“La reconstrucción será la verdadera prueba”, afirma director de Cáritas Colombiana
El padre Diego Meza advierte que muchas familias afectadas por el terremoto ya reparan sus casas sin asistencia técnica, incluso en terrenos inseguros. Pide sostener la ayuda y llegar también a las comunidades más apartadas.
ENTREVISTA | IGLESIA EN COLOMBIA
Ana Paula Morales (Poli)
9/30/20266 min read
Colombia.— Una familia puede tener su vivienda declarada no habitable y, aun así, seguir durmiendo en ella porque no tiene adónde ir. Esa es una de las situaciones que han encontrado los equipos de Cáritas Colombiana mientras la respuesta al terremoto pasa de la atención inmediata a una tarea más difícil: decidir dónde y cómo reconstruir sin exponer de nuevo a las familias.
“Creo que la reconstrucción será la verdadera prueba de esta emergencia”, dijo a Press Crux el padre Diego Ignacio Meza Gavilanes, director del Secretariado Nacional de Pastoral Social–Cáritas Colombiana. Su preocupación es que algunas familias ya han comenzado a levantar sus viviendas con los recursos que tienen, “utilizando técnicas similares y, algunas veces, en los mismos lugares inseguros”.
El terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto golpeó el occidente de Colombia. Reuters documentó el derrumbe de edificios y los daños en hospitales e infraestructura, mientras Associated Press relató los esfuerzos por encontrar sobrevivientes entre los escombros. El minidocumental que acompaña esta nota comienza en La Badea, en Dosquebradas, cerca de Pereira, donde el sismo dejó destruida la ermita de Jesús de la Buena Esperanza. Aquella primera respuesta dio paso a una emergencia prolongada para quienes perdieron su techo o sus medios de subsistencia.
En una evaluación publicada el 22 de agosto, la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios consignó, con datos oficiales del 18 de agosto, 29.554 viviendas destruidas y otras 134.342 afectadas. En un comunicado del 21 de agosto, el Equipo Humanitario de País estimó que 1,2 millones de personas requerían asistencia a raíz del sismo, que agravó necesidades previas en regiones golpeadas por el conflicto. Esas cifras corresponden a los cortes indicados y no describen por sí solas la situación actual de cada familia.
Reparar una casa no siempre significa volver a estar a salvo
El padre Diego sostiene que la ayuda debe responder a lo que los equipos encuentran sobre el terreno. Según las cifras nacionales que compartió con Press Crux, se registraban 36.478 viviendas destruidas y otras 206.931 averiadas, cantidades que coinciden con el balance oficial del 15 de septiembre. Sin embargo, aclaró que Cáritas todavía no puede precisar cuántas familias permanecen dentro de casas inseguras ni cuántas necesitarán ser reubicadas.
“Lo que sí podemos decir es que la gran mayoría de personas identificadas en viviendas destruidas o declaradas no habitables continúan viviendo allí porque no tienen otra alternativa”, afirmó. Por eso considera decisivas las evaluaciones técnicas: de ellas puede depender que una familia entre en los registros, reciba ayuda o sepa si puede regresar sin correr peligro.
No todas las viviendas admiten la misma solución. Algunas pueden repararse; otras necesitarán mejores técnicas de construcción. Cuando el suelo mismo represente una amenaza, añadió, habrá que estudiar con las autoridades alternativas de terreno y reasentamiento. “No podemos responder simplemente entregando zinc, madera, hierro o cemento”.
Un informe territorial de Cáritas entregado a Press Crux permite ver la magnitud de esas decisiones en lugares concretos. En la jurisdicción de Quibdó recoge, a partir de datos de la autoridad colombiana de gestión del riesgo, 6.610 viviendas no habitables o destruidas. En Buenaventura registra 954 viviendas destruidas y señala necesidades de agua, alojamiento y protección en comunidades rurales. Son datos del levantamiento territorial y deben leerse según la fecha y el alcance de esa evaluación.
El costo de llegar a las comunidades apartadas
La distancia también determina quién recibe ayuda primero. Para llevarla a comunidades del Chocó y de otras zonas del Pacífico hacen falta embarcaciones, combustible y condiciones de seguridad. El diagnóstico de Cáritas advierte que áreas rurales de Buenaventura, Istmina y Medio Baudó reciben menos atención humanitaria e institucional.
