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“Niños enfermos, recién nacidos bajo carpas y escuelas agrietadas”: el dramático relato del arzobispo de Indonesia

Mons. Paulus Budi Kleden, SVD, arzobispo de Ende, advierte sobre las graves consecuencias del terremoto entre los menores de la isla de Flores: enfermedades causadas por el frío, hospitales improvisados al aire libre, miedo persistente y cientos de escuelas dañadas.

ENTREVISTA |ARZOBISPO BUDI | INDONESIA

Ana Paula Morales (Poli)

9/2/20269 min read

Ende, Indonesia.— Durante el día, el calor se acumula debajo de las tiendas de campaña. Por la noche, la temperatura desciende y el frío comienza a afectar especialmente a los niños pequeños. En uno de los hospitales públicos de la isla indonesia de Flores, los daños provocados por el terremoto obligaron a trasladar a los pacientes al exterior. Incluso los recién nacidos permanecen bajo refugios provisionales.

La escena fue descrita por Mons. Paulus Budi Kleden, SVD, arzobispo de Ende, después de visitar distintas comunidades afectadas por el terremoto de magnitud 7,7 que golpeó la provincia de Nusa Tenggara Oriental el 15 de agosto. En declaraciones difundidas mediante un comunicado compartido con Press Crux, el prelado relató las condiciones en las que viven los menores, el miedo causado por miles de réplicas y las dificultades para reanudar las clases en edificios agrietados.

“Durante mis visitas a las comunidades encuentro dos realidades distintas entre los niños y los jóvenes”, explicó el arzobispo. “La primera es la situación de quienes están enfermos. Duermen fuera de sus casas, bajo tiendas provisionales. Algunos están muy delgados y he encontrado niños con resfriado y fiebre porque las noches son bastante frías”.

La situación, advirtió, resulta todavía más delicada para los bebés. “Visité un hospital público donde, debido a los daños en los edificios, todos los pacientes reciben tratamiento afuera, bajo las tiendas. Durante el día hace mucho calor y por la noche la temperatura baja. Los recién nacidos están expuestos a estas condiciones”.

El terremoto dejó al menos 100 muertos, más de 1.600 heridos y alrededor de 180.000 evacuados, de acuerdo con la actualización publicada el 24 de agosto por Reuters. La agencia informó también que más de 73.000 viviendas habían resultado dañadas. Sin embargo, detrás de esas cifras comenzó a aparecer otra emergencia menos visible: la de los niños que tienen miedo de entrar nuevamente en una casa, un hospital o una escuela.

Crédito: Cortesía: Caritas Indonesia

Cáritas Indonesia
Cáritas Indonesia

Crédito: Cortesía: Cáritas Indonesia

Niños que vuelven a jugar entre las tiendas

En los campamentos, Mons. Kleden encontró también una realidad distinta. Mientras los adultos intentaban conseguir alimentos, medicamentos o materiales para reparar sus viviendas, algunos niños habían vuelto a reunirse y jugar.

“La otra realidad es la de quienes parecen felices. En muchos lugares he encontrado niños que se reúnen y juegan juntos”, relató. “En otros sitios participan en programas para la recuperación del trauma y parecen disfrutar mucho las actividades”.

El juego, sin embargo, no significa que el miedo haya desaparecido. Associated Press documentó que numerosos menores lloran durante las réplicas, despiertan sobresaltados y se resisten a regresar a los edificios. En los centros de evacuación, trabajadores humanitarios, policías y orientadores han organizado lecturas, juegos y actividades grupales para ayudarlos a enfrentar la ansiedad provocada por el desastre.

Para el 18 de agosto, el terremoto había afectado 658 escuelas y 172 instalaciones sanitarias, mientras decenas de miles de personas permanecían en tiendas de campaña, centros de evacuación y refugios improvisados, según la misma agencia.

Mons. Kleden explicó que la arquidiócesis incorporó desde los primeros días un área específica de atención emocional dentro de su equipo de emergencia. Para desarrollar este trabajo convocó a estudiantes especializados en orientación y acompañamiento psicológico de un instituto pastoral.

“Muy pronto comprendimos que el terremoto había provocado un profundo sentimiento de incertidumbre y miedo, tanto entre los niños como entre los adultos”, señaló.

