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Ucrania: «Si no pueden ir, ayúdennos a ir», pide voluntario que lleva ayuda

Desde Eslovaquia, Anton Fričorganiza viajes, reúne suministros y apoya espacios de acogida para personas afectadas por la guerra. En entrevista con Press Crux, relata cómo el peligro de los drones obliga a adaptar la ayuda y cómo una causa común reúne a personas con creencias distintas.

ENTREVISTA | IGLESIA EN ESLOVAQUIA

Ana Paula Morales (Poli)

10/15/20267 min read

Brastilava, Eslovaquia.-Cuando Anton Frič cruza la frontera hacia Ucrania, cambia su manera de conducir, de descansar y de escuchar lo que ocurre a su alrededor. Consulta las alertas de ataques, busca alojamiento entre personas que conoce y procura llevar los suministros hasta quienes los necesitan. En esos viajes, junto al miedo y las pérdidas, encuentra también personas dispuestas a compartir su tiempo, sus conocimientos y sus recursos para aliviar el sufrimiento de otros.

«Cuando cruzas la frontera hacia Ucrania, simplemente entras en un modo diferente», relata en entrevista con Press Crux. La amenaza de los ataques acompaña los desplazamientos y modifica la vida cotidiana de las comunidades a las que visita. Sin embargo, esa realidad sigue encontrando una respuesta en quienes organizan colectas, acondicionan refugios, transportan ayuda o abren un espacio para escuchar.

Frič, conocido también como Tony, organiza estas iniciativas desde Eslovaquia. Al comenzar la conversación, precisa que dejó de trabajar para Cáritas hace aproximadamente dos años, aunque continúa colaborando en proyectos relacionados con Ucrania. Actualmente dedica sus esfuerzos tanto a la asistencia a personas afectadas por la guerra como al desarrollo de Ranch Emanuel, una iniciativa para acompañar a niños y familias con dificultades de salud mental.

Cuando se le pregunta qué lo sostiene, responde desde el sentido que ha encontrado en ese servicio: «Creo que he encontrado el propósito de mi vida ayudando a los demás. Y quiero hacerlo de la mejor manera que pueda».

La cercanía en medio del miedo

Frič recuerda que estuvo en Kyiv a finales de marzo de 2022, durante las primeras semanas de la invasión rusa a gran escala. Desde entonces ha regresado a distintas zonas del país y ha visto cómo el peligro obliga a las personas a adaptar incluso las actividades más sencillas.

En una de sus estancias en la capital, se alojó en el apartamento de una pareja cuya hija vive en Eslovaquia. Cuenta que sus anfitriones habían pasado noches en una estación del metro para protegerse de los bombardeos. Dentro de la vivienda, procuraban descansar en un pasillo interior, alejados de las ventanas.

«Dormía en el suelo, al lado de la cama», recuerda sobre su propia experiencia. Buscaba que el mueble quedara entre él y las ventanas, como una medida de protección.

Son situaciones que le permiten acercarse a lo que viven quienes permanecen en Ucrania. El miedo acompaña el descanso, los trayectos y las preocupaciones por los familiares. «No creo que la gente pueda comprenderlo si no lo vive o no lo experimenta por sí misma», expresa.

En medio de esa inseguridad, las relaciones personales sostienen sus recorridos. Amigos y conocidos le ofrecen alojamiento; otras personas lo ayudan a identificar necesidades y a encontrar maneras de responder. La asistencia se construye también a través de esos vínculos, que permiten llegar hasta una comunidad y permanecer cerca de ella.

Una ayuda que comienza con personas dispuestas a colaborar

Antes de cada viaje hay llamadas, solicitudes a empresas, campañas de financiación colectiva y conversaciones con amigos. Frič busca reunir dinero y productos que puedan aliviar las dificultades de las familias: generadores, aparatos de calefacción, mantas, ropa de abrigo, leche para niños y pañales infantiles y para adultos.

La solidaridad toma formas distintas. Algunas personas aportan recursos económicos; otras entregan suministros o ponen sus conocimientos al servicio de una obra. Un equipo de calefacción, un sistema eléctrico o un vehículo disponible pueden hacer posible una ayuda que, de otro modo, no llegaría.

Frič describe este trabajo desde las necesidades concretas de las personas. Las familias con niños pequeños y quienes cuidan a adultos dependientes deben seguir consiguiendo productos básicos, mientras afrontan los gastos y las dificultades que deja la guerra.

Por eso, su invitación alcanza también a quienes no pueden desplazarse. Una aportación desde otro país puede convertirse en abrigo, en energía o en un nuevo viaje para llevar asistencia.

Una parroquia que abrió espacio para acoger

Una de las experiencias que recuerda comenzó en una parroquia de Sloviansk. Allí encontraron a un sacerdote recién llegado cuya casa parroquial carecía de elementos básicos. Frič pidió apoyo a conocidos en Eslovaquia para conseguir muebles, electrodomésticos y calefacción.

Mientras trabajaban, el sacerdote les habló de su deseo de preparar un lugar para recibir a personas evacuadas de zonas próximas al frente. Necesitaban un espacio donde descansar unos días, recibir ayuda y decidir cómo continuar su camino.