“Una comunidad no puede recibir menos ayuda simplemente porque está a seis horas por río, porque transportar un kit cuesta más o porque el acceso exige mayores esfuerzos de coordinación y seguridad”, señaló el sacerdote. Esa distancia se recorre en embarcación; también implica afrontar el clima, los costos de transporte y, en ciertos trayectos, los riesgos asociados al conflicto armado.
La red de la Iglesia le permite actuar en lugares donde ya había parroquias y agentes pastorales antes del sismo. En Quibdó, según el informe territorial, la Pastoral Social diocesana convirtió sus instalaciones en centro de acopio para organizar alimentos donados y distribuirlos por medio de las parroquias. En Buenaventura, la pastoral local ha evaluado daños en comunidades ribereñas del Bajo Calima y del río San Juan, además de canalizar ayuda alimentaria y sostener el acompañamiento espiritual.
“Sería irresponsable decir que hemos llegado a todas partes”, reconoció el padre Diego. Su criterio para la siguiente etapa es que el esfuerzo adicional que exige llegar a una comunidad apartada no termine convirtiéndose en una razón para dejarla esperando.
Un techo debe ofrecer seguridad y dignidad
El director de Cáritas recordó que muchas familias ya afrontaban pobreza, desplazamiento o violencia antes de perder sus viviendas. Por eso, explicó, conseguirles un lugar donde dormir resuelve solo una parte del problema. Los alojamientos temporales necesitan privacidad, agua, saneamiento y medidas de protección para mujeres, niños y adolescentes.
“No basta con preguntar si una familia tiene dónde dormir; tenemos que preguntarnos si ese lugar es seguro”, dijo. Entre las preguntas que deben orientar la respuesta mencionó si una mujer puede ir al baño durante la noche sin exponerse y si los niños están protegidos. También pidió prudencia al abordar los riesgos de reclutamiento de menores en territorios afectados por el conflicto.
El padre Diego reconoce el trabajo de las instituciones públicas, las diócesis y las organizaciones humanitarias, pero advierte que reunirse en espacios de coordinación no garantiza que las respuestas encajen entre sí. “Lo que funciona en Pereira no necesariamente funciona en una comunidad ribereña del Chocó”, explicó. Los materiales disponibles, los costos y las formas de habitar son distintos; una solución de vivienda o de ayuda debe partir de esas diferencias.
En Pereira encontró, a la vez, una muestra de lo que puede lograr la solidaridad. Aunque el Banco de Alimentos de la Iglesia resultó afectado por el terremoto, la comunidad movilizó en pocas semanas más ayuda de la que normalmente distribuía durante un año, según relató. Esa capacidad de reacción merece sostenerse, señaló, pero la recuperación de viviendas, cultivos y pequeños negocios requerirá también recursos públicos y decisiones técnicas durante mucho más tiempo.
Cuando la emergencia deje de ocupar los titulares, el padre Diego quiere que la atención permanezca en quienes siguen esperando una vivienda segura y la posibilidad de recuperar su vida cotidiana. Propone medir la reconstrucción por algo más que el dinero gastado o las casas levantadas: si las familias pudieron salir de los lugares de riesgo, volver a obtener ingresos y recibir ayuda aunque vivan lejos de los centros urbanos.
“Si reconstruimos las mismas viviendas precarias, en los mismos lugares inseguros, sin recuperar los medios de vida y dejando nuevamente atrás a las comunidades más apartadas, no estaremos reconstruyendo: estaremos preparando las condiciones para la próxima tragedia”.


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Foto: cortesía de Cáritas Colombiana, Ermita de Jesús de la Buena Esperanza en Pereira

🎥 Minidocumental | Reconstruir sin repetir el riesgo. Desde la Ermita destruida en La Badea hasta las comunidades que aún esperan una vivienda segura, el padre Diego Ignacio Meza, director de Cáritas Colombiana, explica el desafío que sigue al terremoto.
Reportaje y narración: Ana Paula Morales · Press Crux.




