“Una sola barca no basta”: la Iglesia de Norteamérica se une ante la crisis migratoria

Ante el aumento de las detenciones y deportaciones en Estados Unidos y el giro restrictivo de Canadá, los episcopados de los tres países buscan articular una respuesta pastoral común que no termine en las fronteras.

IGLESIA EN MÉXICO

Ana Paula Morales Martínez

9/4/202610 min read

Pie de foto: Obispos y representantes de las Conferencias Episcopales de México, Estados Unidos y Canadá durante su encuentro fraterno en Cuernavaca, Morelos. Crédito: Cortesía: CEM y Diócesis de Cuernavaca, vía Mons. Ramón Castro Castro.

Cuernavaca, México.— “Una sola barca no basta: México no puede caminar solo, ni Estados Unidos, ni Canadá”. Con estas palabras, Mons. Ramón Castro Castro, obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), resumió el espíritu del Encuentro Fraterno de los obispos delegados de las Conferencias Episcopales de Norteamérica.

La reunión, celebrada en Cuernavaca, concluyó el 4 de septiembre con un comunicado conjunto dirigido a las Iglesias de los tres países. El documento, compartido con Press Crux, plantea fortalecer la cooperación pastoral ante una realidad migratoria que atraviesa fronteras, sistemas jurídicos y familias, y que ninguna Iglesia local puede afrontar de manera aislada.

El encuentro se desarrolló en un momento de creciente incertidumbre para las comunidades migrantes. Mientras Estados Unidos ha intensificado las detenciones y deportaciones, México acompaña a quienes parten, cruzan el territorio, quedan varados o regresan deportados, y Canadá ha comenzado a reducir la llegada de residentes temporales. Frente a escenarios distintos, los obispos coincidieron en que la respuesta de la Iglesia debe nacer de una misma convicción: detrás de cada cifra existe una persona que conserva su dignidad y la esperanza de encontrar una vida más segura.

Tres países ante un mismo camino

En las jornadas participaron Mons. Ramón Castro; Mons. Daniel Flores, obispo de Brownsville y vicepresidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos; y Mons. Pierre Goudreault, presidente de la Conferencia de los Obispos Católicos de Canadá.

También estuvieron presentes Mons. Óscar Cantú, obispo de San José y presidente del Subcomité de Asuntos Hispanos y Latinos del episcopado estadounidense; y Mons. Eugenio Lira Rugarcía, obispo de Matamoros-Reynosa y responsable de la Dimensión Episcopal de Pastoral de la Movilidad Humana de la CEM, además de colaboradores de las tres Conferencias Episcopales.

Durante el encuentro, los participantes compartieron las realidades sociales, políticas y eclesiales de sus respectivos países. La agenda incluyó la evangelización, el uso de la inteligencia artificial, el intercambio de sacerdotes y la posibilidad de realizar misiones conjuntas, pero la movilidad humana ocupó un lugar central.

La reflexión presentada por Mons. Lira permitió contemplar las distintas etapas de un mismo recorrido: las condiciones que obligan a una persona a dejar su país, los peligros que afronta durante el trayecto, las dificultades para ser recibida y la incertidumbre que acompaña un eventual retorno.

México se encuentra presente en todas esas etapas: es país de origen, tránsito, destino y regreso. Estados Unidos recibe a millones de migrantes, pero ha endurecido sus políticas de control, mientras Canadá, durante años reconocido por su apertura, también ha comenzado a reducir sus metas migratorias.

“En los rostros de quienes migran reconocimos historias, necesidades y esperanzas que reclaman cercanía, acompañamiento y solidaridad”, expresaron los obispos en el comunicado enviado a Press Crux.

El miedo alcanza a las familias y los templos

La gravedad de la situación puede observarse en comunidades concretas. En el Santuario del Sagrado Corazón de Washington D.C., el miedo ha comenzado a reflejarse en las bancas vacías. Más de 40 integrantes de la comunidad católica habían sido detenidos, deportados o habían atravesado ambas situaciones desde que las autoridades federales intensificaron sus operativos migratorios en agosto de 2025.

Algunos fieles dejaron de asistir a Misa, comprar alimentos o acudir al médico por temor a ser arrestados. Otros comenzaron a preparar documentos para designar a las personas que cuidarían de sus hijos si eran detenidos. La parroquia respondió con asesoría legal, distribución de alimentos, acompañamiento a las familias y rosarios en línea para quienes tenían miedo de salir de sus hogares, según documentó Associated Press.

