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Sudán sin comida, agua ni seguridad: sacerdote relata el infierno cotidiano de la guerra

Sacerdote de la Conferencia Episcopal relata a Press Crux el hambre, la falta de agua y seguridad que sufren las familias atrapadas en Sudán.

ENTREVISTA | IGLESIA EN SUDÁN

Ana Paula Morales (Poli)

9/13/20267 min temps de lecture

four men holding assault rifles
four men holding assault rifles

Juba, Sudán del Sur.- Conseguir alimentos, agua o medicamentos, recibir atención sanitaria o simplemente trasladarse sin poner en riesgo la vida se ha convertido en una lucha cotidiana para millones de sudaneses. Desde Juba, el padre John Gbemboyo Joseph Mbikoyezu, coordinador de Pastoral y Comunicación Social de la Conferencia de Obispos Católicos de Sudán y Sudán del Sur, describió a Press Crux un país fragmentado por más de tres años de guerra, donde las familias viven entre el desplazamiento, el hambre y la incertidumbre, mientras la Iglesia intenta permanecer junto a ellas en medio de enormes dificultades.

Sacerdote de la diócesis de Tombura-Yambio, en Sudán del Sur, el padre John desarrolla actualmente su ministerio en el Secretariado de la Conferencia Episcopal, cuya sede se encuentra en Juba. Desde allí mantiene contacto con obispos, sacerdotes, religiosos y comunidades que padecen directamente las consecuencias del conflicto en Sudán. Su testimonio recoge una realidad marcada por territorios bajo el control de distintas fuerzas, poblaciones aisladas y una confrontación que continúa sin un diálogo capaz de conducir a una salida duradera.

“Todavía no hay negociación. Nadie está hablando con el otro”, afirmó. Mientras las partes enfrentadas mantienen sus posiciones, añadió, son los civiles quienes soportan las consecuencias: abandonan sus hogares, pierden sus medios de subsistencia y buscan refugio en lugares donde tampoco están garantizados los alimentos, la atención médica o la seguridad.

La guerra comenzó en abril de 2023, cuando estallaron los enfrentamientos entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Más de 14 millones de personas han sido desplazadas desde entonces, mientras el suministro de armas, tecnología militar, combatientes y redes logísticas procedentes del extranjero continúa alimentando el conflicto, según informó Reuters. Una misión internacional de investigación de las Naciones Unidas también ha documentado posibles crímenes de guerra, entre ellos ataques con drones contra la población civil.

La dimensión humana de la catástrofe se refleja también en el colapso de los servicios sanitarios. Associated Press estima que al menos 59.000 personas han muerto desde el inicio de la guerra y advierte que hasta el 80% de las instalaciones médicas situadas en las zonas de combate permanecen cerradas o funcionan de manera precaria. El cólera, la malaria y el sarampión se propagan entre una población debilitada por el hambre, los desplazamientos y la falta de medicamentos.

Ante el agravamiento de la emergencia, el Papa León XIV expresó en agosto su cercanía espiritual al pueblo sudanés y pidió a las autoridades garantizar corredores humanitarios para la población civil. Con especial preocupación por El Obeid, en Kordofán del Norte, el Pontífice exhortó también a la comunidad internacional a respaldar los esfuerzos dirigidos a alcanzar “un alto el fuego inmediato”.

Imagen referencial Unplash for Randy Fath

Crédito: Cortesía: Conferencia del Episcopado de Sudán
Crédito: Cortesía: Conferencia del Episcopado de Sudán

Crédito: Cortesía: Conferencia del Episcopado de Sudán

Sobrevivir se ha convertido en una lucha diaria

Para las familias, explicó el padre John, la guerra ya no se mide únicamente por los disparos o los bombardeos, sino por las dificultades que enfrentan cada día para encontrar agua, comida y medicinas. Muchas deben desplazarse constantemente para cubrir esas necesidades básicas; algunas sobreviven en asentamientos improvisados y otras han encontrado refugio dentro de instalaciones de la Iglesia. Incluso después de escapar de los combates, la falta de empleo deja a numerosos padres sin medios para sostener a sus hijos.

El deterioro de la asistencia internacional ha profundizado esta precariedad. Los recortes de financiación están obligando a cerrar decenas de centros de salud y amenazan con dejar sin servicios esenciales a cientos de miles de personas, según Associated Press. Para quienes ya han perdido su casa, sus cosechas y su trabajo, enfermar puede significar emprender un nuevo desplazamiento en busca de una atención que con frecuencia tampoco está disponible.

