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Violencia en México: «El Santo Padre está bien informado de todo ello», dice Rodrigo Guerra
En entrevista exclusiva con Press Crux, el secretario de la Pontificia Comisión para América Latina habla de la crisis de desapariciones en México, del papel de la Iglesia en la construcción de la paz y de los desafíos de la evangelización en la región.
ENTREVISTA | IGLESIA EN MÉXICO
Ana Paula Morales (Poli)
11/5/202610 min leer


Rodrigo Guerra López, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina. Foto cortesía de Rodrigo Guerra.
En México, miles de familias siguen buscando a un hijo, una hermana, un padre o una madre. Al 10 de mayo de 2026, el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas contabilizaba más de 133 mil personas cuyo paradero seguía sin conocerse, según Amnistía Internacional. Muchas familias se han organizado en colectivos de búsqueda. Las madres buscadoras, como se conoce en México a muchas de las mujeres que encabezan estas iniciativas, exigen a las autoridades acciones efectivas para encontrar a sus seres queridos, esclarecer lo ocurrido y hacer justicia.
En ese contexto, Press Crux conversó con Rodrigo Guerra López, filósofo mexicano, fundador del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV) y miembro de las academias pontificias para la Vida y de las Ciencias Sociales. Según el directorio oficial de la Santa Sede, es secretario de la Pontificia Comisión para América Latina, el organismo vaticano que estudia las realidades de las Iglesias locales de la región y les ofrece orientación y apoyo. Allí trabajó con Robert Francis Prevost, quien presidió la Comisión antes de ser elegido Papa con el nombre de León XIV.
Al preguntarle cómo se observa desde la Santa Sede la violencia que vive México, Guerra afirma que «El Santo Padre está bien informado de todo ello». También explica que la Comisión sigue estas situaciones y, en ocasiones, acompaña a los pastores locales. Para hablar de la tarea de la Iglesia en México, retoma la expresión «una paz desarmada y desarmante», que León XIV pronunció en su primer saludo como Papa, y la vincula con la responsabilidad de reducir la violencia y construir la paz con justicia y dignidad.
La conversación aborda también la continuidad entre Francisco y León XIV, el lugar de la amistad en la transmisión de la fe a los jóvenes y el significado de Guadalupe para la reconciliación, de cara a los 500 años del acontecimiento guadalupano en 2031. A continuación, la entrevista completa.


Rodrigo Guerra López recibe la bendición del papa León XIV. Foto cortesía de Rodrigo Guerra.
1. Desde tu responsabilidad como secretario de la Pontificia Comisión para América Latina, ¿cuáles consideras que son los principales desafíos que enfrenta hoy la Iglesia en nuestro continente?
Es muy fácil hacer una enorme lista de desafíos de la Iglesia en América a partir de los escenarios eclesiales, sociales, económicos o políticos que se viven en todo el continente. Sin embargo, desde mi punto de vista, el más importante es la necesidad que tenemos como Iglesia de redescubrir a Jesucristo como Persona viva que nos invita a la conversión, a la fraternidad y a la misión. La pérdida de conciencia misional en la Iglesia normalmente está acompañada de una reducción formalista y/o moralista del evangelio que nos invita, sin darnos cuenta, a “señalar”, a “denunciar” o a “defender” en lugar de “anunciar”.
2. Con el pontificado del Papa León XIV, ¿qué prioridades comienzan a perfilarse para América Latina? ¿Qué continuidades y nuevos acentos identificas respecto al camino impulsado por el Papa Francisco?
La prioridad es anunciar con alegría el “Kerygma”: ¡Jesús ha resuscitado y doy testimonio de ello desde mi experiencia personal de conversión y desde el contexto que me toca vivir! Ahora bien, el Papa León XIV es un hombre que ha vivido con enorme agradecimiento el testimonio y la enseñanza del Papa Francisco. Existe una verdadera continuidad creativa entre ambos. Los nuevos acentos que van surgiendo brotan de sus diversas historias de vida y de los nuevos contextos que están emergiendo. La Encíclica “Magnifica humanitas” es un elocuente ejemplo a este respecto: continuidad en lo esencial, con acentos personales imposibles de obviar.
