Colombia: El terremoto no detuvo el reclutamiento de niños: la denuncia del obispo de Quibdó

Monseñor Wiston Mosquera Moreno advierte que los grupos armados siguen reclutando menores en el Chocó mientras las familias intentan recuperarse del sismo. La Iglesia distribuye ayuda y trabaja para restablecer los espacios de atención infantil; el obispo pide protección para las comunidades y que se cumplan los compromisos del Estado.

ENTREVISTA | IGLESIA EN COLOMBIA

Ana Paula Morales (Poli)

9/22/202610 min read

Quibdó, Colombia.— El terremoto dejó viviendas destruidas y centros infantiles sin condiciones para recibir a los niños, pero no detuvo el reclutamiento de menores por los grupos armados. Así lo denuncia Mons. Wiston Mosquera Moreno, obispo de Quibdó, quien pide que la emergencia no haga olvidar a las comunidades indígenas y afrodescendientes que siguen padeciendo la violencia en el Chocó. "Son niños que no tendrían por qué ir a la violencia, no tendrían por qué ir a la guerra, de ninguna manera", afirma en entrevista con Press Crux. A esa amenaza se suma la extorsión, que, según explica, obliga a comerciantes a cerrar sus negocios y empuja a familias a abandonar la ciudad o el departamento.

El sismo de magnitud 7,4 del 10 de agosto de 2026 golpeó el occidente de Colombia y dañó viviendas, escuelas y hospitales. Reuters informó el 14 de agosto que el Banco Mundial había desembolsado 200 millones de dólares para la respuesta a la catástrofe. En el Chocó, donde se localizó el epicentro, unas 69.000 personas resultaron afectadas o desplazadas, según cifras de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios recogidas por Associated Press el 19 de agosto.

La emergencia alcanzó a un departamento de selvas, ríos y costas, habitado por comunidades afrodescendientes, indígenas y mestizas. La minería de oro y platino, la agricultura, la pesca, la explotación forestal y el comercio forman parte de su economía, estudiada por el Banco de la República. Muchas poblaciones dependen del transporte fluvial para abastecerse. Esa misma geografía condiciona ahora la entrega de suministros y encarece el traslado de los materiales necesarios para reconstruir.

"Ellos no se han ido del departamento del Chocó, siguen acá"

Durante la emergencia, el obispo percibió una disminución de los enfrentamientos y las muertes violentas. Sin embargo, advierte que la presencia de los grupos armados no ha cesado: "Ellos no se han ido del departamento del Chocó, siguen acá". Según explica, persisten el confinamiento de comunidades y el reclutamiento de menores, especialmente entre la población indígena y afrodescendiente. Aunque algunos muchachos sean atraídos mediante promesas, Mosquera considera que estos niños están siendo secuestrados y reclama protección para las familias que temen perder a sus hijos.

Las advertencias sobre el reclutamiento preceden al terremoto. En un comunicado del 12 de febrero de 2026, UNICEF señaló que los casos verificados por Naciones Unidas en Colombia se habían cuadruplicado en cinco años. Las cifras correspondientes a 2024 equivalían, en promedio, a un niño o niña reclutado y utilizado por grupos armados cada veinte horas. Por su parte, EFE informó el 3 de septiembre que la Defensoría del Pueblo había conocido 1.173 casos en todo el país entre 2024 y el 31 de julio de 2026.

Ante esta situación, Mosquera pide que el acompañamiento internacional continúe más allá de la atención inmediata a los damnificados. Su preocupación abarca a quienes permanecen confinados, a las familias obligadas a abandonar sus hogares y a las comunidades que sufren la desaparición o el reclutamiento de sus muchachos. "Vemos urgente que se siga acompañando a las comunidades", insiste.

La extorsión que obliga a dejar el negocio y la casa

La salida de las familias no siempre comienza con un enfrentamiento armado. En su aclaración a Press Crux, Mosquera describe cómo la extorsión va haciendo imposible sostener un negocio o permanecer en el propio hogar. Los comerciantes y quienes intentan emprender se encuentran entre los afectados: "Muchas veces tienen que dejar el negocio, incluso dejar la casa", señala. Algunos buscan refugio en otro barrio, pero en una ciudad del tamaño de Quibdó, explica, pueden ser localizados nuevamente. Por eso terminan marchándose y, si consiguen comenzar otra vez, lo hacen fuera del Chocó.

