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Padre Gabriel Romanelli: la Iglesia de Gaza prepara aulas para 1.000 alumnos
El padre Gabriel Romanelli relata a Press Crux cómo vive Gaza entre escasez de agua, falta de electricidad y escuelas destruidas. La parroquia prepara aulas para 1,000 alumnos.
ENTREVISTA | TIERRA SANTA
Ana Paula Morales (Poli)
9/10/20268 min temps de lecture


Crédito: Cortesía: Padre Gabriel Romanelli, único párroco en la única Iglesia de Gaza
Gaza, Palestina.- En Gaza, conseguir agua puede ocupar buena parte del día. Niños, adolescentes y adultos recorren las calles cargando bidones; la red eléctrica prácticamente ha desaparecido y cientos de miles de estudiantes continúan sin poder asistir regularmente a clases. En medio de una ciudad devastada, la parroquia católica de la Sagrada Familia intenta recuperar pequeñas parcelas de normalidad.
El padre Gabriel Romanelli, sacerdote argentino del Instituto del Verbo Encarnado y párroco de la única comunidad católica de Gaza, explicó a Press Crux que están acondicionando cada espacio disponible dentro del complejo parroquial para volver a abrir aulas y responder a una emergencia educativa que ha interrumpido la escolarización de toda una generación.
La educación es solamente una parte de esa respuesta. La parroquia también bombea y purifica agua para centenares de familias del barrio, mantiene la celebración de la Misa y la adoración eucarística, organiza actividades para niños y jóvenes y acompaña a enfermos y personas vulnerables. En el testimonio de Romanelli, todas estas acciones forman parte de una misma decisión: permanecer junto a una población que continúa padeciendo las consecuencias de la guerra.
Gaza, una emergencia que no termina
Casi tres años después del ataque encabezado por Hamás contra el sur de Israel el 7 de octubre de 2023 y de la ofensiva militar israelí que siguió, la Franja continúa marcada por una devastación de enormes proporciones. Reuters informó el 7 de septiembre que las autoridades sanitarias de Gaza sitúan en más de 73.000 el número de palestinos muertos desde el comienzo del conflicto y calculan que más de 8.000 personas permanecen bajo los escombros. Naciones Unidas estima, además, que el territorio acumula alrededor de 61 millones de toneladas de restos y materiales destruidos.
La emergencia se extiende al acceso al agua y a los servicios más elementales. Según la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, más de 1,3 millones de personas disponían en agosto de menos de seis litros de agua diarios por persona para beber y cocinar, una cantidad muy inferior a los mínimos humanitarios. El deterioro de las redes de abastecimiento, saneamiento y electricidad condiciona prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana.
Desde Roma, el papa León XIV ha reiterado sus llamados a proteger a la población civil, facilitar la entrada de ayuda humanitaria y avanzar hacia una solución negociada. Su cercanía con la parroquia de Gaza también ha sido personal: el Pontífice ha mantenido comunicación con Romanelli y continúa haciendo llegar sus mensajes y oraciones a la comunidad de la Sagrada Familia, según ha informado Vatican News.


Crédito: Cortesía: Padre Gabriel Romanelli, único párroco en la única Iglesia de Gaza
“Todo el tiempo están buscando agua”
Para Romanelli, la gravedad de la situación se comprende mejor al observar cómo transcurre un día cualquiera. La falta de agua no comenzó con la guerra: Gaza ya sufría una crisis relacionada tanto con la cantidad disponible como con su calidad. Después de casi tres años de destrucción y desplazamientos, sin embargo, el problema se ha agravado.
“La gente no tiene agua suficiente para el aseo, no tiene agua buena para beber”, explicó a Press Crux. Conseguirla ocupa ahora una parte considerable de la jornada: “Gran parte de la vida de los niños, adolescentes y de los hombres es ir y buscar agua. Todo el tiempo están buscando agua, se los ve con bidones de aquí para allá”.
Incluso quienes conservan una vivienda de cemento en pie afrontan dificultades para realizar las tareas más elementales. Cuando los depósitos instalados en los techos todavía pueden utilizarse, las familias deben subir el agua manualmente para que después descienda por gravedad hacia los baños y otras zonas de la casa. “Hay que subirla a pulmón”, resumió el sacerdote.
La escasez de agua está estrechamente vinculada a la falta de energía. “El sistema eléctrico, desde el inicio de la guerra, no existe. Cada uno produce energía como puede”, señaló Romanelli. Quienes cuentan con algunos recursos recurren a generadores o pequeños sistemas privados, pero el costo resulta prohibitivo para muchas familias que han perdido sus viviendas, empleos, vehículos y fuentes de ingreso. La falta de electricidad afecta el bombeo de agua, la conservación de alimentos y medicamentos, la iluminación de las viviendas y hasta la posibilidad de cargar un teléfono.