3. América Latina vive profundas contradicciones: es una región de gran tradición cristiana, pero también marcada por la violencia, la desigualdad, la corrupción y la pobreza. ¿Qué puede hacer la Iglesia para que la fe se traduzca en una verdadera transformación social?
El evangelio, integramente acogido, no es sólo un mensaje para la vida privada sino también para la presencia pública de los cristianos. La Doctrina social de la Iglesia explicita justamente la dimensión social de la fe. Cuando nos preguntamos “¿qué puede hacer la Iglesia” de inmediato tenemos que mirar la invitación que el Magisterio social nos hace: transformar el mundo según Jesucristo. Transformarlo con nuestra conversión y con nuestras decisiones en todo espacio y lugar, aún en los mundos más técnicos o aparentemente “refractarios” al mensaje cristiano. Precisamente por esto es tan importante estudiar y difundir la Doctrina social de la Iglesia. Ahí esta la agenda. Ahí encontramos principios permanentes, criterios de juicio y directrices para la acción en una gran cantidad de temas y asuntos.
4. México atraviesa una grave crisis de violencia y desapariciones que también ha afectado a sacerdotes, religiosos y comunidades eclesiales. ¿Cómo se observa esta realidad desde la Santa Sede y qué papel debería asumir la Iglesia en la construcción de la paz?
Los escenarios de violencia en México y en el mundo fácilmente invitan a vivir de acuerdo a la “ley del Talión”. En otras palabras, la violencia engendra violencia que se configura como una espiral en la que a cada paso hay reacción y “retroalimentación”. En la Pontificia Comisión para América Latina constantemente observamos estos escenarios y en algunas ocasiones acompañamos a nuestros pastores para que la mirada se eleve siempre más allá de los agravios y conflictos. Esto no significa “escapar” de la realidad sino descubrir que siempre existe una alternativa a la violencia. Una alternativa más humana y más cristiana. Esta alternativa se construye con verdad, con bondad, con justicia y con perdón. El número de muertos y desaparecidos en México en los últimos 10 años es similar al de un conflicto bélico mayor. El Santo Padre está bien informado de todo ello. Su enseñanza en torno a promover una “paz desarmada y desarmante” es nuestra gramática fundamental. En México, la Iglesia está llamada a desescalar los conflictos y las violencias, está llamada a proclamar la paz con con justicia y dignidad.
5. En distintos países de América Latina se percibe un distanciamiento de las nuevas generaciones respecto a las instituciones religiosas. ¿Qué necesita cambiar en la manera de evangelizar para que los jóvenes vuelvan a descubrir la belleza y la esperanza del Evangelio?
La belleza, el atractivo de la fe, solo acontece cuando una amistad concreta me propone una forma de vida diversa. En otras palabras, lo que más conmueve el corazón de un jóven es encontrar un grupo de amigos que lo abrazan y le muestran con sus vidas que el amor cristiano es posible… y es posible por un Acontecimiento que transforma la vida, es decir, ¡por Cristo! ¡No por nuestras propias fuerzas o estrategias! En otras palabras: ¡La pertenencia a una compañía concreta es una dimensión constitutiva de la fe! Nuestra fe no es una certeza solipsista sino una experiencia comunional que nace de un Acontecimiento. ¡En esto consiste descubrir a la Iglesia como Pueblo de Dios en marcha y no como mero discurso devoto o como mera receta moral!
6. La Iglesia ha insistido en la importancia de caminar junto a los pobres y las personas que viven en las periferias. ¿Cómo evitar que esta opción se quede únicamente en el discurso y convertirla en un compromiso real de las comunidades cristianas?