El temor alcanza también a quienes habían pensado invertir en el territorio. "Les da miedo venir a poner un negocio en donde de repente van a ser extorsionados", advierte el obispo. Sin embargo, aclara que no hace falta tener una empresa para sufrir estas exigencias. Hay familias que dependen de un salario y que, cuando empiezan a mejorar su situación económica, reciben demandas de dinero. Para algunas, la decisión de irse acaba siendo la manera de evitar que la extorsión continúe.

Mosquera vincula expresamente estas prácticas con el desplazamiento: "Es verdad que por esa razón hay también desplazamientos". Otras familias, añade, salen para proteger a sus hijos del reclutamiento y procurar que puedan estudiar en un colegio o una universidad fuera del departamento. El obispo recuerda que algunos jóvenes regresan años después, ya profesionales, con el deseo de servir al lugar donde nacieron.

La violencia que provoca estas salidas tiene antecedentes anteriores al sismo. En un reportaje del 24 de febrero de 2025, Reuters recogió en Condoto los pedidos de auxilio de habitantes del Chocó ante las amenazas de los grupos armados y los desplazamientos. Ese mismo año, al referirse a otra región colombiana, el Catatumbo, el Papa Francisco expresó su preocupación por las víctimas civiles y los desplazados: "Les expreso mi cercanía y rezo por ellos", dijo después del Ángelus del 26 de enero.

La Iglesia acompaña a las víctimas de extorsión

Ante el impacto de la extorsión en comerciantes, emprendedores y familias del Chocó, la Diócesis de Quibdó mantiene una labor de denuncia, asistencia humanitaria y acompañamiento pastoral y jurídico.

En un documento compartido con Press Crux, la Iglesia local explica que el obispo, los sacerdotes y la Comisión Vida, Justicia y Paz (COVIJUPA) han denunciado públicamente el cobro de extorsiones y el aumento de la violencia en el territorio.

A través de las parroquias y de COVIJUPA, la diócesis ofrece espacios de oración, apoyo y consuelo a las familias amenazadas por los grupos armados. Cuando las víctimas se ven obligadas a abandonar urgentemente sus comunidades, reciben también asistencia humanitaria y orientación sobre las rutas institucionales disponibles.

La comisión brinda asesoría y acompañamiento legal, y articula cada caso con la Defensoría del Pueblo y las autoridades competentes. En situaciones concretas, la Iglesia impulsa misiones humanitarias o diálogos pastorales con el propósito de mediar en favor de las víctimas y defender los derechos de la población.

Esta labor alcanza también a las comunidades rurales más alejadas de las cabeceras municipales. "La Iglesia siempre acá, en este territorio, ha estado y seguirá estando presta a acompañar a las comunidades", asegura Mons. Mosquera.

Permanecer junto a las comunidades

"La Iglesia siempre acá en este territorio ha estado y seguirá estando presta a acompañar a las comunidades", asegura Mosquera. Esa presencia se extiende también a las poblaciones rurales alejadas de las cabeceras. Según detalla, la diócesis atiende diez municipios en las cuencas de los ríos Atrato y Andágueda; dos de ellos pertenecen administrativamente a Antioquia. En varios de esos lugares, añade, también se presenta la extorsión.

La Iglesia conoce ese sufrimiento por la presencia de sacerdotes, religiosas y equipos pastorales en el territorio, en contacto con los consejos comunitarios y las familias. Saben cuándo una población queda confinada, cuándo alguien debe huir y cuándo falta un joven. Esa cercanía también ha costado vidas. El obispo recuerda a seminaristas, sacerdotes, misioneros, misioneras y líderes sociales que murieron por defender los derechos humanos, la paz y el territorio: "Por estar del lado nuestro, por estar del lado de la comunidad". Por eso habla de Quibdó como una "diócesis martirial".

Nacido en Andagoya, Mosquera conoce también la experiencia de vivir lejos del Chocó. En su juventud participó en los grupos parroquiales y trabajó antes de trasladarse a Cali, donde ya se había establecido buena parte de su familia. Allí tuvo empleos en distintas empresas y después ingresó al seminario. Tras años de ministerio sacerdotal en esa arquidiócesis, el Papa Francisco lo llamó al servicio episcopal en Quibdó. El regreso a su tierra le permitió retomar un vínculo que había conservado durante su ausencia: "Conozco el territorio, conozco la idiosincrasia, conozco la cultura". Desde esa experiencia quiere que la evangelización respete y fortalezca las tradiciones indígenas, afrodescendientes y mestizas.

