivencia que preserve la dignidad de todos.

«Tenemos que desarmar nuestras palabras»

La responsabilidad de los católicos tampoco termina al elegir una papeleta. En medio de la confrontación, el obispo les confía una tarea de encuentro.

«Los cristianos, y especialmente los ministros ordenados, tenemos que ser hoy puntos de encuentro y de comunión. La Iglesia realiza esta función de encuentro, de comunidad en la diferencia».

«Tenemos que desarmar nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras actitudes», afirma.

Propone trabajar por la unidad respetando las diferencias, promover el diálogo y discernir con calma. En la sinodalidad reconoce una respuesta a una sociedad crispada: aprender a encontrarse y caminar juntos sin exigir uniformidad.

Para ello considera fundamental acercarse a las personas y conocer sus circunstancias, dejando que sus vidas cuestionen las ideas preconcebidas.

«Creo que es bueno ayudar a provocar encuentros con las personas que nos desarmen de prejuicios e ideas. La realidad siempre está por encima de la idea».

Acercarse a esa realidad, con sus múltiples caras, permite reconocer la necesidad de compartir el camino: «Esto nos ayudará a caminar juntos, que inevitablemente lo tenemos que hacer».

La vocación política también se vive fuera de las urnas

Su llamado al compromiso se dirige de manera particular a los laicos, cuya vocación sitúa en las realidades temporales.

«A veces pensamos que un cristiano está más comprometido cuando está metido en la sacristía todo el día, o ayudando a tareas de la comunidad».

Frente a esa visión, presenta la vida cotidiana como lugar de testimonio: «El compromiso propio del laico es el de ser luz en medio del mundo, brillar y dar testimonio de Jesús y del Evangelio en la familia, en el trabajo, en el ocio y tiempo libre, en el barrio, en la política y economía».

«Creo que los cristianos hemos desertado de este compromiso, porque seguimos separando fe y vida. Sin embargo, nuestra fe nunca es una fe intimista, sino profundamente personal y social», advierte.

Recuperar esa responsabilidad exige comprender que la fe tiene una dimensión personal y social. Para quienes desconfían de la política, su propuesta consiste en reconocerla en su sentido más amplio: como servicio al bien común, vivido en las circunstancias concretas de cada día.

«Encontrarse con Cristo no nos aparta del mundo: al contrario, nos hace estar en el mundo con otro sentido, horizonte y perspectiva».


Imagen referencial sobre las elecciones en España, con una urna, la bandera nacional y el Congreso de los Diputados. Ilustración generada con inteligencia artificial para Press Crux.

Mons. Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol. Foto: cortesía de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol.

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