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«Un niño que va a la escuela abre la puerta a la esperanza»: la religiosa que protege a 3.500 menores en Haití
En entrevista exclusiva con Press Crux, la hermana Paësie, fundadora de la Familia Kizito, relata cómo las pandillas han obligado a familias enteras a abandonar sus hogares en Cité Soleil. Pese a la violencia y la pobreza, su comunidad mantiene diez escuelas gratuitas y acompaña a miles de niños para ofrecerles una alternativa al reclutamiento por grupos armados.
ENTREVISTA EXCLUSIVA | HAITÍ | 1 DE 2
Ana Paula Morales (Poll)
11/4/20268 min leer


La Familia Kizito desarrolla programas de educación gratuita para niños de Cité Soleil, en Puerto Príncipe, Haití, donde la violencia de las pandillas ha obligado a numerosas familias a abandonar sus hogares. Foto: Cortesía de Familia Kizito.
PUERTO PRÍNCIPE, Haití. — Cuando la hermana Paësie sale de su comunidad a las seis y media de la mañana para asistir a Misa, no es extraño que encuentre mujeres con niños esperando frente al portón. Llevan consigo algunas bolsas de ropa, a veces las únicas pertenencias que pudieron rescatar antes de escapar de la violencia de las pandillas. No tienen un lugar seguro donde pasar la noche y acuden a la religiosa en busca de ayuda. Un poco más adelante, otras mujeres y niños hacen fila junto a un pozo para conseguir agua. Son escenas que se repiten en Cité Soleil, uno de los barrios más empobrecidos de Puerto Príncipe, donde la inseguridad ha convertido actividades tan sencillas como salir de casa, trabajar o acudir a la escuela en desafíos cotidianos.
«Por la mañana, cuando salgo a las seis y media para ir a Misa en el barrio, con frecuencia encuentro mujeres con niños esperando delante del portón, con bolsas de ropa. Son personas que han tenido que huir por los ataques de las pandillas y que realmente no tienen dónde dormir», explica la religiosa francesa en entrevista exclusiva con Press Crux. La hermana Paësie, quien llegó a Haití en 1999 y fundó la Familia Kizito en 2017, ha dedicado su vida a acompañar a los niños de los barrios más vulnerables. Su testimonio permite conocer una realidad que no siempre aparece en las estadísticas: la de familias que pierden sus hogares, niños que interrumpen sus estudios y madres que cada día deben encontrar la manera de alimentar y proteger a sus hijos.
Una crisis que ha obligado a miles de familias a huir
La situación descrita por la religiosa se desarrolla en medio de una de las emergencias humanitarias más graves del continente americano. Según informó Reuters el 25 de septiembre de 2026, con base en datos de la Organización Internacional para las Migraciones, cerca de 1,5 millones de personas habían sido desplazadas dentro de Haití por la violencia, y aproximadamente el 80 % se encontraba fuera de Puerto Príncipe, reflejo de la expansión de los grupos armados hacia otras regiones. El 19 de octubre, Naciones Unidas advirtió ante el Consejo de Seguridad que entre julio y comienzos de octubre se habían registrado 1.123 muertos y 440 heridos en episodios vinculados con la violencia de las pandillas. La organización señaló también que más de 740.000 niños se encontraban entre los desplazados, mientras la inseguridad seguía obstaculizando el funcionamiento de las instituciones y había contribuido al aplazamiento indefinido de las elecciones previstas para diciembre.
La emergencia también tiene consecuencias profundas sobre la alimentación y el futuro de la infancia. De acuerdo con una información de Associated Press publicada a finales de octubre, basada en una evaluación respaldada por Naciones Unidas, cerca de 5,94 millones de haitianos padecen inseguridad alimentaria aguda, entre ellos casi dos millones en situación de emergencia. A ello se suma el riesgo de reclutamiento infantil: Associated Press informó, a partir de datos de UNICEF, que la incorporación de menores a los grupos armados se triplicó durante 2025. La pobreza, la pérdida de los hogares y la interrupción de la educación han dejado a miles de niños expuestos a las pandillas, que aprovechan las necesidades de las familias para atraerlos mediante dinero, alimentos o promesas de protección.
Una escuela desplazada por la violencia
La hermana Paësie explica que las consecuencias de la inseguridad varían según el barrio. Recuerda especialmente lo ocurrido en Forto, un sector de Cité Soleil invadido por una pandilla rival, cuyos habitantes tuvieron que abandonar sus viviendas sin poder regresar hasta ahora. Durante varias semanas, la Familia Kizito acogió a niños desplazados por el ataque, mientras sus padres buscaban refugio en otra zona de Cité Soleil. Las familias perdieron prácticamente todo lo que habían dejado en sus casas, y entre las instituciones afectadas se encontraba la escuela Saint-Bernadette, una de las obras educativas de la comunidad.
«Habíamos acogido a niños durante algunas semanas después del ataque. Después, sus padres se instalaron en otro barrio de Cité Soleil. Están en un barrio que no es el suyo y lo han perdido todo, porque no pueden volver a sus casas para recuperar sus pertenencias», señala. Frente a esta situación, la comunidad decidió trasladar la escuela Saint-Bernadette cerca del lugar donde se habían refugiado los menores. El proceso tomó varias semanas y los alumnos perdieron parte de septiembre, pero finalmente pudieron retomar las clases. Para la religiosa, la reapertura representa mucho más que la continuidad de un programa escolar: significa devolver a los niños una rutina de aprendizaje y protección cuando la violencia ha alterado casi todos los aspectos de su vida.
