Jean Meyer: «Las mujeres fueron esenciales» en la Cristiada
En entrevista con Press Crux, el historiador explica cómo las comunidades decidieron levantarse, recuerda a quienes sostuvieron la resistencia sin combatir y analiza los límites de los arreglos que pusieron fin a la guerra.
ENTREVISTA | IGLESIA EN MÉXICO
Ana Paula Morales (Poli)
10/19/20267 min read


Composición referencial realizada con inteligencia artificial a partir de un retrato de Jean Meyer, con escenas ilustrativas de la participación de las mujeres en la Cristiada.
Ciudad de México.- Por cada combatiente cristero había nueve personas que apoyaban el movimiento sin empuñar las armas. Así se lo decía a Jean Meyer el general Luis Garfias, entonces director del Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional. El historiador recuerda esa estimación para explicar la participación de hombres y mujeres que llevaron alimentos, transmitieron mensajes y atendieron enfermos durante la Cristiada.
«Las mujeres fueron esenciales», afirma en entrevista con Press Crux. Para ilustrarlo, recupera una advertencia que le hizo el escritor Juan Rulfo, quien había sido un joven testigo de la guerra: «Si no toma en cuenta a la mujer, no entenderá nada a la Cristiada».
Autor de La Cristiada y profesor emérito del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), Meyer es licenciado en Historia y Geografía y maestro en Historia por la Universidad de la Sorbona, y doctor de Estado en Historia por la Universidad de París-Nanterre. Su explicación del conflicto recorre los antecedentes de la confrontación entre el Estado y la Iglesia, las decisiones de las comunidades y las consecuencias de la suspensión del culto público.
Los factores que desembocaron en la guerra
Para comprender el levantamiento, Meyer propone comenzar por una precisión: «Más que de “causas” hay que hablar de factores y de la interconexión entre todos los factores».
En su lectura, algunos pertenecen a una historia de larga duración: las disputas entre el poder político y la Iglesia, cuyos antecedentes sitúa en las relaciones entre el Imperio y el Papado durante la Edad Media. Para México, señala un conflicto más próximo, surgido después de la Independencia, cuando la Iglesia rechazó que el nuevo gobierno heredara la autoridad que la Corona española había ejercido sobre ella.
Entre los factores inmediatos identifica «el anticlericalismo rabioso de algunos miembros de la facción revolucionaria triunfante», que se expresó, explica, en varios artículos de la Constitución de 1917 «muy agresivos (potencialmente) contra la Iglesia».
El historiador añade otro episodio: el intento oficial de crear una Iglesia cismática en 1925. Según su interpretación, la iniciativa buscaba debilitar a la Iglesia y acabar con el sindicalismo católico que competía con la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM).
«La acción provoca la reacción: se organiza una resistencia católica legal, pacífica», señala. La confrontación aumentó cuando el presidente Plutarco Elías Calles impulsó la reglamentación de los artículos constitucionales en materia religiosa, conocida como Ley Calles.
Meyer destaca que esa legislación, «entre muchas cosas, condiciona el ejercicio del sacerdocio al registro de los clérigos en Gobernación». De acuerdo con su relato, Roma prohibió al episcopado acatarla y aprobó la iniciativa de una minoría de obispos de suspender el culto público cuando entrara en vigor.
El cierre temporal de los templos para realizar inventarios añadió un punto de choque. Los fieles ocuparon las iglesias para impedir la entrada de los agentes oficiales y el gobierno recurrió a la fuerza.
«Corre la sangre en agosto de 1926, lo que provoca los primeros levantamientos espontáneos», resume.
La decisión de tomar las armas
La respuesta de las comunidades, explica Meyer, estuvo relacionada con la manera en que las autoridades locales aplicaron las disposiciones federales. Allí donde permitieron la práctica religiosa en casas particulares, la reacción fue distinta.
«Cuando las autoridades locales, principalmente los gobernadores, se limitaron a fingir que aplicaban la ley y permitieron (contra las consignas del Centro) la práctica religiosa en casas particulares (misas, matrimonios, bautizos etc.), no hubo levantamiento, no hubo Cristiada o casi nada», sostiene.
