«Mientras haya desaparecidos no habrá paz»: Mons. Acero llama a acompañar a las familias buscadoras

Al conmemorar los 40 años del encuentro de oración por la paz en Asís, el obispo auxiliar de México cuestionó la escasa respuesta de las autoridades ante las desapariciones y pidió a los líderes políticos, económicos y religiosos asumir un compromiso concreto contra la violencia.

IGLESIA EN MÉXICO

Ana Paula Morales (Poli)

10/30/20267 min leer

Monseñor Francisco Javier Acero, obispo auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México, durante el encuentro ecuménico del 26 de octubre, celebrado con motivo del 40.º aniversario de la jornada de oración por la paz en Asís. Fotografía: Arquidiócesis Primada de México.

Ciudad de México.- Monseñor Francisco Javier Acero, obispo auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México, advirtió que la paz en el país seguirá pendiente mientras haya personas desaparecidas y llamó a acompañar a las familias que buscan a sus seres queridos. Durante una conmemoración celebrada el lunes 26 de octubre por los 40 años del encuentro de oración por la paz convocado por san Juan Pablo II en Asís, el prelado también pidió defender la libertad religiosa y detener la utilización de las creencias para justificar la violencia.

«Que la preocupación no nos paralice ni el miedo nos lleve a guardar silencio. No nos resignemos al dominio de la fuerza y de la prepotencia. Sigamos trabajando juntos para que aparezcan todos, porque mientras haya desaparecidos no habrá paz en nuestra sociedad», expresó en su mensaje, compartido con Press Crux.

El obispo vinculó la conmemoración interreligiosa con el sufrimiento de las familias buscadoras y cuestionó la atención que reciben sus casos. «Queridas familias buscadoras, en nuestras Iglesias siguen presentes sus gritos de dolor e impotencia por las injustas desapariciones y por la escasa respuesta de las autoridades al seguimiento de cada uno de sus casos. Estamos con ustedes desde la fortaleza del amor de Dios, que nos regala una esperanza que no defrauda y que ninguna ideología nos puede robar», afirmó.

México atraviesa una crisis de desapariciones que afecta especialmente a los jóvenes. El país superó las 133 mil personas desaparecidas y no localizadas: la Red Lupa registró 134,257 al 16 de mayo de 2026, mientras el registro oficial consignaba 130,500 el 7 de octubre, en medio de localizaciones y cuestionamientos sobre posibles subregistros. Según un análisis de A dónde van los desaparecidos, 8,217 personas desaparecieron entre octubre de 2025 y septiembre de 2026 y continuaban sin localizarse al corte de su revisión. Tres de cada diez víctimas de ese periodo tenían entre 15 y 24 años. Especialistas consultados por el medio advirtieron sobre desapariciones vinculadas con el reclutamiento criminal y cuestionaron que la reducción de los registros refleje necesariamente una mejora.

Las familias buscadoras y organizaciones de derechos humanos denuncian investigaciones deficientes, obstáculos para denunciar y rezagos en la identificación de restos humanos. La crisis también ha provocado tensiones entre el Gobierno mexicano y el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU, que llevó la situación del país ante la Asamblea General. Según una declaración de la Federación Internacional por los Derechos Humanos y organizaciones mexicanas, el Gobierno rechazó esa decisión, mientras las organizaciones reclaman investigaciones que esclarezcan tanto la actuación del crimen organizado como la posible participación o complicidad de autoridades.

Puertas abiertas para las familias buscadoras

Frente a ese sufrimiento, Mons. Acero situó el acompañamiento a las familias entre las responsabilidades concretas de las comunidades religiosas. Aseguró que los espacios eclesiales deben permanecer abiertos para escuchar, compartir el dolor y sostener la búsqueda, tanto de quienes tienen fe como de quienes están alejados de ella.

«Nos seguimos y nos seguiremos encontrando con ustedes para escucharlas a la luz del Evangelio, sin condicionamientos y con las puertas abiertas a creyentes y a quienes están alejados de la fe, porque este grito desgarrador tiene que seguir escuchándose», señaló. Añadió que los templos tienen «el corazón abierto» para acompañar la búsqueda de cada persona desaparecida y a quienes han tenido que abandonar sus hogares por la violencia.

El prelado destacó la perseverancia de quienes buscan a sus familiares y el amor que sostiene esa tarea. Desde esa realidad, llamó también a cuidar a las familias y a acompañar especialmente a las que sufren injusticia y violencia, para que no queden solas frente a su dolor.

