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«No podemos cambiar la situación, pero podemos cambiar la vida de alguien»: Patriarca de Jerusalén
Durante la solemnidad de Nuestra Señora, Reina de Palestina, celebrada el 25 de octubre, el cardenal Pierbattista Pizzaballa llamó a los cristianos a combatir la soledad y acompañar a quienes sufren. Su mensaje estuvo marcado por la violencia en Gaza y el asesinato de nueve cristianos en Jordania, una tragedia por la que también expresó su cercanía el papa León XIV.
IGLESIA EN TIERRA SANTA
Ana Paula Morales (Poli)
10/29/202612 min leer


Pie de foto: El cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, durante la solemnidad de Nuestra Señora, Reina de Palestina, celebrada el 25 de octubre de 2026 en el santuario de Deir Rafat. En su mensaje, invitó a los cristianos a acompañar a quienes sufren y mantener viva la esperanza en Tierra Santa.
Deir Rafat, Tierra Santa.— «No podemos cambiar la situación, pero podemos cambiar la vida de alguien». Con estas palabras, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, recordó que, incluso cuando la violencia, la incertidumbre y el sufrimiento parecen superar las fuerzas humanas, los cristianos pueden transformar la vida de quienes tienen cerca mediante gestos concretos de amor, escucha y solidaridad.
El mensaje fue pronunciado el domingo 25 de octubre de 2026 durante la solemnidad de Nuestra Señora, Reina de Palestina, en el santuario mariano de Deir Rafat, donde fieles de distintas comunidades de Tierra Santa se reunieron para encomendar a la Virgen sus familias y las heridas de una región profundamente afectada por los conflictos.
Según la crónica publicada ese mismo domingo por el Patriarcado Latino de Jerusalén, Pizzaballa reconoció que los cristianos no siempre pueden modificar las circunstancias políticas y sociales que provocan tanto sufrimiento. Sin embargo, insistió en que visitar a una persona enferma, acompañar a una familia en dificultades o dedicar tiempo a escuchar a alguien puede marcar una diferencia profunda en su vida.
La celebración estuvo marcada especialmente por dos realidades: el sufrimiento prolongado de las familias palestinas, particularmente en Gaza, y el reciente ataque contra la comunidad greco-ortodoxa de San Jorge, en Jordania, ocurrido apenas dos días antes de la solemnidad mariana.
Jordania: del ataque del 23 de octubre al duelo por nueve cristianos
El viernes 23 de octubre, tres hombres enmascarados y armados abrieron fuego contra los fieles que participaban en un funeral en la iglesia greco-ortodoxa de San Jorge, situada en Hammoud, en la gobernación de Karak, al sur de Amán, capital de Jordania.
Como informó Press Crux en su cobertura sobre el atentado, los primeros reportes situaron el número de fallecidos en siete. Sin embargo, el sábado 24 de octubre, la Dirección de Seguridad Pública de Jordania confirmó que otras dos personas gravemente heridas habían muerto en el hospital, elevando el balance a nueve fallecidos y cerca de 40 heridos.
Las autoridades jordanas iniciaron la búsqueda de los responsables, mientras el rey Abdalá II ordenó actuar con firmeza contra quienes pretendieran quebrantar la unidad nacional. El Gobierno decretó tres días de duelo y dispuso que las banderas permanecieran a media asta en los edificios públicos.
La tragedia provocó expresiones de solidaridad de distintas autoridades cristianas. Según recogió Press Crux, el patriarca ecuménico Bartolomé condenó el atentado durante una conversación telefónica con Teófilo III, patriarca greco-ortodoxo de Jerusalén. Ambas autoridades expresaron su cercanía con las familias y rechazaron que la violencia pudiera destruir los vínculos de convivencia entre las comunidades religiosas.
El sábado 24 de octubre, monseñor Giovanni Pietro Dal Toso, nuncio apostólico en Jordania, visitó a los heridos hospitalizados y transmitió la solidaridad de la Santa Sede.