La advertencia del sacerdote coincide con el diagnóstico del Programa Mundial de Alimentos (PMA). Su director ejecutivo interino, Carl Skau, declaró a Reuters que la financiación destinada a Sudán se ha desplomado precisamente cuando el hambre continúa extendiéndose. El organismo recibió 645 millones de dólares durante el año anterior, pero, a casi tres cuartas partes de 2026, disponía de apenas 206 millones y necesitaba cerca de 300 millones adicionales para mantener sus operaciones.

La reducción de recursos ya alcanza a El Obeid, donde alrededor de un millón de personas han buscado refugio desde el comienzo de la guerra. El PMA no dispone de capacidad para atenderlas a todas y ha tenido que concentrar su ayuda en quienes llegaron durante los últimos meses. Skau reconoció que el organismo continúa proporcionando asistencia, “pero cada vez menos”, y explicó que un año antes podía llegar a más personas porque contaba con mayores recursos.

Casi 20 millones de personas padecen hambre en Sudán. Ante la falta de financiación, el PMA ha concentrado sus esfuerzos en los cinco millones de habitantes considerados más vulnerables, aunque actualmente consigue atender a unos cuatro millones y, en algunas zonas, solo puede entregar raciones parciales. Para el padre John, detrás de esas cifras se encuentran familias que no solamente han huido de la violencia, sino que deben volver a desplazarse para conseguir lo indispensable para sobrevivir.

Iglesias alcanzadas por la guerra

Las iglesias, las casas religiosas y otras propiedades eclesiales tampoco han quedado al margen del conflicto. El padre John relató que varios templos, especialmente en Jartum, sufrieron daños durante los bombardeos y enfrentamientos. La intensidad de los combates obligó a comunidades enteras, sacerdotes y religiosos a abandonar algunos lugares cuando permanecer se volvió imposible; otros, sin embargo, decidieron quedarse junto a las poblaciones que no tenían adónde ir.

Esta presencia pastoral adquiere una importancia especial allí donde las estructuras civiles han desaparecido o apenas funcionan. Las instalaciones de la Iglesia se han convertido en lugares de acogida para desplazados y puntos de apoyo para familias que buscan alimentos, medicamentos y protección. El acompañamiento, sin embargo, se desarrolla bajo las mismas limitaciones que afectan al resto de la población: escasez de recursos, carreteras inseguras y dificultades crecientes para hacer llegar la ayuda humanitaria.

Entre quienes han permanecido cerca de las comunidades, el padre John destacó a Mons. Yunan Tombe Trille Kuku Andali, obispo de El Obeid, quien ha continuado su ministerio en una de las regiones que suscitan mayor preocupación humanitaria. Su permanencia expresa, para el sacerdote, la decisión de una Iglesia que no pretende sustituir la responsabilidad de las autoridades ni de la comunidad internacional, pero que se niega a abandonar a quienes han quedado atrapados por la guerra.

“Paz, paz y paz”

Ante una crisis de esta magnitud, el padre John considera que la respuesta internacional debe atender las necesidades inmediatas de quienes han perdido su hogar y sus medios de subsistencia: alimentos, medicamentos, atención sanitaria y recursos para sostener a las familias desplazadas. Sin embargo, advierte que la ayuda humanitaria, aunque indispensable, no resolverá por sí sola el sufrimiento de Sudán. El país necesita una negociación verdadera que permita detener la violencia, abrir un camino hacia la reconciliación y evitar que la guerra caiga en el olvido.

Su llamado se dirige también a los cristianos de otros países. No todos pueden ofrecer ayuda económica, reconoce, pero todos pueden rezar, hablar de Sudán, dar a conocer lo que está ocurriendo y respaldar a quienes permanecen junto a las víctimas. Frente al aislamiento que rodea a numerosas comunidades, el sacerdote propone construir alrededor del pueblo sudanés una red de oración, paz, unidad y asistencia concreta.

A pesar de los desplazamientos, la destrucción y el hambre, la fe continúa sosteniendo a las comunidades cristianas. Los fieles siguen reuniéndose, sirviendo a los más vulnerables y rezando, incluso en los lugares donde la guerra ha dañado iglesias y dispersado familias. “Nuestra esperanza está en Cristo”, afirmó el padre John.

Cuando se le preguntó qué necesita Sudán por encima de cualquier otra cosa, después de más de tres años de violencia y de millones de vidas trastocadas, el sacerdote no recurrió a una larga explicación. Su respuesta, convertida también en súplica, fue directa: “Paz, paz y paz”.

Crédito: Cortesía: Conferencia del Espiscopado Sudán

Crédito: Cortesía: Padre John Gbemboyo Joseph Mbikoyezu

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