La reunión episcopal se celebró cuando las detenciones y deportaciones en Estados Unidos se mantienen en niveles considerablemente superiores a los registrados durante años anteriores. Una revisión de datos publicada por Reuters señala que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) tiene como objetivo alcanzar un millón de deportaciones anuales.

Las detenciones realizadas por la agencia llegaron a un promedio de 1.300 diarias en diciembre de 2025 y se mantenían cerca de las 1.000 por día a comienzos de marzo de 2026, frente a un promedio aproximado de 350 durante la década anterior. Las deportaciones efectuadas por ICE pasaron de 271.000 en el año fiscal 2024 a 443.000 en 2025.

Los operativos no se han limitado a personas con antecedentes penales. Según la misma revisión, el número de detenidos sin condenas ni cargos criminales adicionales pasó de unos 860 durante el mes en que Donald Trump regresó a la Presidencia a alrededor de 24.500 a comienzos de febrero de 2026.

Ante ese escenario, los obispos reunidos en Cuernavaca advirtieron que en el discurso público se ha debilitado la distinción entre una infracción migratoria de carácter civil y un delito. La condición de una persona que carece de documentos, señalaron, tiende a ser presentada como si constituyera por sí misma un crimen, lo que alimenta el miedo y la estigmatización.

Los representantes episcopales reconocieron también la tensión que esta realidad plantea para los católicos que participan en la vida pública. Sin entrar en disputas partidistas, reafirmaron que la defensa del bien común y de la dignidad de toda persona forma parte irrenunciable de la misión de la Iglesia.

Cuando buscar ayuda también representa un riesgo

En enero de 2025, el Gobierno estadounidense revocó las directrices que restringían los operativos migratorios en espacios considerados sensibles, como escuelas, hospitales e iglesias. Las nuevas disposiciones permitieron que los agentes actuaran en esos lugares sin la autorización especial requerida anteriormente. Associated Press informó entonces sobre la preocupación de líderes religiosos y autoridades educativas ante la posibilidad de que los migrantes dejaran de acudir a servicios esenciales por temor a ser detenidos.

La medida fue impugnada ante los tribunales. En agosto de 2026, una corte federal de apelaciones mantuvo una orden que impide realizar esos operativos cerca de ocho lugares de culto pertenecientes a comunidades cuáqueras, sijs y bautistas. Los jueces consideraron que la política podía vulnerar la libertad religiosa al disuadir a los migrantes de acudir a sus celebraciones, aunque la protección se limita a las comunidades que participaron en la demanda y no se extiende automáticamente a todos los templos del país, según Reuters.

A comienzos de año, el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, pidió al Gobierno de Estados Unidos que sus políticas migratorias respetaran los derechos individuales y el derecho internacional. Expresó preocupación por denuncias de detenciones arbitrarias o ilegales, algunas realizadas con violencia en viviendas, escuelas, hospitales, tribunales, mezquitas e iglesias, así como por el uso innecesario o desproporcionado de la fuerza y las dificultades de algunos detenidos para recibir asistencia jurídica.

Türk solicitó, además, una investigación independiente sobre las muertes ocurridas bajo custodia migratoria. En enero, había registrado 30 fallecimientos durante 2025 y seis en las primeras semanas de 2026. Posteriormente, cifras de ICE recogidas por Reuters elevaron a 48 el número de migrantes muertos bajo custodia desde el inicio del segundo mandato de Trump, 17 de ellos durante 2026.

En el encuentro de Cuernavaca, los representantes estadounidenses explicaron que la labor caritativa de la Iglesia también afronta dificultades jurídicas. Algunas instituciones católicas han tenido que defenderse ante los tribunales frente a intentos de presentar como complicidad lo que consideran un servicio evangélico a personas pobres y vulnerables.

En respuesta, la Iglesia estadounidense ha impulsado iniciativas como la campaña You Are Not Alone —“No estás solo”— y el Plan Pastoral Nacional para el Ministerio Hispano y Latino, orientado a fortalecer la evangelización y el acompañamiento de estas comunidades.

México: origen, tránsito, destino y retorno

El endurecimiento de la política migratoria estadounidense repercute directamente en México. Además de acompañar a quienes atraviesan el territorio rumbo al norte, la Iglesia atiende a personas varadas en las ciudades fronterizas, migrantes que han decidido permanecer en el país y familias que regresan después de una deportación.

En agosto de 2026, el Gobierno de Guatemala informó que había recibido alrededor de 2.300 ciudadanos mexicanos deportados desde Estados Unidos durante el año. Aunque habitualmente las personas son enviadas directamente a su país de origen, estos mexicanos fueron trasladados primero a territorio guatemalteco.