Al día siguiente, domingo 25 de octubre, el papa León XIV se refirió públicamente a la tragedia después del rezo del Ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico.
Según informó Press Crux, citando el pronunciamiento oficial del Pontífice, León XIV calificó lo ocurrido como un «atentado terrorista» y aseguró sus oraciones por quienes murieron y resultaron heridos.
El Papa expresó también su cercanía con la comunidad afectada y con todo el pueblo jordano, al que reconoció por su tradición de convivencia pacífica y respeto entre personas de distintas religiones.
Ese mismo domingo se celebraron los funerales de las víctimas en Hammoud.
Mientras las familias despedían a sus seres queridos en Jordania, el cardenal Pizzaballa presidía la Eucaristía en Deir Rafat, donde dedicó las primeras palabras de su homilía a los nueve cristianos asesinados.
«Su dolor es nuestro dolor»: Pizzaballa recuerda a las víctimas
En la homilía pronunciada el 25 de octubre y publicada por el Patriarcado Latino de Jerusalén, Pizzaballa expresó su solidaridad con las familias de los fallecidos, los heridos y la comunidad greco-ortodoxa afectada por el atentado.
«Su dolor es nuestro dolor», afirmó el Patriarca, quien pidió justicia y protección para todas las comunidades, al tiempo que expresó su deseo de que la tragedia no debilitara los vínculos de fraternidad entre cristianos y musulmanes en Jordania.
La coincidencia de la solemnidad mariana con los funerales de las víctimas dio a la celebración un significado particularmente doloroso. Mientras algunos fieles se reunían a los pies de Nuestra Señora de Palestina, otras familias cristianas se despedían de sus seres queridos.
El Patriarca recordó que el dolor de una comunidad debe ser compartido por toda la Iglesia y que las divisiones confesionales no pueden convertirse en un obstáculo para la solidaridad.
Según la crónica del Patriarcado Latino publicada el 25 de octubre, al concluir la Eucaristía, Pizzaballa viajó a Jordania para acompañar personalmente a las familias de las víctimas y expresarles sus condolencias.
Su desplazamiento dio una dimensión concreta al mensaje que había pronunciado durante la celebración: la Iglesia está llamada a hacerse presente allí donde las personas sufren, no solamente mediante palabras, sino también a través de la cercanía personal.
Gaza y las heridas de una tierra que vive con miedo
El cardenal dedicó también una parte importante de su reflexión a las dificultades que atraviesan las familias palestinas y las comunidades cristianas de Tierra Santa.
En su homilía del domingo 25 de octubre, Pizzaballa recordó especialmente a las familias de Gaza, a quienes han perdido a sus seres queridos y a quienes todavía esperan recuperar la posibilidad de vivir en una casa y pasar un día sin miedo.
El Patriarca señaló que las consecuencias de la violencia van mucho más allá de la destrucción material. Las dificultades para desplazarse, trabajar, visitar a los familiares o reunirse para rezar afectan la vida cotidiana y debilitan los vínculos que sostienen a las comunidades.
También expresó su preocupación por los jóvenes, para quienes resulta cada vez más difícil hablar del futuro cuando las dificultades del presente parecen consumir todas sus energías.
La situación de tensión y las restricciones de desplazamiento impidieron que numerosos fieles palestinos pudieran participar en la celebración de Deir Rafat. Por ello, el Patriarca les dirigió un mensaje especial de cercanía, recordándoles que, aunque físicamente no estuvieran presentes, formaban parte de la comunidad reunida en oración.
Según la crónica oficial del Patriarcado, Pizzaballa expresó también su deseo de que algún día las fronteras dejaran de impedir que las familias y los fieles de la región pudieran reunirse libremente.
Ante estas circunstancias, el Patriarca invitó a reconocer otra herida, menos visible que la destrucción de viviendas o las dificultades económicas, pero igualmente profunda: la soledad.
