«Sin familia no hay futuro»: cuidar a los niños y llegar antes que el crimen

El cardenal Felipe Arizmendi llama a fortalecer a las familias. Dos análisis del Observatorio de la Conferencia del Episcopado Mexicano amplían la reflexión: ¿qué apoyo encuentran quienes desean tener hijos y qué necesitan los niños para crecer seguros en sus comunidades?

IGLESIA EN MÉXICO

Ana Paula Morales (Poli)

11/4/20267 min leer

group of person eating indoors
group of person eating indoors

La escucha en el hogar ayuda a que niñas, niños y adolescentes encuentren la confianza para hablar de lo que les preocupa y pedir ayuda. Imagen ilustrativa. Foto: National Cancer Institute / Unsplash.

Ciudad de México.-Cuando un adolescente falta varios días a la escuela, una llamada de su maestra puede ser la primera oportunidad de saber qué está pasando. Si recibe por internet una oferta de trabajo que le genera dudas, quizá lo más difícil sea decidir a quién contárselo. En ese momento importa que pueda pensar en alguien que lo escuche con calma y tome en serio lo que dice. Esa confianza se construye mucho antes, en las conversaciones de todos los días, incluso en esas que empiezan con un «¿cómo te fue?» y necesitan tiempo para llegar a una respuesta de verdad.

«Sin familia no hay futuro», sostiene el cardenal Felipe Arizmendi Esquivel, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas, en el artículo semanal que distribuye a los medios de comunicación y que compartió por escrito con Press Crux. Al reflexionar sobre el descenso de la natalidad, advierte: «Esta es una realidad no sólo moral, sino social y económica». Señala que sus efectos alcanzan el mundo del trabajo y el sostenimiento de las pensiones. Su llamado a cuidar a las familias abre también una pregunta para la sociedad: ¿qué apoyo encuentran quienes quieren formar un hogar y quienes ya están criando a sus hijos?

Arizmendi retoma la catequesis del 21 de octubre de 2026, en la que el Papa León XIV recordó que el matrimonio se funda en la entrega mutua de los esposos. La fecundidad de ese amor se expresa en la transmisión de la vida y en la educación de los hijos. El cardenal anima a los jóvenes a formar una familia «según su conciencia cristiana y sus posibilidades». Para quienes ya tienen hijos, esa vocación se renueva muchas veces en lo pequeño: hacer tiempo para escuchar, compartir el cansancio de la crianza y volver a hablar después de una discusión. Catequesis del Papa León XIV.

La familia, primera escuela de humanidad e Iglesia doméstica

Antes de saber qué significa la solidaridad, un niño puede verla en su casa. La ve cuando alguien aparta un plato para la vecina enferma o cuando los hermanos hacen espacio en la mesa para quien llega de visita. Aprende algo de justicia cuando un adulto reconoce que lo regañó sin haberlo escuchado y le pide perdón. Son experiencias que puede llevar consigo al salón de clases o a la cancha, cuando le toca decidir si hace sitio al compañero que siempre se queda fuera.

San Juan Pablo II llama a la familia «célula primera y vital de la sociedad» en la exhortación apostólica Familiaris consortio. La expresión cobra sentido en esas primeras relaciones, donde aprendemos que otras personas cuentan con nosotros y que también podemos contar con ellas. La constitución pastoral Gaudium et spes la describe como «escuela del más rico humanismo» y pide a las autoridades civiles que la protejan y ayuden. Lo que una familia puede ofrecer a sus hijos depende también de las condiciones en las que vive y del respaldo que encuentra a su alrededor.

Para la familia cristiana, ese hogar es también Iglesia doméstica. La constitución dogmática Lumen gentium dice que los padres son para sus hijos «los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo». Pensemos en la abuela que enseña a rezar por alguien que sufre y al día siguiente se acerca a visitarlo, o en el padre que bendice la mesa y se acuerda de quien hoy no tiene qué comer. Un niño puede olvidar las palabras exactas de una oración y recordar, años después, que en su casa le enseñaron a poner ante Dios el nombre de quien sufría y a preguntarse cómo podía ayudarlo.

El Papa Francisco lleva esa responsabilidad al terreno de la vida diaria en Amoris laetitia. La falta de una vivienda adecuada puede llevar a una pareja a posponer su proyecto familiar. Las jornadas largas y los traslados pueden dejar apenas unos minutos para encontrarse al final del día. Vale la pena pensar en la madre que llega cuando sus hijos ya se durmieron o en los abuelos que sostienen la crianza mientras los padres trabajan. Una política favorable a las familias se puede medir también en algo tan concreto como el tiempo que les devuelve para estar juntas.