Un llamado a quienes toman decisiones

El mensaje dirigió una petición expresa a los actores y líderes sociales del país, así como a los responsables de la política y de la economía, para que se comprometan seriamente con la tolerancia, la convivencia y la paz. El obispo los exhortó a intervenir para detener el derramamiento de sangre inocente y poner fin a las guerras y los conflictos, además de afrontar la degradación ambiental y la decadencia cultural y moral.

La convocatoria incluyó a intelectuales, filósofos, artistas, comunicadores y dirigentes religiosos, a quienes invitó a promover los valores de la justicia, el bien, la belleza y la fraternidad humana. Para el prelado, la responsabilidad de los creyentes exige una participación activa en la construcción de la paz y debe reflejarse en sus decisiones cotidianas.

«Desde nuestras creencias estamos llamados a ser interlocutores, a actuar en la construcción de la paz no como simples intermediarios, sino como auténticos protagonistas», sostuvo. «Cada uno de nosotros está llamado a ser un artesano de la paz: uniendo y no dividiendo, apagando el odio y no alimentándolo, abriendo las vías del diálogo y no levantando nuevos muros».

No utilizar el nombre de Dios para justificar la violencia

Mons. Acero planteó también la defensa de la libertad religiosa como una condición para la convivencia. «La paz requiere que toda persona sea respetada en su conciencia y pueda vivir su fe sin miedo, sin imposiciones y sin discriminación», afirmó, al pedir respeto por las creencias en los lugares donde las personas viven y trabajan.

En ese contexto, llamó a educar a las nuevas generaciones en valores y enseñanzas religiosas que promuevan la dignidad humana y la convivencia. Asimismo, advirtió que las religiones desvirtúan su sentido cuando son utilizadas para alentar la hostilidad o legitimar el derramamiento de sangre.

«Las religiones, fieles a sus enseñanzas, no deben incitar a la guerra ni alentar sentimientos de hostilidad o violencia. Cuando se utilizan para justificar el derramamiento de sangre, se desvirtúa su sentido y se abusa de la confianza de los creyentes para alcanzar fines políticos y económicos», expresó.

El obispo pidió que cese la instrumentalización de las religiones para incitar al odio, al extremismo y al fanatismo, y que deje de utilizarse el nombre de Dios para justificar el homicidio, el terrorismo, la opresión o la expulsión de las personas de sus hogares. «Dios, el Omnipotente, no necesita ser defendido mediante la violencia ni desea que su nombre sea usado para aterrorizar a la gente», subrayó.

Frente a esas prácticas, exhortó a fortalecer la cultura del diálogo y del encuentro, así como el camino ecuménico e interreligioso construido durante años, reconociendo las aportaciones de los distintos creyentes al bien común.

Cuarenta años del encuentro de Asís

La conmemoración del lunes se celebró en vísperas del aniversario de la Jornada Mundial de Oración por la Paz del 27 de octubre de 1986. Aquel día, en un mundo marcado por la Guerra Fría y la amenaza nuclear, Juan Pablo II reunió en Asís a representantes de Iglesias y comunidades cristianas y de distintas religiones para expresar su compromiso con la paz.

En su discurso de clausura, conservado por la Santa Sede, el Papa explicó que los participantes habían rezado según sus respectivas tradiciones, ayunado y caminado juntos. También dejó claro que las diferencias entre sus creencias permanecían y que el encuentro no pretendía reducir las distintas oraciones a una fórmula común.

La convocatoria relacionó la oración con la responsabilidad de actuar: Juan Pablo II insistió en que rezar por la paz no eximía de trabajar por ella y señaló que la convivencia se construye mediante decisiones y gestos cotidianos. Cuatro décadas después, el mensaje de Mons. Acero retomó esa responsabilidad y la vinculó con las heridas de la sociedad mexicana.

Este año se cumplen, además, ocho siglos de la muerte de san Francisco de Asís, ocurrida en 1226. Al recordar su espiritualidad, el obispo invitó a reconocer al otro como hermano, acercarse con humildad a quienes creen de manera distinta y acompañar a quienes sufren.

«Que su saludo, “Paz y bien”, se traduzca hoy en nuestro compromiso de construir la paz, respetar la libertad religiosa y acompañar a las familias buscadoras», expresó. «Que la oración que hoy nos reúne continúe en nuestras decisiones y en nuestras obras».

Monseñor Francisco Javier Acero junto a otros líderes religiosos durante la oración por la paz del 26 de octubre. Fotografía: Arquidiócesis Primada de México.

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