La soledad: una herida que también necesita ser atendida
En su reflexión, Pizzaballa advirtió que el sufrimiento prolongado puede llevar a las personas a encerrarse en sus preocupaciones, hasta perder la capacidad de reconocer las necesidades de quienes viven a su alrededor.
El cardenal describió situaciones aparentemente sencillas, pero profundamente humanas: personas que comparten una misma vivienda y han dejado de hablar entre ellas, o fieles que participan en la misma parroquia sin conocer el sufrimiento de quien se sienta a su lado.
Cuando el miedo, la incertidumbre y el cansancio ocupan toda la vida interior, explicó, resulta más difícil abrir un espacio para escuchar y acompañar a los demás.
Por ello, el Patriarca pidió a los cristianos no permitir que las barreras impuestas por las circunstancias terminen convirtiéndose también en barreras entre las personas.
Incluso cuando resulta imposible encontrarse físicamente, recordó, es necesario buscar otras formas de expresar cercanía, de manera que nadie se sienta abandonado.
Su exhortación no se limitó a quienes sufren directamente las consecuencias de la violencia. También recordó a quienes se han alejado de sus comunidades, a las personas que permanecen solas después de los primeros días de duelo y a los jóvenes que necesitan encontrar a alguien dispuesto a escucharlos.
María e Isabel: reconocer a Dios en el encuentro con los demás
El centro espiritual de la homilía fue el Evangelio de la Visitación, cuando María, llevando a Jesús en su seno, acude al encuentro de su prima Isabel.
Pizzaballa recordó las palabras con las que Isabel recibe a María: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1,43).
Para el Patriarca, este encuentro revela una dimensión fundamental de la fe cristiana: Dios puede hacerse presente en la vida de las personas a través de quienes se acercan para acompañarlas.
María no permanece encerrada en sí misma ni conserva únicamente para ella el don que ha recibido. Por el contrario, se pone en camino, entra en la casa de Isabel y lleva consigo la presencia de Cristo.
En la reflexión del cardenal, la Visitación ofrece una imagen de la vocación de la Iglesia, llamada a salir de sí misma para encontrarse con los demás, especialmente con quienes atraviesan situaciones de sufrimiento e incertidumbre.
El Patriarca explicó que la fe permite reconocer la acción de Dios incluso cuando las circunstancias externas parecen no ofrecer motivos para la esperanza.
Sin embargo, advirtió que esta mirada necesita ser sostenida por el Espíritu Santo, porque el sufrimiento prolongado y el cansancio pueden impedir reconocer los signos de la presencia de Dios en la vida cotidiana.
«No podemos cambiar la situación, pero podemos cambiar la vida de alguien»
Al desarrollar las consecuencias concretas de este mensaje, Pizzaballa reconoció que los pequeños gestos de cercanía pueden parecer insuficientes frente a los enormes desafíos que enfrenta Tierra Santa.
Una visita no reconstruye lo que ha sido destruido. Una palabra de consuelo no resuelve el desempleo ni sustituye las soluciones que necesitan las familias.
Por eso, el Patriarca insistió en que la caridad cristiana exige también compromisos concretos para atender las necesidades de las personas y proteger su dignidad.
Sin embargo, recordó que toda ayuda debe ir acompañada de una dimensión profundamente humana: quienes sufren necesitan saber que su vida importa, que alguien está dispuesto a escucharlos y que no tienen que cargar solos con todas sus dificultades.
Fue precisamente en este contexto donde, según la crónica oficial del Patriarcado Latino del 25 de octubre, el cardenal afirmó: «No podemos cambiar la situación, pero podemos cambiar la vida de alguien».
Para Pizzaballa, ofrecer tiempo y atención a una persona puede convertirse en una expresión concreta de la presencia de Dios.
El Patriarca también subrayó que la cercanía debe ser recíproca. No solamente es importante acompañar a los demás; también es necesario reconocer la propia fragilidad y permitir que otras personas nos escuchen, nos consuelen y nos ayuden.