Una tentación recurrente en la vida cristiana es construir una “zona de confort”, aparentemente justificada. Este es el caldo de cultivo del cristianismo burgués. El cristianismo burgués parece correcto: va a misa los domingos, está integrado por gente aparentemente correcta pero que en el fondo no le ha dado permiso a Jesucisto de hacerse encontradizo al modo cómo El desea estar presente en la Historia. El Papa san Juan Pablo II en “Ecclesia in America” nos recuerda que la presencia real de Jesucristo se da en la Palabra de Dios, en la Eucaristía y en la persona concreta de los más pobres y marginados de la Historia. San Agustín, enseñaba a este respecto, que los más pobres son verdadero sacramento de Jesucristo. Vivir en comunión es dejarnos educar por la amistad con los más pobres. Tocar sus llagas, curar sus llagas, significa ponernos en contacto con la carne viva de Jesús. Lo que hagamos con una persona vulnerable, descartada o marginada, se lo hacemos realmente al mismísimo Jesús. La fidelidad real a la fe pasa por esta dimensión de cercanía y amistad con los más pobres. Desde ellos y junto con ellos tenemos que aprender a mostrar el verdadero rostro de la Iglesia.
7. De cara a los 500 años del acontecimiento guadalupano, que se conmemorarán en 2031, ¿qué significado puede tener Nuestra Señora de Guadalupe para la reconciliación, la unidad y la esperanza de México y de toda América Latina?
Tengo la impresión que necesitamos recordarnos constantemente que María está presente en el Tepeyac para que la misericordia de Dios se manifieste, se anuncie y se reproponga incluso en medio del desgarramiento social que se vive en México y en todo el Continente. Si nos ayudamos a recordar esto, podremos continuar viviendo “dentro” del “milagro guadalupano”, es decir, dentro de una experiencia que colabore a la construcción de la “casita sagrada”, es decir, de un espacio de comunión, de libertad y de dignidad, que la Virgen le propone a Fray Juan de Zumárraga a través de san Juan Diego. El “milagro guadalupano” en buena medida es milagro de conversión y de reconciliación social. Milagro de bondad radical y de recuperación del significado verdadero de nuestra libertad y de nuestra dignidad. José María Morelos solía decir que la Virgen de Guadalupe es “Patrona de nuestra libertad”. Y lo es, pero no de la libertad de los “liberales” y mucho de menos de los “libertarios”, sino de aquellos que nos descubrimos perdonados a pesar de nuestros muchos pecados. Es desde la experiencia de sabernos perdonados que podemos reproponer caminos de reconciliación y de unidad para nuestra sociedad.
8. Desde tu experiencia personal y tu cercanía al trabajo de la Santa Sede, ¿qué signos de esperanza encuentras hoy en la Iglesia latinoamericana que quizá no están recibiendo suficiente atención mediática?
Los signos de Esperanza más importantes que veo en América Latina son las mujeres, los pobres y los jóvenes. En ellos es donde más claramente se advierten las energías espirituales para crear nuevas formas de conviencia, menos utilitarias, menos pragmáticas y más fraternas. En estos tres “segmentos” sociales, además, es donde en muchas ocasiones la fe nace y renace de manera más esencial y auténtica.
9. Finalmente, ¿qué mensaje quisieras transmitir a las familias, a los jóvenes y a quienes, en medio de la violencia, las dificultades económicas o el sufrimiento, comienzan a perder la esperanza?
El Papa Francisco repetía continuamente que es preciso “soñar juntos”, es decir, mirar que un futuro positivo es posible. La positividad de la que hablo no brota de un ingenuo optimismo sino de la certeza de que el mal no tiene la última palabra. Esta certeza nace de Jesucristo, que al resucitar, ha vencido de manera definitiva al pecado y a la muerte. El es nuestra esperanza. Ninguna utopía social o política puede cumplir lo que promete. Solo Jesús puede hacer posible lo que parece imposible: que mi corazón, y el de mis hermanos, cambie, para que el mundo cambie.


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