«Le dije: “Está bien, lo haremos”», recuerda Frič.

A partir de esa conversación, los voluntarios se organizaron para acondicionar el lugar. Según su testimonio, allí se ofreció apoyo material y espiritual, acompañamiento psicológico y asistencia para trasladar a las personas hacia otros destinos.

El avance del peligro obligó después a modificar las actividades. Frič explica que dejó de viajar a Sloviansk cuando consideró que la situación era demasiado arriesgada, aunque otros voluntarios continuaron ayudando. La atención tuvo que adaptarse a las necesidades y posibilidades de quienes permanecían.

También relata el apoyo a personas desplazadas de Shevchenkove hacia Járkiv y los planes de asistencia a una parroquia de Sumy. En esta última ciudad, la inseguridad llevó a reconsiderar la construcción de un centro y a explorar la adaptación de un espacio subterráneo como refugio.

Entre quienes siguen allí, señala, hay personas mayores y personas con discapacidad cuyos familiares ya han salido. Algunas tienen un vínculo tan profundo con su hogar y su tierra que les resulta especialmente difícil abandonarlos. La parroquia procura acompañarlas, y los voluntarios buscan maneras de sostener ese servicio.

Personas con creencias distintas, unidas para ayudar

Al hablar de su equipo, Frič destaca la colaboración entre personas que antes habían mantenido fuertes desacuerdos. Católicos, agnósticos y voluntarios con posiciones políticas distintas han encontrado una tarea que pueden compartir.

«Tengo voluntarios con los que había tenido discusiones muy duras. Ahora vienen conmigo a Ucrania y ayudan», cuenta.

Entre ellos menciona a Roman, un constructor que contribuye a instalar calefacción y sistemas eléctricos y a resolver dificultades técnicas. También habla de personas que apoyan la recaudación de fondos y de voluntarios que dedican sus vacaciones a transportar ayuda.

Para Frič, esta colaboración tiene un valor especial. Personas que podían verse con desconfianza descubren que son capaces de trabajar juntas y de reconocer las capacidades de los demás. Los viajes y las tareas compartidas abren espacio para el encuentro.

«La mayoría dice que va porque quiere ayudar a las personas que más necesitan ayuda», señala.

La fe forma parte de su vida y de las conversaciones con las que busca comprenderla. En la entrevista reconoce que se hace preguntas, incluso sobre la existencia de Dios, y que dialoga largamente con su confesor, un obispo. Su testimonio muestra una búsqueda que convive con el compromiso de acercarse a quienes necesitan apoyo.

Un tiempo de tranquilidad para los niños

Frič también organiza estancias en Eslovaquia para grupos de niños ucranianos. Durante una o dos semanas, procura ofrecerles actividades y acompañamiento psicológico en un entorno donde puedan descansar de las preocupaciones que marcan su vida cotidiana.

«Creamos para ellos un entorno seguro, donde puedan disfrutar de la vida», explica.

Esos días les permiten jugar, convivir y participar en actividades sin estar pendientes constantemente de los ataques. La iniciativa ofrece un tiempo de tranquilidad a niños cuyas familias y comunidades han sido afectadas por la guerra.

Este trabajo convive con el desarrollo de Ranch Emanuel, un proyecto que todavía no funciona a plena capacidad. Frič busca reunir distintas posibilidades de acompañamiento para niños y familias, con atención profesional, actividades en contacto con la naturaleza y los animales, y espacios de apoyo espiritual.

Su intención es que quienes lo necesiten puedan encontrar a un psicólogo u otro profesional, así como hablar con un sacerdote o una persona dedicada al acompañamiento religioso. Presenta estas posibilidades como parte de un proyecto que sigue construyendo.

También ha impulsado encuentros entre padres que afrontan dificultades relacionadas con la salud mental de sus hijos. Allí pueden compartir experiencias, orientarse y encontrar compañía.

«A veces, lo único que necesitas es hablar», afirma.

Una invitación a sostener el servicio

Frič reconoce que esta dedicación exige tiempo y que encontrar un equilibrio con la vida familiar no siempre resulta sencillo. Aun así, continúa buscando recursos, reuniendo voluntarios y preparando nuevas formas de asistencia.

Su petición a quienes viven fuera de Ucrania es concreta: apoyar a las personas y organizaciones que siguen llevando ayuda. No todos necesitan viajar; también pueden contribuir a que otros lleguen hasta una familia, una parroquia o una comunidad que necesita acompañamiento.

«Si no están dispuestos a ir, algo que tampoco es necesario y que es peligroso, ayúdennos a ir», pide.

En su testimonio, esa ayuda tiene rostros y tareas precisas: un voluntario que instala calefacción, una parroquia que recibe a desplazados, unos padres que encuentran a alguien con quien hablar y un niño que puede pasar unos días tranquilo. Allí encuentra Anton Frič el sentido de seguir sirviendo.

Press Crux
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Video realizado por Tonny Fric y compartido con Press Crux para su difusión.

Anton Frič durante una entrega de ayuda en Ucrania. Foto: redes sociales de Anton Frič.

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