La decisión de levantarse tampoco siguió una única fórmula: «La decisión de tomar las armas podía ser individual o colectiva, y a la vez individual y colectiva».
Meyer describe asambleas en pueblos de unos pocos miles de habitantes. En ellas surgieron dirigentes que ya habían resuelto, en su fuero interno, recurrir a las armas porque consideraban agotada la vía cívica.
En ese proceso distingue el papel de los sacerdotes de las decisiones de los pobladores: «El clero poco tuvo que ver con la decisión de la lucha armada».
«Conozco muchos casos de sacerdotes que estaban en contra y que trataban de disuadir a la gente», añade. Su exhortación, recuerda, era esperar: «Paciencia, decían, no hay mal que dure cien años, en dos años se va Calles…».
Quienes sostuvieron la resistencia sin combatir
La participación en el movimiento se extendía mucho más allá de los combatientes. Al recordar lo que le decía el general Garfias, Meyer habla de nueve cristeros «mansos» por cada hombre en armas: una estimación atribuida al militar que permite dimensionar la importancia del apoyo civil.
Eran, explica, «hombres y mujeres que apoyaban el movimiento de mil maneras materiales, concretas: alimentos, parque, información, logística, espionaje, mensajes, atender enfermos…».
El suministro de municiones, la circulación de información y el cuidado de los heridos formaban parte de esa participación. En ella sitúa el papel esencial de las mujeres y el sentido de la observación que le hizo Rulfo: comprender la guerra exigía mirar también a quienes la sostuvieron desde esas tareas.
Los arreglos y la alegría de volver a misa
La terminación de la guerra abrió otra diferencia dentro del movimiento: mientras los combatientes recibieron los arreglos con tristeza, las comunidades celebraron la posibilidad de regresar a los templos.
«Los arreglos cayeron como rayo sobre los combatientes que creían tener el viento en popa, pero el pueblo que los apoyaba se alegró muchísimo con la apertura de los templos, el repique de campanas anunciando la primera misa», relata.
La respuesta de los alzados, sostiene, fue de disciplina: «Disciplinados, a pesar de su tristeza, los cristeros depusieron en seguida sus armas».
Sin embargo, Meyer advierte que el fin de la guerra no aseguró una paz religiosa duradera. Sitúa a principios de 1931 una nueva ofensiva anticlerical y afirma: «De 1932 a 1936 hubo una verdadera persecución religiosa».
Para describir su alcance, ofrece dos cifras: «Cuando Cárdenas llega al poder, solo 350 sacerdotes (de casi 5,000) tienen permiso de ejercer. En 18 estados no hay un solo templo abierto».
Según explica, la oposición pontificia a una nueva lucha armada en 1932 contribuyó a que la guerrilla posterior no alcanzara la dimensión de la Cristiada, aunque siguió existiendo.
La pacificación avanzó después. «Cárdenas, después de exiliar a Calles, restableció poco a poco la paz religiosa», señala.
Meyer sitúa en 1938 el inicio de una etapa de libertad religiosa de hecho, durante la cual dejaron de aplicarse las disposiciones constitucionales restrictivas. El cambio jurídico llegaría décadas más tarde: la reforma constitucional en materia religiosa se publicó el 28 de enero de 1992 y México y la Santa Sede establecieron relaciones diplomáticas el 21 de septiembre de ese año.
En su relato de aquel proceso, una imagen recoge lo que significó para las comunidades el fin de la guerra: «El repique de campanas anunciando la primera misa».
Formación académica y trayectoria de Jean Meyer
Jean Meyer Barth se formó en el Liceo Mignet de Aix-en-Provence y en la Escuela Normal Superior de Saint-Cloud, en Francia. Obtuvo la licenciatura en Historia y Geografía en la Sorbona en 1962, cursó la maestría en Historia en esa misma universidad y obtuvo el doctorado de Estado en Historia en París-Nanterre en 1971, con mención honorífica.
Además de esos estudios, ha recibido doctorados honoris causa de las universidades Autónoma de Nayarit, de Chicago, de Guadalajara y Pontificia de México. Estos son reconocimientos honoríficos, distintos de los grados obtenidos mediante estudios. Es profesor emérito del CIDE, miembro de la Academia Mexicana de la Historia y académico honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.


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