¿Santo yo? Entre tenis, pañales y juguetes

Entre desvelos, tareas escolares y una paciencia que no siempre alcanza, Dios también nos llama a ser santos. Una mirada con fe y humor a la vida familiar, donde amar se aprende cada día, a veces después de pedir perdón.

COLUMNA | TODOS LOS SANTOS | ENTRE REZOS Y RISAS

Ana Paula Morales (Poli)

11/1/20265 min leer

Entre juegos, cuidados y prisas familiares, la vida cotidiana también puede ser un camino de santidad. Ilustración generada con inteligencia artificial para la columna «Entre rezos y prisas», de Ana Paula Morales, en Press Crux.

Estudié teología. Mis hijos, sin conocer todavía el programa de la carrera, se encargan de los exámenes prácticos. Especialmente de paciencia. Su sistema de evaluación es continuo, las preguntas suelen llegar de tres en tres y no aceptan que una solicite un momento para consultar la bibliografía.

Entre mamilas, pañales, trabajo y juguetes que aparecen bajo nuestros pies, una madre puede preguntarse cuándo encontrará tiempo para ser santa. Sobre todo cuando lleva media mañana buscando la paciencia y un zapato del niño: dos cosas que rara vez aparecen al mismo tiempo. Un padre quizá se haga la misma pregunta entre cuentas y una tarea escolar que empieza con «papá, es facilísimo» y termina obligándolo a reconsiderar toda su formación académica. Un joven puede dejar la santidad para después del siguiente examen. Aunque, visto el calendario, convendría empezar antes de graduarse.

La pregunta tiene más profundidad de la que parece: ¿cómo puede nuestra vida, tan corriente y a veces tan desordenada, abrirse a la vida de Dios?

El Concilio Vaticano II responde en Lumen gentium, n. 40: todos los fieles «están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». El mismo número explica que hemos recibido en el bautismo una santidad que estamos llamados a desarrollar. Aquí está el fundamento teológico: Dios toma la iniciativa, nos comunica su vida y nos invita a responder libremente. En versión de bolsillo: la santidad comienza con un don que podemos acoger hoy, aunque todavía haya ropa sin doblar.

La palabra «perfección» puede inquietarnos. Bastante presión tenemos con las fotografías de familias que desayunan sonrientes, vestidas y peinadas, mientras en nuestra casa alguien está negociando con un calcetín. Pero el Concilio habla de perfección de la caridad: del amor a Dios y al prójimo que va transformando nuestra manera de vivir. El orden doméstico ayuda; la capacidad de pedir perdón también, y tiene consecuencias bastante más profundas.

Como madre, hay días en que mi oración sale entre pendientes y el cansancio deja al descubierto toda mi impaciencia. Me propongo hablar con dulzura, hasta que llega el quinto «mamá» en treinta segundos y descubro que mi tono de voz tiene posibilidades que yo misma desconocía. Después toca respirar, pedir perdón y volver a intentarlo. Una quisiera ofrecerle a Dios una mañana de paciencia ejemplar; a veces termina ofreciéndole un arrepentimiento muy sincero.

Esto nos lleva a una distinción necesaria: reconocer nuestra fragilidad puede abrirnos a la gracia; usarla como excusa permanente nos deja donde estamos. Si he gritado, puedo reparar, escuchar y buscar cómo responder mejor la próxima vez. La conversión también entra en casa y dice: «Perdóname, no debí hablarte así». Los niños suelen comprender esa frase bastante mejor que nuestras explicaciones sobre por qué estábamos justificadísimamente al borde del colapso.

Lumen gentium, n. 11, enseña que los esposos se ayudan mutuamente a santificarse mediante la vida conyugal y la educación de los hijos. Esa ayuda exige que ambos se impliquen: escucharse, repartirse responsabilidades, agradecer y advertir cuándo el otro necesita descanso. Un «yo me encargo» que se cumple puede expresar mucho amor. El que se pronuncia y después se olvida requiere una conversación matrimonial, quizá antes de fundar una comisión de seguimiento.

Francisco lleva esta enseñanza a escenas reconocibles en Gaudete et exsultate, nn. 14–16: el matrimonio, el trabajo y la crianza son lugares donde responder a Dios. Entre sus ejemplos aparece una madre que, aun cansada, escucha a su hijo. Podemos imaginar esa conversación cuando ya estábamos negociando mentalmente con la almohada. Escuchar se convierte entonces en una decisión de amor: ofrecer presencia a alguien cuya vida necesita espacio en la nuestra.

Santa Teresita del Niño Jesús comprendió esa profundidad de lo pequeño. «A pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad», escribió, como recoge C’est la confiance, n. 15. El documento recuerda también cómo cuidaba a una hermana enferma de carácter difícil (nn. 36–37). La caridad se aprende con personas reales, que tienen necesidades, horarios y opiniones propias. En familia tenemos abundante material de estudio.

El «caminito» de Teresita se apoya en la confianza en Dios y en la primacía de su gracia, como explica la misma exhortación en los nn. 17–21. Nuestros esfuerzos son una respuesta al amor recibido. Podemos pedir ayuda para cambiar un hábito, perseverar en una responsabilidad o cuidar a alguien. También para aceptar que necesitamos dormir: incluso una madre con formación teológica sigue siendo una criatura y tiene sus límites.

En el trabajo, la respuesta toma otras formas: cumplir con honradez, pagar justamente, reconocer errores y respetar el tiempo ajeno. También aprender a cerrar la computadora para volver a casa con algo más que el cuerpo. La familia suele notar cuándo seguimos reunidos mentalmente con personas que, además, ni siquiera están pagando la cena.

Los jóvenes tienen su propio terreno. En la homilía de canonización de san Carlo Acutis y san Pier Giorgio Frassati, León XIV invitó especialmente a los jóvenes a orientar su vida hacia lo alto y hacer de ella una obra maestra. Esa respuesta puede comenzar al defender a alguien en un chat, estudiar con honestidad o cumplir la propia parte de un trabajo en equipo. Especialmente cuando el grupo parece haber confundido la comunión de los santos con que uno haga todo y los demás reciban los beneficios.

En casa, los hijos también pueden aprender a cuidar: ayudar sin convertir cada encargo en una negociación internacional, reconocer una mentira o escuchar a sus hermanos. Madurar en el amor incluye descubrir que los demás tienen necesidades incluso cuando no coinciden con nuestros planes.

Santa Teresa de Calcuta lo expresó así: «La santidad no es el lujo de unos pocos, sino un sencillo deber para ti y para mí» —traducción del inglés de un texto suyo publicado por la Santa Sede—. Ese «tú y yo» nos implica con nombre, familia, trabajo y circunstancias.

Para sostener ese camino, Lumen gentium, n. 42, señala la Palabra de Dios, los sacramentos, la oración y el servicio al prójimo. Necesitamos alimentarnos de la vida de Cristo para crecer en su amor. La Eucaristía, la confesión y los momentos de oración tienen cabida en nuestra agenda precisamente porque necesitamos gracia para vivirla. Y discernimiento para cambiarla cuando ya no deja respirar a nadie.

¿Santo yo? Sí, también yo estoy llamado. Con mis estudios, mi impaciencia, mis tenis junto a la puerta y los pañales pendientes de cambiar. Hoy puedo pedir: «Señor, enséñame a recibir tu amor y a compartirlo con quienes has puesto en mi camino».

Y después buscar el zapato. Es posible que esté debajo del sillón. La paciencia habrá que seguir pidiéndola.

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