Recuperar los lugares donde los niños estaban protegidos

La atención a la infancia ocupa también un lugar urgente en la reconstrucción. En una visita al kínder Santa Familia, cuyo video fue compartido con Press Crux, el obispo pidió recuperar las instalaciones "para que los niños vuelvan a estar en este espacio". Las hermanas hospitalarias atienden allí a más de 110 menores mientras sus padres salen a trabajar, algunos en la informalidad. Tras los graves daños causados por el sismo, las religiosas iniciaron las obras con recursos propios y aportaciones de donantes.

"En este momento estamos en la reconstrucción, mirando a ver hasta dónde podemos llegar", explica la hermana Nancy Elena Rendón, hospitalaria de la Santa Cruz. También la vivienda de la comunidad quedó afectada. La religiosa agradece a quienes han sostenido los trabajos y confía en poder continuarlos con su ayuda: "Dios es grande, cada día hace milagros, y esta es una gran oportunidad para saborear el gran amor que Él nos tiene, la protección y el poder de Dios".

En el barrio El Poblado, la italiana Daniela Confalonieri busca recuperar otro espacio dedicado a los niños. Lleva más de veinte años trabajando junto a las hermanas Vedruna en este sector de la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe. Según se explica en el recorrido compartido con Press Crux, una de las construcciones tendría que demolerse por el hundimiento del terreno; la contigua también podría correr la misma suerte. Daniela pide ayuda para reconstruir la sala en otro lote o, si las condiciones lo permiten, en el lugar donde estaba. Al describir los peligros del barrio, recuerda por qué era tan necesaria: "Se alcanzaba a tener a los niños protegidos".

Que las promesas lleguen a los damnificados

Para sostener a las familias mientras avanzan las obras, la diócesis distribuye suministros hasta donde sus recursos lo permiten. "Nosotros sí logramos que la ayuda llegue por lo menos a la cabecera municipal", explica Mosquera. Desde allí, representantes de las comunidades los recogen y regresan por los ríos. El combustible absorbe una parte importante de las aportaciones: "Salir por este río, o por cualquiera de ellos, a llevar estas cosas cuesta demasiado". Algunas entregas requerirían helicópteros, añade, pero la Iglesia local no dispone de ellos. Durante los primeros días, las dificultades se agravaron por la falta de electricidad e internet, servicios que ya eran deficientes antes del terremoto.

A los problemas de abastecimiento se suma la necesidad de encontrar terrenos seguros. La diócesis ha comenzado a comprar materiales de construcción, pero hay familias que todavía no saben dónde podrán levantar su casa. Según el obispo, el desplazamiento del suelo impide reconstruir en algunos lugares, por lo que pide a las autoridades municipales que acompañen la búsqueda de alternativas. Reconoce las visitas del presidente de la República a Quibdó y los beneficios anunciados para el departamento, aunque espera que se traduzcan en ayuda efectiva: "Esperamos que esto empiece ya a ponerse en práctica".

"Cumplamos los compromisos que se están haciendo a través de los medios de comunicación", reclama. Mosquera pide que los recursos canalizados por la alcaldía y la gobernación se inviertan donde hacen falta y lleguen a los damnificados. A los gobiernos, las organizaciones y las embajadas que han colaborado les agradece su solidaridad, con una petición que extiende a todos los que se han acercado al Chocó: "Cuánto nos encantaría, efectivamente, que cuando vaya pasando poco a poco la emergencia no nos olvidemos de estos territorios".

"No son muchachos violentos, son muchachos estudiantes"

En medio de las necesidades, el obispo conserva el recuerdo de quienes acudieron a ayudar: médicos, enfermeras y profesionales de la psicología que atendieron a la población cuando la capacidad local resultaba insuficiente. También destaca una escena en la curia. Había llegado un gran camión con suministros y faltaban manos para descargarlo. Tras una convocatoria por redes sociales, aparecieron más de cien jóvenes que, con las universidades y los colegios cerrados, se pusieron a trabajar.

Su colaboración continuó después de aquella descarga. Los estudiantes comenzaron a acudir a otros lugares donde llegaban camiones con ayuda; el grupo creció y ellos mismos se llamaron "los bárbaros", por la rapidez con la que se organizaban. Mosquera les agradece sus manos, su fuerza y su disposición para servir a sus vecinos. Al hablar de ellos, quiere que se conozca también esa juventud del Chocó: "No son muchachos violentos, son muchachos estudiantes".

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Foto: Cortesía de Mons. Wiston Mosquera Moreno, obispo de Quibdó.

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