La Secretaría de Relaciones Exteriores comunicó a Washington su rechazo a esa práctica. Especialistas consultados por Reuters advirtieron que el traslado de deportados a terceros países dificulta su localización y aumenta la incertidumbre sobre la protección de sus derechos.

Frente a decisiones que con frecuencia se expresan mediante cifras, metas y procedimientos administrativos, los obispos pidieron devolver la mirada hacia las personas afectadas: “Detrás de cada política hay familias, detrás de cada estadística una historia, detrás de cada frontera una persona que conserva la esperanza de una vida más digna”.

Ese principio, señalaron, debe orientar la respuesta pastoral desde el momento de la salida hasta el eventual regreso. Implica acompañar a quienes emprenden el camino, ofrecer ayuda a quienes quedan detenidos o varados, apoyar a las familias separadas y recibir a quienes retornan después de haber perdido el trabajo, la vivienda o la comunidad que habían construido.

Canadá reduce la migración, pero reconoce su aporte a la Iglesia

Aunque la situación canadiense es distinta, el país también atraviesa un cambio importante. Después de varios años de crecimiento acelerado de la población migrante, el Gobierno comenzó a reducir la llegada de residentes temporales ante la presión que afrontan la vivienda y los servicios públicos.

En 2024, las autoridades anunciaron una disminución de los permisos para estudiantes internacionales y mayores restricciones para los permisos laborales de sus cónyuges y de algunos trabajadores extranjeros. Las medidas buscaban reducir la proporción de residentes temporales, que entonces representaban 6,8% de la población.

Organizaciones defensoras de los migrantes y algunos economistas advirtieron que responsabilizar a los recién llegados por la escasez de vivienda y el aumento del costo de vida podía simplificar problemas económicos y estructurales más amplios, de acuerdo con Reuters.

El plan migratorio de Canadá para 2026-2028 fijó una meta de 385.000 nuevas llegadas temporales en 2026 y de 370.000 para cada uno de los dos años siguientes. También busca reducir la población temporal a menos de 5% del total nacional antes de que finalice 2027. Las admisiones de residentes permanentes se mantendrán en 380.000 anuales durante ese periodo, según Inmigración, Refugiados y Ciudadanía de Canadá.

En este contexto, la Iglesia canadiense reconoce la necesidad de fortalecer su pastoral de movilidad humana. El país trabaja en la creación de un Servicio Nacional para la Movilidad Humana que conecte a las diócesis, ofrezca formación y promueva una cultura de acogida inspirada en el Evangelio.

Los obispos destacaron también una realidad menos visible: en numerosas diócesis, las familias migrantes y los sacerdotes procedentes de otros países han contribuido a renovar parroquias afectadas por la secularización y la disminución de vocaciones. “El migrante se vuelve también misionero”, subraya el comunicado.

“Las fronteras no tienen por qué separar los corazones”

Como primer resultado del encuentro, los obispos identificaron varias iniciativas que serán presentadas a los Consejos Permanentes de sus respectivas Conferencias Episcopales para su discernimiento y eventual aprobación. El documento no anticipa todavía su contenido, pero expresa el deseo de avanzar de manera gradual y prudente hacia una “región de fraternidad episcopal de Norteamérica”.

La propuesta no busca crear una nueva institución ni establecer una instancia paralela a las Conferencias Episcopales existentes. Su propósito es mantener un vínculo más constante entre las Iglesias de México, Estados Unidos y Canadá, respetar la identidad y las competencias de cada una y sostener la coordinación con la Iglesia en el resto del continente.

Durante la Eucaristía que cerró las jornadas, Mons. Ramón Castro recurrió al pasaje evangélico en el que Pedro, después de una noche de redes vacías, escucha a Jesús pedirle que reme mar adentro. Cuando la pesca resulta tan abundante que amenaza con romper las redes, los discípulos deben llamar a los compañeros de la otra barca.

Los acuerdos y proyectos serán importantes, explicó el presidente de la CEM, pero solamente darán fruto si nacen de la certeza de que cada Iglesia necesita de las otras. “Si hemos venido solo a intercambiar información, habremos hecho muy poco”, advirtió.

El encuentro concluyó en la Basílica de Guadalupe, donde los obispos encomendaron a la Virgen las necesidades de los migrantes, las familias separadas, los jóvenes, los pobres y quienes buscan seguridad lejos de su tierra.

“Las fronteras entre las naciones no tienen por qué convertirse en fronteras entre los corazones”, afirmaron. Para los obispos, ninguna persona migrante puede ser considerada extraña: en quien abandona su hogar y emprende el camino buscando seguridad y dignidad, la Iglesia reconoce el rostro de Cristo que continúa caminando.

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