La necesidad de ofrecer ese acompañamiento se hizo evidente cuando el arzobispo encontró a un hombre de unos 40 años frente a los restos de la vivienda que había levantado con sus escasos recursos. “Estaba desesperado porque su casa se había derrumbado. Parecía haber perdido toda esperanza. En ese momento comprendí que necesitábamos trabajar también en la recuperación del trauma”, recordó.

Desde entonces, distintas organizaciones se han incorporado a los programas de apoyo psicosocial para ayudar a los menores y a sus familias a procesar lo sucedido. La atención emocional, sostiene el arzobispo, no puede separarse de la entrega de alimentos o de la reconstrucción material, porque el terremoto dejó también heridas que no aparecen en las evaluaciones de daños.

Más de 8.000 niños con su educación interrumpida

Una primera evaluación de Save the Children estimó que más de 8.000 niños y adolescentes enfrentaban interrupciones educativas y nuevos riesgos para su seguridad. La organización advirtió que la pérdida prolongada de clases, sumada al desplazamiento de las familias, puede aumentar el peligro de desnutrición, trabajo infantil, matrimonio precoz, abandono escolar y otras formas de vulnerabilidad.

Save the Children pidió que la recuperación educativa reciba la misma atención que las necesidades inmediatas de alimentación, vivienda y salud. Los informes sobre la evolución de la emergencia también han sido reunidos por ReliefWeb, el servicio de información humanitaria de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, que ha difundido actualizaciones sobre refugios, salud, protección infantil y recuperación de los servicios educativos.

Después del terremoto, las autoridades suspendieron las clases hasta el 28 de agosto y algunas escuelas intentaron continuar temporalmente el aprendizaje desde casa, como ocurrió durante la pandemia de COVID-19. Aunque el Gobierno amplió por otros 14 días el periodo de respuesta de emergencia, se pidió que regresaran inicialmente los estudiantes de sexto, noveno y duodécimo grados, quienes debían prepararse para sus exámenes finales.

Durante sus recorridos, sin embargo, Mons. Kleden encontró a niños de distintas edades deseosos de volver a la escuela. “Una interrupción inesperada de 14 días afecta naturalmente la educación de los niños”, reconoció. “Pero creo que en casa también aprendieron algo importante para su vida: cómo atraviesa una familia un momento difícil, la importancia de conservar los vínculos familiares y vecinales y la práctica de la solidaridad”.

El problema no consiste únicamente en recuperar el calendario escolar, sino en determinar dentro de qué edificios puede enseñarse sin exponer a alumnos y profesores. “Lo que más necesitan los niños en este momento son escuelas seguras”, subrayó el arzobispo. “La mayoría de las escuelas tiene grietas. Enseñar y aprender dentro de esos salones no es fácil, ni para los maestros ni para los alumnos”.

El Gobierno prometió enviar tiendas especiales para utilizarlas como aulas provisionales. No obstante, cuando Mons. Kleden visitó las comunidades, muchas de ellas todavía no habían llegado. Así, numerosos estudiantes permanecían sin un espacio seguro donde continuar su formación, mientras sus familias afrontaban simultáneamente la pérdida o el deterioro de sus viviendas.

Miles de réplicas prolongan el miedo

El temor de las familias a regresar a los edificios no carece de fundamento. El 21 de agosto, la Agencia EFE informó que se habían registrado más de 4.250 réplicas, con magnitudes de entre 1,1 y 6,2. Decenas de miles de personas permanecían entonces fuera de sus hogares por miedo a nuevas sacudidas.

EFE contabilizaba en ese momento cerca de 45.000 viviendas afectadas, incluidas más de 17.100 con daños graves. Las cifras aumentaron conforme los equipos de emergencia consiguieron llegar a comunidades que habían quedado aisladas por el derrumbe de caminos y las dificultades de comunicación.

Las réplicas complicaron las labores de rescate y la distribución de ayuda. Reuters informó durante los primeros días de la emergencia que los deslizamientos bloquearon carreteras e impidieron el acceso inmediato a algunas de las zonas más castigadas.

La agencia describió a familias refugiadas bajo lonas improvisadas frente a sus viviendas y a pacientes atendidos en tiendas instaladas fuera de hospitales dañados. La falta de agua potable, refugios adecuados y servicios médicos se convirtió en una de las primeras preocupaciones de las autoridades y de los equipos humanitarios.

