Irak: “Abrigamos una esperanza casi imposible”, afirma el arzobispo caldeo de Erbil

Mons. Bashar Warda explica a Press Crux cómo la Iglesia acompaña a los jóvenes que fueron expulsados de sus hogares por ISIS y que hoy deben decidir entre permanecer en Irak o emigrar.

ENTREVISTA | IGLESIA EN IRAK

Ana Paula Morales (Poli)

9/20/202610 min read

Erbil, Irak.— Cuando el Estado Islámico irrumpió en la llanura de Nínive, en agosto de 2014, miles de niños tuvieron que abandonar de un día para otro sus casas, escuelas, iglesias y amigos. Doce años después, muchos de ellos son jóvenes adultos que intentan abrirse camino en Irak, aunque la inseguridad, la falta de empleo y la dispersión de sus familias siguen empujándolos hacia la emigración.
En entrevista con Press Crux, Mons. Bashar Matti Warda, arzobispo caldeo de Erbil y religioso redentorista, habló de las heridas que dejó el desplazamiento, de las preguntas que la persecución suscitó en la fe de los jóvenes y del trabajo de la Iglesia para ofrecerles educación y oportunidades reales de empleo.

Una Iglesia reducida, pero todavía arraigada

La invasión estadounidense de 2003, la violencia sectaria, los atentados de Al Qaeda y la ofensiva de ISIS redujeron de manera drástica la presencia cristiana en Irak. Según Associated Press, el país tenía alrededor de 1.5 millones de cristianos antes de 2003; hoy se calcula que quedan unos 150,000. Muchos se establecieron en Europa, América y Australia, mientras algunas localidades arrasadas por los yihadistas todavía no recuperan a todos sus habitantes. La agencia Fides recogió la postura de la Iglesia caldea: el futuro de los cristianos está unido al de todo el pueblo iraquí. En septiembre de 2025, la agencia informó que en Mosul quedaban menos de setenta familias cristianas.
En 2021, el Papa Francisco visitó Mosul, Qaraqosh y Erbil y llamó a los iraquíes a reconstruir el país desde la fraternidad y el perdón. Años después se conoció que las autoridades habían frustrado un atentado suicida durante el viaje, según informaron Reuters y AP. La derrota territorial de ISIS había terminado con su control sobre Mosul, pero no con las amenazas ni con el miedo de muchas familias a regresar.
Irak enfrenta ahora las consecuencias de una nueva escalada regional. Reuters informó que la guerra con Irán afectó las rutas y la capacidad de exportación del petróleo iraquí. Ante la violencia en Medio Oriente, el Papa León XIV pidió a la Iglesia caldea no ponerse “del lado de quienes empuñan las armas” y afirmó que nada justifica el derramamiento de sangre inocente, de acuerdo con Vatican News. En julio, en un mensaje dirigido a los jóvenes reunidos en Ankawa, el Papa los animó a ser “luz de Cristo” y constructores de paz en su país, informó Vatican News.

Cuando un niño pierde su mundo

Mons. Warda recuerda que la gran oleada de desplazados llegó a Ankawa, el distrito cristiano de Erbil, los días 6 y 7 de agosto de 2014. Las familias fueron alojadas en veintiséis campamentos de distintos tamaños. Sacerdotes, religiosas, religiosos y jóvenes voluntarios se organizaron para atenderlas.
“La experiencia de la persecución y el desplazamiento fue profundamente dolorosa, y su mayor impacto en estos niños fue la pérdida de su sensación de seguridad”, explicó el arzobispo. “Un niño que se ve obligado repentinamente a abandonar su hogar pierde su mundo familiar: la escuela, los amigos, la iglesia y los lugares que guardan recuerdos de su infancia”.
Aunque las condiciones han mejorado, muchos conservan el temor de que la tragedia pueda repetirse. Esa inseguridad condiciona sus planes. La emigración también separó a amigos y familiares, que ahora viven en distintos países.
Sin minimizar ese sufrimiento, Mons. Warda subraya un factor que evitó un daño aún mayor: los niños no huyeron solos. Sus padres y sus comunidades permanecieron junto a ellos. “Ciertamente vivieron en tiendas de campaña y refugios prefabricados en condiciones muy difíciles, pero mantener a la familia unida fue una importante fuente de fortaleza para afrontar lo sucedido”.
Las religiosas reunían a los pequeños para la catequesis y organizaban actividades educativas y recreativas. La prioridad era que cada niño encontrara a alguien dispuesto a escucharlo y pudiera continuar jugando, aprendiendo y haciendo amigos. Sobre todo, la Iglesia se propuso que regresaran cuanto antes a las aulas.
“Solíamos decir que los niños ya habían perdido parte de su pasado al ser arrancados de sus hogares. Permanecer en un campamento sin educación ni actividades significativas amenazaba su presente, y la tragedia se agravaría aún más si también perdían su futuro”, afirmó.
El arzobispo aclaró que estas acciones no curaron todas las heridas y que cada persona enfrentó la experiencia de manera distinta. Sin embargo, considera que la unidad familiar, el acompañamiento de la Iglesia y la educación ayudaron a muchos a reconstruir su vida.

