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«La guerra cristera fue un conflicto que se pudo haber evitado»: P. González Morfín

El sacerdote e historiador Juan González Morfín analiza para Press Crux la persecución religiosa, la fe que resistió en los hogares y las lecciones del conflicto a cien años de su inicio.

Ana Paula Morales (Poli)

10/14/20268 min read

Ciudad de México.-A cien años del inicio de la Guerra Cristera, el padre Juan González Morfín propone mirar más allá de los campos de batalla: hacia las familias que sostuvieron la fe en la clandestinidad, los sacerdotes que arriesgaron la vida para administrar los sacramentos y las decisiones políticas y eclesiales que marcaron una de las etapas más dolorosas de la historia de México. Su lectura reconoce la persecución religiosa, pero también invita a examinar críticamente la violencia y las oportunidades de paz que no se aprovecharon.

«Desde muchos ángulos, la guerra cristera fue un conflicto que se pudo haber evitado», afirma en entrevista con Press Crux. Para el investigador, recordar lo ocurrido entre 1926 y 1929 requiere comprender las restricciones impuestas a la Iglesia, las diferencias entre los propios católicos y la complejidad de las negociaciones que pusieron fin al levantamiento.

Presbítero de la prelatura del Opus Dei, ordenado en 2004, González Morfín es licenciado en Letras Clásicas por la Universidad Nacional Autónoma de México y doctor en Teología por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma, grado obtenido en 2004 y convalidado como doctor en Historia del Pensamiento por la Universidad Panamericana en 2016. Profesor e investigador de esta última institución, ha centrado su trabajo en las relaciones entre la Iglesia y el Estado mexicano entre 1910 y 1940.

Entre sus libros figuran La guerra cristera y su licitud moral, El conflicto religioso en México y Pío XI, 1926–1929: Revolución silenciada y La guerra de los cristeros: hitos y mitos. Esa trayectoria sustenta una aproximación que distingue el testimonio de fe de los juicios sobre las decisiones militares, diplomáticas y pastorales del conflicto.

De las restricciones legales a la resistencia armada

El centenario remite a la entrada en vigor de la llamada Ley Calles, el 31 de julio de 1926. En su mensaje conmemorativo, titulado Callaron las campanas de los templos, habló su sangre, la Conferencia del Episcopado Mexicano recuerda que aquella legislación penalizaba la vida ordinaria de la Iglesia y sometía el ministerio sacerdotal al control del Estado. Ante esas condiciones, los obispos dispusieron la suspensión del culto público; al comenzar agosto, el país quedó sin Misas públicas.

González Morfín sitúa los antecedentes en las disposiciones de la Constitución de 1917 que restringían la libertad religiosa. Explica que el presidente Plutarco Elías Calles exigió su cumplimiento y añadió sanciones penales para quienes las infringieran. Dentro del episcopado, sin embargo, no existía una sola respuesta ante ese escenario.

Según el sacerdote, algunos obispos consideraban que sujetarse a la reglamentación implicaba una subordinación incompatible con la independencia de la Iglesia y su vínculo con Roma. Otros preferían aceptar las disposiciones bajo protesta e iniciar negociaciones. Prevaleció la decisión de suspender el culto público, seguida de protestas pacíficas que, señala, no obtuvieron resultados. Un sector de católicos que ya contemplaba la resistencia armada optó entonces por ese camino.

«Y durante casi tres años sobrevino una lucha entre hermanos con consecuencias muy tristes», resume. Su explicación permite comprender el proceso que desembocó en la rebelión sin convertir el recurso a las armas en una conclusión inevitable ni en una decisión compartida por todos los creyentes.

Una fe que se sostuvo dentro de las casas

Mientras se desarrollaba el enfrentamiento, la vida religiosa continuaba en los hogares. González Morfín destaca esa dimensión menos visible de la Cristiada: la transmisión de la fe, la protección de los sacerdotes y la celebración clandestina de los sacramentos. Al recuperar el mensaje de los obispos, subraya el papel de las familias y de las mujeres que conservaron las prácticas religiosas en medio del miedo.

«A pesar de la suspensión del culto, en el seno de los hogares la fe no se enfriaba», afirma. A ello contribuyeron sacerdotes que se desplazaban bajo riesgo de detención o muerte para celebrar Misa, llevar la comunión y atender a las comunidades. En los lugares de mayor peligro, debían retirarse apenas recibían aviso de la presencia de agentes del gobierno.

La emergencia también obligó a adoptar medidas extraordinarias. El investigador menciona dispensas del ayuno eucarístico, permisos para celebrar más de una Misa diaria, matrimonios ante testigos sin presencia del sacerdote, autorizaciones a laicos para distribuir la comunión y la custodia del Santísimo en casas particulares. Aumentó, además, la participación de los seglares en la atención de enfermos y moribundos.