Diez escuelas y 3.500 niños acompañados
A pesar de las dificultades, la Familia Kizito ha conseguido mantener en funcionamiento diez escuelas gratuitas que atienden a aproximadamente 2.200 alumnos. Una de las decisiones que ha permitido continuar con esta labor ha sido contratar a jóvenes que viven dentro de los propios barrios vulnerables, aunque algunos no cuenten con una formación profesional completa. De este modo, los docentes no tienen que desplazarse diariamente desde otras zonas de la capital, donde las rutas pueden resultar peligrosas o estar bloqueadas por enfrentamientos armados.
«Como nuestras escuelas están dentro del barrio y nuestros maestros también viven allí, decidimos contratar a jóvenes que quizá no están muy cualificados, pero que viven en el mismo barrio. Eso nos permite seguir trabajando», explica la religiosa. Además de los alumnos de las diez escuelas, la comunidad acoge a unos 200 niños y jóvenes en hogares de protección y desarrolla programas de catequesis, música, fútbol y otras actividades educativas. En conjunto, la Familia Kizito acompaña a aproximadamente 3.500 menores, con el apoyo de un equipo de 220 trabajadores.
La educación como alternativa a las pandillas
La hermana Paësie considera que ofrecer una alternativa real al reclutamiento por los grupos armados exige responder primero a las necesidades más elementales de la infancia. Antes de hablar de proyectos de vida, explica, los niños necesitan disponer de un hogar, alimentación y seguridad. Sin embargo, considera que la educación resulta especialmente decisiva, porque permite descubrir posibilidades que de otro modo parecen inaccesibles.
«Para que los niños puedan vislumbrar otro futuro distinto al reclutamiento por las pandillas, primero deben tener cubiertas sus necesidades básicas: un lugar al que puedan llamar hogar, comida y, sobre todo, escolarización. Porque cuando un niño va a la escuela, automáticamente se abre la puerta a un futuro, a la esperanza de poder prepararse para ejercer una profesión», afirma.
La comunidad ha querido prestar especial atención a los menores que nunca tuvieron acceso a la escuela a la edad habitual. Por ello, sus centros gratuitos reciben prioritariamente a niños a partir de los nueve años que no han recibido escolarización. Para muchos, se trata de la primera oportunidad de aprender a leer y escribir, pero también de encontrarse en un espacio donde son reconocidos como personas con capacidades y un futuro propio. La iniciativa adquiere particular relevancia en un país donde la pobreza y la violencia han interrumpido durante años la trayectoria educativa de miles de menores.
La religiosa subraya asimismo que la crisis haitiana no significa que hayan desaparecido los vínculos familiares. En su experiencia, las madres y las abuelas siguen siendo figuras fundamentales para el cuidado de los niños, aunque muchas familias sufren la ausencia del padre y una pobreza extrema que limita su capacidad de ofrecer protección y estabilidad. «Los vínculos familiares existen. Hablamos principalmente con las madres o las abuelas, porque son las mujeres quienes cuidan de los niños. Hay muchos padres ausentes, con algunas excepciones. Pero debido a la miseria extrema, los padres se encuentran muchas veces impotentes porque no pueden responder a las necesidades básicas de sus hijos», explica.
Una esperanza que comienza con la infancia
Años de inseguridad han obligado a los habitantes de Cité Soleil a convivir con tiroteos, dificultades para conseguir alimentos, problemas para pagar un alquiler y la incertidumbre de no saber si quienes salen a trabajar podrán regresar. La hermana Paësie reconoce que muchas de estas dificultades no son nuevas y que las familias llevan años soportándolas. Sin embargo, también destaca que la misión de la Iglesia consiste en permanecer junto a ellas y crear oportunidades concretas para que los niños no queden abandonados a la violencia.
En medio de una crisis que ha arrebatado a tantas familias la seguridad de sus hogares, la experiencia de la Familia Kizito muestra que la educación puede convertirse en una forma de protección y en un camino hacia la reconstrucción de la esperanza. Para la religiosa, cada escuela que abre sus puertas y cada niño que vuelve a estudiar representan la posibilidad de que una nueva generación encuentre un destino distinto al que las pandillas intentan imponerle.
En la segunda parte de esta entrevista, la hermana Paësie explica cómo transmite la fe a los niños que han conocido la violencia, qué lugar ocupan el perdón y la Eucaristía en su misión y por qué considera que, incluso en medio del sufrimiento, Haití conserva profundas semillas de santidad.




La hermana Paësie, fundadora de la Familia Kizito, dedica su misión a la protección, educación y evangelización de los niños más vulnerables de Haití. Foto: Cortesía de Familia Kizito.
La hermana Paësie, fundadora de la Familia Kizito, dedica su misión a la protección, educación y evangelización de los niños más vulnerables de Haití. Foto: Cortesía de Familia Kizito.


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