Si no pudiste rezar el Rosario por la Paz en Medio Oriente, aún puedes verlo y unirte en oración aquí.
¿Quién reza por los que nadie recuerda?
Este Día de Muertos también hay lugar para quienes no tendrán flores ni una fotografía en el altar. El Papa León XIV los recordó en su oración y las enseñanzas de la Iglesia explican por qué podemos seguir ayudándolos, aunque nunca los hayamos conocido.
OPINIÓN | COLUMNA
Ana Paula Morales
11/3/20263 min leer
El recuerdo y la oración nos unen a quienes amamos y han partido. En este Día de Muertos, recemos también por aquellos a quienes nadie recuerda. Fotografía ilustrativa: Taylor Burnfield / Unsplash.
Al escoger una fotografía para el altar, vuelven los recuerdos. Buscamos una donde mamá salga sonriendo, reconocemos el gesto del abuelo o nos detenemos en una imagen de cuando toda la familia estaba reunida. Sabemos sus nombres, lo que les gustaba y cuánto los extrañamos. Pero hay personas de las que ya nadie conserva una foto. Sus amigos también murieron, su familia quedó lejos o se perdió el rastro de su historia. ¿Quién reza por ellas?
El Papa León XIV habló de esos difuntos en el Ángelus del 2 de noviembre de 2025. Después de anunciar que celebraría la Eucaristía en el cementerio romano del Verano, añadió: «también oraré por los difuntos que nadie recuerda». Se acordó de ellos en una jornada en la que tantos creyentes visitan las tumbas de sus familiares y piden por sus seres queridos.
En aquella intervención, el Papa León XIV expresó lo que significa perder una voz, un rostro, a alguien con quien compartimos la vida: «Cada persona es un mundo entero». Explicó que incluso quienes parecen borrados de la historia conservan su dignidad en la memoria viva de Jesús. Una persona puede haber quedado fuera de nuestros recuerdos; para Dios, su vida sigue teniendo valor.
Durante un par de años acompañé a las Misioneras de la Caridad, con quienes tuve mucha cercanía, a rezar a los panteones. Nos deteníamos especialmente en las tumbas que se veían solas, las rociábamos con agua bendita y rezábamos el rosario por los difuntos. Guardo ese recuerdo con mucho cariño. Me sigue pareciendo una práctica hermosa: detenernos a rezar también por quienes no eran nuestros familiares ni nuestros amigos.
Esa oración forma parte de la vida de la Iglesia desde sus primeros siglos. Lo recuerda el número 50 de Lumen gentium, la constitución dogmática del Concilio Vaticano II promulgada por el Papa san Pablo VI en 1964. La comunión de los santos mantiene unidos en Cristo a quienes seguimos en la tierra y a quienes han muerto en su paz. De ahí nace la costumbre de ofrecer sufragios por los difuntos, de seguir pidiendo por su bien.
Para quien ha perdido a alguien, hay una pregunta muy personal detrás de esa enseñanza: ¿todavía puedo hacer algo por ti? Quedaron palabras sin decir, un agradecimiento pendiente, el deseo de haber tenido más tiempo juntos. El Papa Benedicto XVI se ocupó de esa relación con nuestros muertos en el número 48 de su encíclica Spe salvi, publicada en 2007.
«Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo», escribió el Papa Benedicto XVI. Explicó que nuestras vidas están entrelazadas y que la intercesión por otro conserva su sentido después de la muerte. La Eucaristía, la oración y la limosna permiten seguir expresando ese amor. «Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro», afirmó.
Por eso podemos pedir una misa por alguien que murió, rezar por él al terminar el día o hacer una obra de caridad en su favor. Y al recordar a nuestros familiares, incluir también a los difuntos que ya no tienen a nadie cercano que pida por ellos. Basta añadirlos a esa oración que ya sabemos hacer por los nuestros.
El Catecismo de la Iglesia Católica explica, en los números 1030 a 1032, que quienes mueren en amistad con Dios y todavía necesitan purificación tienen asegurada su salvación. A esa purificación final la Iglesia la llama purgatorio. La oración por los difuntos, especialmente la Eucaristía, pide para ellos la plenitud del encuentro con Dios.
El Papa Francisco recordó la esperanza que sostiene esta práctica en Spes non confundit, la bula con la que convocó el Jubileo de 2025. En el número 20 retomó las palabras de la liturgia: «la vida no termina, sino que se transforma». Más adelante vinculó la intercesión por los difuntos con la comunión de los santos, fundada en nuestra unión con Cristo.
Este 2 de noviembre, cuando recemos frente a la fotografía de alguien que queremos, podemos acordarnos también de quienes no tendrán un retrato en ningún altar. No sabemos sus nombres ni podremos reconocer sus rostros. Podemos pedir por ellos con el mismo cuidado con el que deseamos que, algún día, alguien rece por nosotros.