En su colaboración para el Observatorio n.º 174, María Cristina Rodríguez García, del CISAV, examina el debate sobre la baja fecundidad en la Ciudad de México y plantea una pregunta que da otra dimensión al llamado del cardenal Arizmendi: «¿Se está debilitando el deseo de tener hijos o se está debilitando la confianza en poder criarlos adecuadamente?». En las conversaciones que analiza aparecen la precariedad económica, la incertidumbre sobre el futuro y los cambios en las relaciones de pareja. La pregunta cobra sentido al pensar en quienes sí desean tener hijos y se preguntan si podrán pagar una vivienda, encontrar quién los cuide mientras trabajan o tener tiempo para verlos crecer.

Llegar antes que el crimen

En México, el editorial «Llegar antes que el crimen», publicado por Desde la fe el 25 de octubre, muestra por qué el respaldo a las familias también importa para la seguridad de la infancia. A partir de un cuadernillo del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana, advierte que los grupos criminales pueden captar a menores mediante falsas ofertas de empleo, amenazas o vínculos de confianza. También se aprovechan de su deseo de pertenecer y ser reconocidos. El riesgo alcanza incluso a quienes estudian y tienen padres presentes.

El reclutamiento es una de las amenazas que enfrentan los menores. José Miguel Ángeles de León, en su colaboración para el mismo Observatorio, examina otro daño a partir de los ataques armados que han afectado a niñas, niños y adolescentes en Guanajuato. La violencia también cambia la vida de quienes pierden a un ser querido, presencian una agresión o empiezan a temer el camino a la escuela. Cuando una familia decide que sus hijos ya no pueden salir a jugar frente a casa, la medida puede protegerlos de un peligro inmediato, pero también les quita un espacio para hacer amigos, convivir y ganar autonomía.

Ante ese riesgo, hay una pregunta del Papa Francisco que merece quedarse con nosotros: «¿Intentamos comprender “dónde” están los hijos realmente en su camino?». En Amoris laetitia, el Santo Padre invita a conocer lo que ven en las pantallas, las personas con las que pasan el tiempo y los proyectos que empiezan a hacerse propios. También advierte que «la obsesión no es educativa». Esa cercanía se puede cultivar preguntándoles qué les gusta de un juego en línea, qué les preocupa de un amigo o cómo se imaginan su futuro. Cuando algo les da miedo, importa que sepan que podemos escucharlos aunque todavía no encuentren las palabras para explicarlo.

La prevención requiere también que alguien responda cuando una familia pide ayuda. Desde la fe señala responsabilidades para las escuelas, las autoridades, las comunidades y las plataformas digitales. Quienes ya fueron captados necesitan protección y apoyo para salir de esas redes y retomar sus proyectos de vida.

Para una familia que ha vivido una agresión, recuperar la confianza puede empezar con algo tan concreto como que su hijo pueda volver a clases y encuentre allí a alguien que sepa escucharlo. El análisis del CISAV pide atención psicológica accesible, continuidad escolar, protección para las familias amenazadas y recuperación de espacios comunitarios. Una parroquia puede ofrecer escucha, acompañamiento espiritual y actividades seguras, en coordinación con los servicios especializados. A las autoridades les corresponde garantizar la protección, investigar los delitos y procurar justicia.

En la encíclica Fratelli tutti, el Papa Francisco recuerda que la familia es el primer lugar donde se aprende la fraternidad y recoge una manera concreta de entenderla: «Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo». Esa enseñanza también alcanza a quien no tiene hijos. Puede vivirla la vecina que acompaña a una madre que cría sola, la catequista que se fija en quien se ha quedado al margen o el maestro que sigue pendiente de un alumno después de que la familia le confía una dificultad.

«Cuidemos nuestras familias», escribe el cardenal Arizmendi. Quizá hoy eso signifique sentarnos un poco más a la mesa, retomar una conversación que quedó a medias o llamar a la familia de ese niño que hace días no vemos. Si un hijo, un nieto o un alumno nos dice «tengo algo que contarte», podemos empezar por hacerle sitio a nuestro lado y dejarle el tiempo que necesite para hablar.

¿Quieres ayudarnos a crecer? Lee. Reza. Comparte.

Lee nuestras noticias y convierte cada historia en oración: por el país que atraviesa una crisis, por quienes sufren, por el misionero o la misionera y por la persona que comparte su testimonio.

A lo largo de mi vida me ha inspirado el ejemplo de un santo que rezaba mientras leía las noticias: miraba el mundo y lo ponía ante Dios.

Y, si está en tus posibilidades, apoya a Press Crux para que podamos seguir contando estas historias con rigor, independencia y esperanza.

Noticias

Análisis católico sobre iglesia, política y cultura.

Artículos

Opiniones

apmorales@presscrux.org

© 2026 Press Crux. Todos los derechos reservados.