Una fe llena de preguntas

La persecución también puso a prueba la fe de los desplazados. Mons. Warda dijo que no puede hablarse de una respuesta común a toda la generación. Algunos jóvenes fortalecieron su relación con Dios; otros todavía cargan preguntas difíciles: “¿Dónde está Dios? ¿Por qué sucedió todo esto? ¿Por qué sufrimos? ¿Qué significa nuestra fe en estas circunstancias?”.
El prelado considera que esas preguntas no deben censurarse ni recibir explicaciones rápidas. Nacen de personas heridas que intentan comprender la pérdida de su hogar y el derrumbe de la realidad que conocían. “Lo que ayudó a muchos de ellos fue el acompañamiento y la escucha, más que las respuestas rápidas”, señaló.
La Iglesia estuvo presente en las visitas a las familias, la ayuda para cubrir las necesidades básicas, la oración y el regreso de los niños a la escuela. Muchos de los sacerdotes y religiosos que prestaban este servicio también habían sido desplazados.
En 2015, con el respaldo de los Caballeros de Colón, la Universidad Católica de Erbil abrió un curso de teología para jóvenes y adultos trabajadores. Las clases, impartidas los viernes, ofrecían formación bíblica, teológica, pastoral y espiritual para leer lo vivido a la luz de la Palabra de Dios.
La imagen bíblica del Éxodo ayudó a la comunidad a leer lo que estaba viviendo. “Era como si cruzáramos el Mar Rojo hacia la Tierra Prometida. El ISIS nos dejaba atrás, pero la gracia de Dios nos guiaba”, recordó. No era una promesa de que las dificultades terminarían pronto, explicó, sino una manera de afirmar que Dios no los había abandonado.
Algunos jóvenes expresaron una fe más madura mediante la oración, el voluntariado y el servicio. Otros necesitaron más tiempo. Mons. Warda señaló que la responsabilidad de la Iglesia es acompañar a ambos y mostrarles que la identidad cristiana exige trabajar por la paz.

Quedarse no puede ser una condena

¿Qué buscan hoy aquellos niños que ya son adultos? “Una verdadera oportunidad para vivir con dignidad: una buena educación, un empleo estable, una vivienda digna y la posibilidad de formar una familia y planificar su futuro”, respondió el arzobispo.
Los jóvenes quieren ser reconocidos como ciudadanos iraquíes con los mismos derechos y responsabilidades. Pero la decisión de permanecer no depende solo del apego a su tierra. Muchos tienen padres, hermanos o hijos en Europa, América o Australia. Para ellos, emigrar significa reunirse con su familia y encontrar apoyo para comenzar de nuevo.
Por eso, Mons. Warda rechaza que se culpabilice a quienes piensan marcharse o que la permanencia se presente como una obligación moral sin ofrecer condiciones para sostenerla. “Las personas tienen derecho a buscar una vida segura y digna, y también a encontrar en su propio país las condiciones que les permitan quedarse. Nuestra responsabilidad pastoral consiste en hacer de la permanencia una opción posible y razonable”.
El empleo figura entre los obstáculos principales. Cada año se gradúan nuevos profesionistas en un mercado con oportunidades limitadas. El sector público, valorado por su estabilidad, no puede ampliar indefinidamente su plantilla, mientras las empresas privadas tropiezan con problemas de financiamiento, servicios, burocracia e inversión.
La seguridad ha mejorado respecto de los años del desplazamiento, pero, explicó, no basta con una calma pasajera. Los jóvenes y los empresarios necesitan confianza para tomar decisiones de largo plazo. “Esta sensación de vivir entre la guerra y la paz supone una gran presión para la vida cotidiana”.
Mons. Warda también pidió igualdad de oportunidades para que los cristianos trabajen en las instituciones del país, incluidas la policía y las fuerzas de seguridad. A su juicio, esa participación reforzaría su sentido de pertenencia y responsabilidad hacia Irak.
“Abrigamos una esperanza casi imposible, pero esta esperanza nos impulsa a actuar”, afirmó. “El amor por Irak debe manifestarse en una buena escuela, una oportunidad laboral, un hogar e instituciones que protejan los derechos y brinden a las familias motivos reales para confiar en el futuro”.