González Morfín documentó estas respuestas en su estudio Emergencia pastoral y soluciones inéditas: las licencias y medidas extraordinarias para la celebración de los sacramentos durante el conflicto religioso en México (1926–1937), publicado en 2023 en Itinerantes. Revista de Historia y Religión. Su investigación muestra cómo las restricciones legales condujeron a la clandestinidad, a medidas excepcionales en la disciplina eclesiástica y a una mayor intervención de los laicos en la vida de la Iglesia.

Los mitos y la información que llegaba a Roma

El sacerdote advierte que algunas interpretaciones repetidas sobre la Cristiada necesitan contrastarse con los documentos. Entre ellas enumera la supuesta legitimidad moral automática del levantamiento, la presentación del asesinato de Álvaro Obregón como una acción heroica, la afirmación de que los cristeros tenían asegurada la victoria y la acusación de que los obispos que negociaron la paz los traicionaron. También cuestiona la idea de que Pío XI carecía de información suficiente sobre México.

Sobre este último punto introduce un matiz: «Muy probablemente, la parte involucrada con más información y, más aún, al momento de los arreglos, era justamente la Santa Sede». Explica que la apertura de los archivos correspondientes al pontificado de Pío XI permitió conocer la preocupación del Papa, las gestiones diplomáticas realizadas y la abundante información que recibía.

Para profundizar en esa dimensión recomienda La Cristiada. Fe, guerra y diplomacia en México, de Paolo Valvo. Los trabajos de este historiador, basados en archivos eclesiásticos y diplomáticos, han contribuido a reconstruir las decisiones de Roma tanto en la suspensión del culto como en las negociaciones de 1929.

Los arreglos de 1929: diferencias y garantías insuficientes

La búsqueda de una salida tampoco encontró posiciones uniformes. González Morfín explica que algunos obispos defendían continuar la resistencia hasta alcanzar la victoria; otros exigían cambios en las leyes antes de reanudar el culto, mientras una mayoría deseaba restablecerlo cuanto antes por el daño espiritual que advertía en las comunidades.

Entre los propios combatientes también surgieron llamados a reconsiderar la prolongación de la guerra. El entrevistado cita al sacerdote y general cristero Aristeo Pedroza, quien en agosto de 1928 lamentaba la ausencia de avances militares decisivos y el derramamiento de sangre. Según el documento que reproduce González Morfín, Pedroza advertía: «Yo creo que pesa una grandísima responsabilidad sobre quienes por culpa o desacierto han causado la prolongación indefinida de una lucha crudelísima cuanto inútil».

Las negociaciones con el gobierno de Emilio Portes Gil dieron lugar a los llamados arreglos de junio de 1929. Sin embargo, sostiene el investigador, los prelados negociadores obtuvieron «compromisos inciertos»: una aplicación no sectaria de las leyes y una declaración pública de que el gobierno no pretendía destruir la identidad de la Iglesia, sin lograr las garantías que buscaban.

En su explicación, apoyada en investigaciones de Valvo, González Morfín destaca además una confusión en la comunicación diplomática. Un telegrama que expresaba en italiano el deseo del Papa de alcanzar un acuerdo «pacífico y justo» llegó traducido como «pacífico y laico». Según relata, ese cambio llevó a los negociadores a interpretar que Roma aceptaba una solución conforme a la legislación mexicana. El episodio muestra la importancia de examinar las condiciones, los mensajes y las reservas que acompañaron el acuerdo antes de reducirlo a una explicación de victoria o traición.

Recordar el sufrimiento y aprender a construir la paz

Para González Morfín, el centenario exige reconocer tanto la fidelidad de quienes conservaron la fe como los errores que agravaron el enfrentamiento. En esa perspectiva recupera el reconocimiento del episcopado mexicano de que también hubo, entre algunos católicos, dureza de corazón, cálculos políticos y decisiones carentes de la lucidez necesaria. La denuncia de la persecución y el examen de las propias responsabilidades forman parte de una misma tarea de memoria.

El sacerdote destaca asimismo la disposición de los combatientes a deponer las armas cuando la autoridad eclesiástica consideró que existían condiciones mínimas para reanudar la práctica religiosa. Al citar una valoración de La Civiltà Cattolica de 1931, recuerda que la obediencia y la renuncia a continuar la lucha fueron reconocidas como parte de su testimonio.

La enseñanza que extrae conserva una exigencia para el presente: defender la libertad religiosa y buscar la convivencia mediante recursos capaces de impedir que las diferencias desemboquen en violencia. «Faltó haber agotado instrumentos que de suyo resultan más eficaces, como el diálogo, la diplomacia y el perdón», señala.

En el fondo de esta memoria permanece, para él, la esperanza de quienes atravesaron la persecución sin renunciar a transmitir la fe: «Los que vivieron el drama de aquella lucha entre hermanos que fue la guerra cristera, no perdieron la certeza de que aquellos sufrimientos estaban roturando la tierra y que vendrían frutos».

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Foto del P. Juan González Morfín: cortesía del entrevistado. Composición gráfica elaborada con inteligencia artificial.

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