La comunión cristiana, explicó, se fortalece cuando los fieles aprenden tanto a ofrecer como a recibir ayuda.
Nuestra Señora de Palestina: una madre que reúne a sus hijos
La solemnidad se celebró el domingo 25 de octubre en el santuario de Nuestra Señora, Reina de Palestina, en Deir Rafat, un lugar de peregrinación y oración para los cristianos de Tierra Santa, confiado desde 2009 al cuidado de las monjas de la Familia Monástica de Belén.
Según explica la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén, las religiosas mantienen allí una vida de oración, silencio y adoración, mientras acogen a peregrinos cristianos, judíos y musulmanes. El santuario conserva un signo singular de esta vocación de encuentro: el saludo «Ave María» aparece escrito en 280 idiomas, como expresión de la universalidad de la devoción mariana.
A pesar de las dificultades que atraviesa la región, numerosos fieles participaron en la Eucaristía presidida por el cardenal Pierbattista Pizzaballa. Según la crónica del Patriarcado Latino de Jerusalén, el Patriarca se mostró sorprendido por la asistencia, mayor de la que había previsto dadas las circunstancias.
La celebración concluyó con una procesión de la imagen de Nuestra Señora de Palestina y una oración dirigida por Mons. William Shomali, seguida de la bendición del Patriarca y un encuentro fraterno organizado por las monjas de Belén.
En una tierra marcada por la violencia y la incertidumbre, la presencia silenciosa de las religiosas recuerda que la esperanza también se sostiene mediante la oración perseverante y la acogida. Es el mismo mensaje que Pizzaballa quiso transmitir al contemplar la Visitación: como María, los cristianos están llamados a llevar la presencia de Cristo a quienes necesitan consuelo y cercanía.
Una esperanza que comienza cuando nadie queda solo
Al concluir su homilía, el Patriarca encomendó a Nuestra Señora de Palestina a las familias, las comunidades cristianas y a todos los habitantes de Tierra Santa, con especial atención a quienes han perdido la capacidad de esperar algo bueno de la vida.
Pidió por quienes lloran a sus muertos, por las personas que viven aisladas y por quienes enfrentan el miedo cotidiano.
Su oración fue también una petición para que las comunidades cristianas se conviertan en lugares donde los solitarios encuentren compañía y quienes han perdido la esperanza puedan recuperarla poco a poco.
En una tierra marcada por la violencia y la división, el mensaje del cardenal Pizzaballa recuerda que la esperanza cristiana no consiste en ignorar el sufrimiento ni en ofrecer soluciones fáciles ante tragedias que requieren justicia y respuestas concretas.
Consiste también en reconocer que cada persona puede hacer algo por quien tiene cerca: visitar, escuchar, acompañar, compartir una carga y ayudar a que alguien vuelva a sentirse parte de una comunidad.
El Evangelio de la Visitación presenta a María como portadora de Cristo, que sale al encuentro de Isabel y transforma aquel encuentro en una ocasión de alegría y reconocimiento de la presencia de Dios.
En Deir Rafat, el Patriarca invitó a los cristianos a hacer lo mismo en sus propias comunidades.
Mientras las familias de Gaza continúan enfrentando las consecuencias de la violencia y otras comunidades lloran a sus seres queridos, la Iglesia está llamada a mantener viva una cercanía que no termina con las celebraciones religiosas.
Bajo la mirada de Nuestra Señora de Palestina, el mensaje permanece: aun cuando no sea posible transformar de inmediato las circunstancias que provocan tanto sufrimiento, siempre existe la posibilidad de acompañar a alguien y ayudarle a recuperar la esperanza.


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Celebración de la solemnidad de Nuestra Señora, Reina de Palestina, presidida por el cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, el 25 de octubre de 2026 en el santuario de Deir Rafat, Tierra Santa. Fotografías: Patriarcado Latino de Jerusalén / Nicolawos Hazboun y Miral Atik.
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