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Haití, una generación bajo las armas: “Solo han conocido un barrio dirigido por gente armada”

Desde Cité Soleil, el P. David Fontaine, misionero francés con 17 años en Haití, describe a Press Crux las heridas que la ausencia del Estado, la violencia y la pobreza están dejando en los más jóvenes.

ENTREVISTA | HAITÍ

Ana Paula Morales (Poli)

9/8/20268 min read

El P. David Fontaine, lo ha visto desde Cité Soleil, una de las zonas más pobres y violentas de Puerto Príncipe. El sacerdote francés vive en Haití desde 2009 y llegó a ese barrio en febrero de 2020, pocas semanas antes de la pandemia de Covid-19.

“Hace aproximadamente ocho años que el Estado está completamente ausente”, afirmó en entrevista con Press Crux. “Eso significa casi una generación de niños. Ocho años es mucho. Solo han conocido un barrio dirigido por gente armada”.

La dimensión de la crisis rebasa la capital. En junio, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, informó que 6.4 millones de personas necesitaban asistencia humanitaria, alrededor de 1.5 millones estaban desplazadas dentro del país y casi seis millones sufrían inseguridad alimentaria severa. La ONU también ha advertido sobre el aumento del reclutamiento de niños y adolescentes por grupos armados.

Reuters informó a finales de agosto que más de 3,050 personas habían muerto durante el primer semestre de 2026. La agencia situó en 1.47 millones el número de desplazados y en 5.8 millones el de personas que padecían inseguridad alimentaria.

Crédito: Cortesía: Padre David Fontaine, Cité du Solei Haití

Crédito: Cortesía: Padre David Fontaine, Cité du Solei Haití

Fontaine pide distinguir entre las realidades de cada barrio y la manera en que actúan los distintos grupos armados. Aun con esas diferencias, describe una vida cotidiana en la que quienes dominan una calle o una vía de acceso deciden por dónde puede pasar la población. Le preocupa, sobre todo, lo que significa crecer bajo ese control: teme que los niños terminen por asumir la fuerza y las armas como medios para obtener respeto, dinero o protección.

“A nivel psicológico es muy preocupante. Tenemos la impresión de que hay daños que serán muy, muy difíciles de reparar en muchos jóvenes”, señaló.

Una generación fuera de la escuela

La posibilidad de ofrecerles otro futuro se reduce a medida que se deteriora la educación. Según Fontaine, algunos colegios de las zonas con mayores recursos mantienen sus actividades, mientras que en los barrios populares los profesores tienen dificultades para llegar y muchas familias no pueden pagar la escolaridad. Los cursos empiezan tarde, se interrumpen y los alumnos acumulan rezagos.

“Oficialmente, el curso comienza a principios de septiembre, pero muchas veces las clases empiezan realmente en octubre. Y el nivel se ha vuelto muy bajo”, explicó. El sacerdote conoce a adolescentes que dejaron definitivamente los estudios a los 14 o 15 años, después de repetir cursos o porque sus familias ya no pudieron costearlos. “Tenemos la impresión de que hay una generación completamente sacrificada”, dijo.

En ese entorno, advierte, los grupos armados encuentran más fácil atraer a los jóvenes. Una motocicleta o algo de dinero pueden parecerles oportunidades fuera de su alcance por cualquier otra vía. “Les dan una motocicleta, un poco de dinero y tienen la impresión de ser los reyes del mundo”.

Las parroquias, las congregaciones y las comunidades cristianas intentan responder con becas, formación, grupos juveniles y pequeños empleos. Fontaine observa que participar en una parroquia o en una obra atendida por religiosas puede ofrecer cierta protección frente al reclutamiento: cuando un joven es conocido por ese vínculo, quienes buscan incorporarlo a un grupo armado pueden mostrarse más reticentes. El sacerdote reconoce, sin embargo, los límites de esa labor: “Intentamos ayudarlos como podemos. Pero no podemos hacerlo con todos”.

Comer y curarse bajo el control armado

Las dificultades de las familias se extienden a la alimentación y la salud. Para llegar a Cité Soleil, los productos atraviesan rutas y retenes controlados por distintos grupos armados. Los cobros que se imponen a lo largo del trayecto encarecen la comida, incluso en sectores donde la violencia es menos intensa.

“En un barrio tranquilo como en un barrio violento, todo se vuelve caro. La comida que llega tiene que pagar impuestos en varios retenes. Eso afecta enormemente la capacidad de la gente para comer”, explicó Fontaine.

Acudir a un hospital también puede exigir atravesar territorios peligrosos. Algunos centros han cerrado y otros siguen funcionando, pero resultan inaccesibles para quienes viven al otro lado de una zona controlada por grupos armados. El sacerdote ha encontrado a pacientes que, después de una operación, no pueden regresar a sus consultas de seguimiento.

“Vemos enfermedades crónicas convertirse en agudas porque la gente no puede atenderse”, señaló. Entre las personas que acompaña hay diabéticos sin seguimiento médico, pacientes con hernias incapacitantes y heridos de bala que llevan un año con fijadores ortopédicos que debieron retirarse meses antes. “Son situaciones que encuentro casi todas las semanas”.