Escuelas, hospital y 950 empleos

Desde el inicio de la crisis, la Iglesia de Erbil combinó la asistencia humanitaria con la educación y el acompañamiento espiritual. Con el apoyo de Ayuda a la Iglesia Necesitada, los Caballeros de Colón y la Conferencia Episcopal Italiana, instaló cuatro escuelas prefabricadas para que los niños desplazados no perdieran el ciclo escolar.
En Ankawa también habilitó un campus alternativo para la Universidad de Al-Hamdaniya, con apoyo de la Conferencia Episcopal Italiana y la diócesis alemana de Rottenburg-Stuttgart. Ayuda a la Iglesia Necesitada contribuyó con el equipamiento. El espacio se cedió gratuitamente a estudiantes y profesores desplazados. En 2015, la arquidiócesis inauguró la Universidad Católica de Erbil.
Actualmente, las instituciones diocesanas comprenden un centro infantil, una escuela internacional, otras cuatro escuelas acreditadas, una universidad y un hospital, además de diversos proyectos de servicio. Según los registros proporcionados por el arzobispo, han generado cerca de 950 puestos de trabajo.
“Vemos cómo una buena escuela ayuda a una familia a decidir quedarse, cómo un hospital proporciona empleo a médicos, enfermeros, técnicos y personal administrativo, y cómo una universidad puede abrir oportunidades profesionales y personales para los jóvenes”, explicó.
El acompañamiento continúa en las parroquias, la catequesis, los encuentros juveniles, las visitas familiares y los sacramentos. Cuando es necesario, también intervienen profesionales de la salud mental. El trabajo vocacional incluye el matrimonio, la vida familiar, el sacerdocio, la vida consagrada, el ejercicio profesional y el servicio público.
Mantener estas obras supone, sin embargo, una carga financiera considerable. Las colegiaturas y cuotas no pueden cubrir todos los costos si las instituciones desean seguir siendo accesibles, otorgar becas y ayudar a pacientes con recursos limitados. Mons. Warda pidió alianzas duraderas y financiación asequible, además de reglas de acreditación, supervisión y competencia que se apliquen con equidad.
También advirtió que no todo futuro profesional pasa por un título universitario. Irak necesita formación técnica vinculada con el mercado laboral: electricidad, sistemas de agua, energía solar, mantenimiento de equipos, construcción y otros oficios capaces de ofrecer ingresos estables.

Del trauma al liderazgo

Mons. Warda asegura que ya está surgiendo una nueva generación de líderes cristianos. Reconocer que fueron víctimas de persecución es necesario para defender sus derechos y conservar la memoria de lo ocurrido, señaló, pero eso no significa definirlos únicamente por lo que padecieron.
Durante el desplazamiento asumieron tareas en la catequesis, atendieron a otras familias y colaboraron con las instituciones de la Iglesia. El arzobispo recuerda especialmente a unos trescientos jóvenes que prestaron servicio durante la Misa celebrada por el Papa Francisco en Erbil en 2021. Cuando terminó la celebración, permanecieron en el estadio para limpiarlo y entregarlo en buenas condiciones.
En la Fiesta de la Cruz de 2025, jóvenes caldeos, asirios, sirio-católicos y sirio-ortodoxos colaboraron en la organización. El arzobispo propone extender ese “ecumenismo de servicio” a escuelas, hospitales, centros de formación, proyectos de vivienda e iniciativas de empleo.
Entre sus propuestas figura crear institutos técnicos conectados con las necesidades reales de las empresas y programas de aprendizaje remunerado. Un apoyo económico temporal permitiría contratar y capacitar a jóvenes hasta que los puestos pudieran sostenerse por sí solos. También propone financiación supervisada para pequeñas empresas, de manera que profesionales experimentados compren herramientas, formen aprendices y generen trabajo estable.
El desafío, advirtió, supera las posibilidades de una sola diócesis. Por ello pidió una alianza de largo plazo entre las Iglesias de Irak, la Santa Sede, las comunidades católicas de otros países, la diáspora iraquí, el Estado y los organismos internacionales. Propuso crear un mecanismo común de coordinación, un fondo transparente y programas de vivienda y empleo en cuyo diseño participen los jóvenes.
Para Mons. Warda, proteger la presencia cristiana no significa aislarla, sino dar a ciudadanos iraquíes con raíces milenarias las herramientas necesarias para contribuir al futuro del país.
“Nuestros jóvenes pueden hacer esta contribución si se les brinda confianza, formación y oportunidades”, concluyó. “Han sufrido profundas heridas, pero también poseen fe, talentos y el deseo de vivir plenamente. Nuestra responsabilidad es trabajar con ellos para que estos talentos den fruto en familias estables, instituciones que sirvan a los demás y un testimonio de paz en Irak”.

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