A pesar de estas condiciones, Mons. Kleden aseguró que, en términos generales, las familias han comenzado a recibir alimentos del Gobierno, de diferentes organizaciones y de la Iglesia. La preocupación se desplaza ahora hacia necesidades que requerirán mucho más tiempo y recursos: reparar o reconstruir viviendas, hospitales y escuelas, sin descuidar el acompañamiento psicológico de quienes todavía viven con miedo.

Cáritas moviliza a la Iglesia en cuatro diócesis

La respuesta de la Iglesia católica se articuló en la arquidiócesis de Ende y en las diócesis de Maumere, Ruteng y Labuan Bajo. El padre Fredy Rante Taruk, director ejecutivo de Cáritas Indonesia-KARINA, explicó en declaraciones incluidas en el comunicado compartido con Press Crux que obispos, sacerdotes, religiosas, voluntarios, comunidades parroquiales y equipos diocesanos trabajan conjuntamente en la atención de los damnificados.

La labor incluye la evaluación de daños, la instalación de puestos humanitarios y la distribución de alimentos, agua, medicamentos, tiendas de campaña y artículos de higiene. La ayuda se ofrece a todas las personas afectadas, independientemente de su religión.

“En una situación como esta, toda la Iglesia católica actúa al unísono”, afirmó el padre Fredy al describir la coordinación entre las diócesis, las parroquias, Cáritas Indonesia y las autoridades locales.

La organización declaró la emergencia en nivel III y activó puestos de ayuda en las cuatro circunscripciones eclesiásticas afectadas. También comenzó a organizar el acompañamiento psicológico de las familias, particularmente de los niños, adultos mayores, heridos y personas que perdieron sus viviendas.

Caritas Internationalis informó que la red indonesia se encuentra sobre el terreno desde las primeras horas de la catástrofe y que su respuesta comprende asistencia inmediata, apoyo psicosocial y preparación para una recuperación que podría prolongarse durante años.

Para Mons. Kleden, dentro de ese proceso la reconstrucción de los centros educativos debe convertirse en una prioridad. “Los niños necesitarán ayuda para reparar o incluso reconstruir sus escuelas. Hay muchos edificios dañados y el proceso tomará tiempo y requerirá grandes recursos económicos”, afirmó.

El arzobispo reconoció que las comunidades locales no podrán afrontar solas la magnitud de la tarea. “Reparar y reconstruir las escuelas debe ser prioritario, pero no podemos hacerlo solos. Realmente necesitamos la ayuda de los demás”, agregó.

La cercanía del Papa León XIV

El Papa León XIV manifestó su cercanía a las comunidades afectadas mediante un telegrama dirigido a Mons. Kleden y firmado por el secretario de Estado del Vaticano, el Cardenal Pietro Parolin.

Según el mensaje publicado por Vatican News, el Pontífice se declaró “profundamente entristecido” por la devastación y aseguró su “solidaridad y cercanía espiritual” a quienes continúan padeciendo las consecuencias del desastre, particularmente a los heridos y desplazados.

El Papa alentó a las autoridades civiles y eclesiales a continuar proporcionando asistencia humanitaria, rezó por el personal de emergencia y encomendó a los fallecidos a la misericordia de Dios. También invocó para las comunidades afectadas los dones del “consuelo y la fortaleza”.

La Iglesia local busca hacer concreta esa cercanía mediante la distribución de ayuda, la atención de los enfermos, el acompañamiento de las familias y el cuidado de las heridas emocionales que no aparecen en las estadísticas. En Flores, la reconstrucción apenas comienza y, para los niños, recuperar la normalidad no significará solamente volver a tener un techo. También necesitarán una escuela donde puedan aprender sin miedo, recibir atención médica sin permanecer expuestos al frío y volver a dormir sin despertar sobresaltados ante cada réplica.

Entre las tiendas de campaña, algunos ya han comenzado a jugar. Sin embargo, la petición de Mons. Kleden mira mucho más lejos: que la solidaridad internacional permita a las familias abandonar los refugios provisionales y que los niños puedan regresar, algún día, a una escuela segura.

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