Para las familias obligadas a huir, conseguir comida o atención médica se vuelve todavía más difícil. Fontaine acogió durante varias semanas a menores separados temporalmente de sus padres. Cuando los adultos regresaron a buscarlos, aún no podían volver a sus casas. El sacerdote describe hogares en los que las madres afrontan solas la supervivencia de sus hijos.

“Mamás solas con tres o cuatro niños. El padre está ausente, muerto, desaparecido o no se sabe dónde está. Intentan sobrevivir. Los niños ya no van a la escuela. Tienen muy poco para comer”, relató. “No saben qué van a comer al día siguiente ni dónde van a dormir. Se siente una inseguridad total y una ausencia casi completa del Estado”.

Elecciones entre la violencia y el desplazamiento

En estas condiciones, Haití prepara unas elecciones presidenciales y legislativas previstas para el 13 de diciembre, las primeras en aproximadamente una década, según el calendario del Consejo Electoral Provisional recogido por Reuters. Fontaine duda de que sea posible garantizar a tiempo la seguridad necesaria para votar libremente.

“Me parece completamente irreal. ¿Cómo, en dos o tres meses, se podrán liberar los grandes ejes y permitir que la gente vote libremente?”, cuestionó. Según su descripción, las fuerzas de seguridad han recuperado algunos sectores, pero otros han vuelto a quedar bajo control armado. “Al final, no tenemos la impresión de una reconquista general”, afirmó.

Su preocupación va más allá de la celebración de los comicios. Considera que una respuesta exclusivamente militar no resolverá las redes de corrupción y los intereses que durante años han debilitado al Estado. “Eso es lo que me preocupa a largo plazo”.

La protección de la población estuvo también en el centro del llamamiento del Papa tras la masacre de Kenscoff, sobre la que informó Vatican News. En el Ángelus del 30 de agosto, León XIV expresó su cercanía a las víctimas y sus familiares, pidió la liberación de los secuestrados e instó a los responsables a “garantizar la seguridad de la población y a poner fin a toda forma de violencia”.

Permanecer junto a la comunidad

La inseguridad ha obligado a algunas parroquias de Puerto Príncipe a cerrar o a reducir sus actividades. Hay sacerdotes que entran en determinados sectores para celebrar la Misa, pero ya no pueden pasar allí la noche. Fontaine ha optado por seguir viviendo entre la gente a la que acompaña: “Elegí quedarme a pesar de los peligros”, afirmó.

Para continuar con su misión, explicó, procura mantenerse al margen de las luchas de poder, no financiar a los grupos armados y dejar claro el propósito de su presencia. “Cuando ven que realmente nos ocupamos de los pobres, los enfermos y los heridos, existe cierto respeto”. Ese respeto, aunque no elimina el riesgo, le ha permitido seguir atendiendo a la comunidad. Una de sus misas dominicales reúne entre 500 y 600 adultos; otra congrega a cientos de niños.

“La gente está ahí”, dijo. “Mientras haya pobres que permanezcan en estos barrios, pienso que debemos hacer todo lo posible por permanecer también. Sé que es fácil decirlo y muy difícil vivirlo”.

Fuera de la capital, otras comunidades católicas afrontan también la falta de servicios básicos. La Agencia Fides recogió el 4 de septiembre el testimonio del padre Massimo Miraglio, quien visita localidades aisladas del interior de Haití. En Nan Miel, donde faltan escuelas, centros de salud y agua potable, la comunidad ha identificado como prioridades acondicionar un manantial y construir un espacio para las celebraciones, los encuentros y el inicio de una escuela.

La oración para sostener la misión

En Cité Soleil, Fontaine encuentra en la oración el sostén para afrontar las necesidades que presencia cada día. Dedica un tiempo prolongado al silencio ante el Santísimo Sacramento y, por la tarde, su comunidad participa también en la adoración eucarística. “Son dos momentos indispensables durante el día. Si no, uno explota bajo semejante presión y ante tanta miseria”, reconoció.

La misión le ha hecho aceptar que no puede responder a todo. Hay familias para las que no consigue una vivienda, niños a los que no logra asegurar una escuela y enfermos cuyo tratamiento queda fuera de sus posibilidades. En esas circunstancias, explica, acompañarlos sigue teniendo un valor: “Estar ahí también es mostrar a la gente que no la abandonamos. Aunque sufra, aunque los demás la olviden, Dios no la desprecia”.

A quienes observan Haití desde otros países, les pide no confundir a la población con quienes se benefician del caos ni acostumbrarse a su sufrimiento. Al recordar a santa Teresa de Calcuta, advierte contra la indiferencia. Para describir lo que vive el pueblo haitiano, recurre a la imagen evangélica de los discípulos en la barca.

“Tengo la impresión de que el pequeño pueblo haitiano está en esa barca, en medio de la tempestad, desde hace años y años”.

Puerto Príncipe, Haití.— Durante casi una generación, miles de niños haitianos han crecido en barrios donde la autoridad no es un maestro, un policía o una institución pública, sino quien controla la calle y porta un arma.

Crédito: Cortesía: Padre David Fontaine, Cité du Solei Haití

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