Crédito: Cortesía: Padre Gabriel Romanelli, único párroco en la única Iglesia de Gaza
Más de 600.000 estudiantes con su educación interrumpida
Entre las consecuencias de la guerra, una de las que más preocupan al párroco es el prolongado alejamiento de los niños y adolescentes de las aulas. “La situación educativa, la verdad, es muy grave, muy, muy grave”, advirtió.
Romanelli explicó que numerosas escuelas fueron bombardeadas, mientras que otros edificios que permanecen en pie continúan ocupados por familias desplazadas. En distintos puntos de la Franja han surgido pequeñas iniciativas educativas y aulas improvisadas en tiendas de campaña, pero su alcance es limitado. “Dan clases varias veces por semana, no todos los días, y algunas materias solamente. La mayor parte del alumnado no tiene dónde ir”, indicó.
Según el sacerdote, más de 600.000 niños y adolescentes atraviesan una escolarización incompleta o interrumpida. El daño no se limita a los edificios destruidos o a los meses perdidos de clases: alcanza a menores que han crecido entre desplazamientos, bombardeos, pérdidas familiares e incertidumbre. Para ellos, volver a la escuela no significa únicamente recuperar conocimientos, sino también reencontrarse con una rutina, una comunidad y un espacio en el que puedan volver a sentirse niños.
La parroquia prepara aulas para 1.000 alumnos
Ante una necesidad que supera ampliamente sus posibilidades, la comunidad católica trabaja con los recursos disponibles. De las tres escuelas con las que contaba, dos resultaron afectadas, por lo que la parroquia de la Sagrada Familia comenzó a acondicionar salones y otros espacios de su complejo para recibir nuevamente a los estudiantes.
“Estamos recuperando lugares como sea acá, en el predio de la parroquia, para poner más alumnos. Dios mediante comenzaremos con 1.000 alumnos”, explicó Romanelli. Aunque esa cifra representa solamente una pequeña parte de la población estudiantil privada de una educación regular, el párroco sostiene que cada espacio recuperado puede ayudar a reconstruir la vida de un niño y de su familia.
Para describir el alcance de esta labor, Romanelli recurrió a una imagen atribuida a santa Teresa de Calcuta: “Es, como decía la Madre Teresa, una gota de agua en el océano nuestra labor. Pero también decía ella que, sin nosotros, el océano tendría una gota de agua menos”.
Esa misma convicción sostiene las demás iniciativas de la parroquia. Mientras prepara las aulas, la comunidad continúa celebrando la Misa, mantiene la Hora Santa y organiza actividades para niños, adolescentes, jóvenes y familias. “Tratamos de mantenerlo siempre”, afirmó el sacerdote. No resulta sencillo: los desplazamientos han dispersado a muchas familias cristianas y los elevados costos del transporte dificultan su participación. Cada actividad exige resolver no solamente dónde se realizará, sino también cómo podrán llegar los participantes y regresar con seguridad.
Agua para las familias y compañía para los enfermos
La ayuda de la parroquia no se limita a la comunidad cristiana. Una de sus tareas más urgentes consiste en responder a la escasez de agua que afecta a todo el vecindario. “Tratamos de bombearla de abajo de la iglesia y purificarla, y darle a unas 400 familias de acá del barrio”, relató Romanelli.
La parroquia también colabora con el Patriarcado Latino de Jerusalén y con instituciones humanitarias presentes en la Franja, entre ellas la Orden de Malta, en la atención de enfermos y personas especialmente vulnerables. En las condiciones actuales de Gaza, bombear agua, purificarla y distribuirla se ha convertido en una de las expresiones más concretas del acompañamiento pastoral.
Para Romanelli, la ayuda material y la vida espiritual no pueden separarse. Celebrar la Eucaristía, exponer el Santísimo, preparar aulas, organizar actividades para los niños, atender a los enfermos y entregar agua a las familias son dimensiones de una misma misión. La parroquia busca sostener la esperanza sin ignorar las necesidades inmediatas de una población exhausta.
Esa presencia adquiere un significado particular en una ciudad donde casi todas las rutinas han sido alteradas. Abrir nuevamente un aula, mantener una celebración litúrgica o asegurar agua potable para una familia son gestos modestos frente a la magnitud de la destrucción, pero también signos de que la comunidad no ha sido abandonada.
“Esta guerra también ha de terminar”
Cuando se le pregunta por el futuro, Romanelli no minimiza el sufrimiento ni las dificultades que afrontará la reconstrucción. Sin embargo, tampoco acepta que la violencia sea el destino definitivo de Gaza. “La guerra, desgraciadamente, continúa, pero no hay ninguna guerra eterna. Todas las guerras alguna vez han terminado, y esta también ha de terminar”, afirmó.
Su llamado final es a perseverar en la oración y a trabajar por una paz capaz de reconstruir no solamente las viviendas y la infraestructura, sino también la vida interior de quienes han sobrevivido. “Sigamos rezando por la paz, para que veamos el final de esta guerra; para que esta parte de Tierra Santa, que ha experimentado el Calvario y la Cruz, también, por la bondad de Dios, experimente la Resurrección”.
Romanelli considera que ese resurgimiento deberá comenzar “en primer lugar espiritual, en el alma de los creyentes”, para extenderse después a las familias, las escuelas y la vida cotidiana. Mientras cientos de miles de niños esperan regresar regularmente a las aulas y numerosas familias dedican buena parte del día a conseguir agua, la parroquia de la Sagrada Familia prepara espacios para 1.000 alumnos, distribuye agua purificada a unas 400 familias, acompaña a los enfermos y mantiene reunida a su comunidad.
Es una gota frente a un océano de necesidades, como reconoce el propio sacerdote. Pero en Gaza, donde obtener una gota de agua puede requerir horas de esfuerzo, pocas imágenes expresan mejor por qué cada gesto de ayuda, cada aula recuperada y cada familia acompañada cuentan.








Crédito: Cortesía: Padre Gabriel Romanelli, único párroco en la única Iglesia de Gaza


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