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Siria pierde a sus jóvenes cristianos: la advertencia de los arzobispos de Alepo y Homs
Los arzobispos Denys Chahda, de Alepo, y Jacques Mourad, de Homs, alertan sobre la emigración de los jóvenes cristianos y el futuro del cristianismo en Siria.
ENTREVISTAS | SIRIA
Ana Paula Morales (Poli)
9/10/202611 min read


Alepo/Homs.— Las iglesias siguen abiertas, las campanas todavía suenan y los cristianos pueden celebrar públicamente su fe. Sin embargo, desde dos de las ciudades más castigadas por la guerra de Siria, los arzobispos siríaco-católicos de Alepo y Homs coinciden en una preocupación que podría determinar el futuro de una presencia cristiana de casi dos mil años: los jóvenes continúan marchándose del país.
“La juventud busca la manera de salir del país”, afirmó Mons. Denys Antoine Chahda, arzobispo siríaco-católico de Alepo, en entrevista con Press Crux. Desde Homs, Mons. Jacques Mourad identificó una de las causas más profundas de ese éxodo: “Lo que nos empuja a emigrar es la falta de confianza”.
“Falta confianza en el Gobierno, falta confianza en la política de la comunidad internacional y se pierde la posibilidad de buscar y construir el futuro sobre la tierra del propio país”, explicó Mourad. Después de años preguntándose cuántos cristianos sobrevivirían a la guerra, Siria enfrenta ahora otra cuestión: cuántos permanecerán si continúa marchándose la generación llamada a sostener sus familias, parroquias, escuelas y obras sociales.
Una reconstrucción marcada por la incertidumbre
Siria atraviesa una transformación histórica desde la caída de Bashar al-Assad en diciembre de 2024 y la llegada al poder de Ahmed al-Sharaa. Una experta de Naciones Unidas informó en julio de 2026 que unos 14 millones de sirios han sido desplazados desde 2011. Desde diciembre de 2024 han regresado cerca de 1,7 millones de refugiados y casi dos millones de desplazados internos, pero alrededor de 5,5 millones continúan desplazados dentro del país y 15,6 millones siguen necesitando asistencia humanitaria. La ONU calcula en 216.000 millones de dólares las necesidades de reconstrucción.
Para los cristianos, el cambio político combina señales de apertura con una persistente sensación de vulnerabilidad. Antes de la guerra representaban aproximadamente el 10% de la población siria; actualmente quedan apenas unos cientos de miles, después de que su número se redujera de manera drástica por el conflicto y la emigración, según Reuters. Esa fragilidad quedó nuevamente expuesta el 22 de junio de 2025, cuando un atacante suicida irrumpió durante la liturgia en la iglesia greco-ortodoxa de Mar Elias, en Damasco, y detonó explosivos. Al menos 25 personas murieron.
Las dudas sobre la capacidad del nuevo Estado para garantizar la seguridad de las minorías no han desaparecido. Associated Press ha documentado el temor de comunidades cristianas ante el nuevo escenario político y la posibilidad de otra oleada migratoria. En enclaves históricos como Maaloula, la población ha denunciado intimidaciones y saqueos, al tiempo que intenta preservar una tradición cristiana milenaria.
Desde Alepo, Mons. Chahda reconoce que el cambio de Gobierno no ha supuesto, hasta ahora, la pérdida de la libertad de culto. “Practicamos nuestra fe libremente, gracias a Dios. Las puertas de la iglesia están abiertas y la gente viene a Misa”, aseguró. Las nuevas autoridades, añadió, han proporcionado protección a los templos durante algunas celebraciones: “El Gobierno actual respeta a los cristianos, nos protegen en las iglesias”.
El arzobispo distingue, sin embargo, entre la posibilidad de celebrar la fe y la seguridad necesaria para construir el futuro. “La situación actual es la inseguridad. No sabemos hasta dónde nos va a llevar el futuro de este nuevo Gobierno”, advirtió. Después de quince años de conflicto, agregó, “la presencia de los cristianos disminuye día tras día”, y son precisamente los jóvenes quienes buscan con mayor insistencia una salida.
La libertad religiosa en Siria, por tanto, no puede medirse únicamente por la apertura de los templos. Para Chahda y Mourad, también requiere igualdad jurídica, ciudadanía plena y garantías duraderas de seguridad. Tras el atentado de Mar Elias, el patriarca ortodoxo de Antioquía, Juan X Yazigi, responsabilizó a las autoridades de no haber protegido adecuadamente a las minorías y reclamó medidas efectivas. Mantener abiertas las iglesias es indispensable, pero no será suficiente si las familias siguen sintiendo que fuera de ellas no existe un futuro estable.
Dos arzobispos marcados personalmente por la violencia
Chahda y Mourad no hablan de inseguridad desde la distancia. Ambos conocen de primera mano lo que ocurre cuando la violencia atraviesa literalmente las puertas de la Iglesia. Durante la batalla de Alepo, un proyectil impactó en la residencia episcopal de Mons. Chahda mientras veía la final del Mundial de Brasil de 2014. El arzobispo quedó tendido en el suelo mientras el barrio permanecía sumido en los enfrentamientos y ninguna ambulancia podía llegar hasta él. Poco antes, otro proyectil había atravesado uno de los gruesos muros de la vecina Catedral siríaco-católica de Nuestra Señora de la Asunción, posteriormente restaurada, según relató El País.
La experiencia de Mons. Mourad fue distinta, pero igualmente extrema. El 21 de mayo de 2015, cuando era prior del monasterio de Mar Elian y párroco de Qaryatayn, fue secuestrado por yihadistas del Estado Islámico y permaneció cerca de cinco meses cautivo. Vatican News documentó su secuestro, su cautiverio y su posterior regreso a Siria. En 2023 fue elegido arzobispo siríaco-católico de Homs con el consentimiento del Papa Francisco.
Desde Homs, Mourad contempla la realidad actual a la luz de aquella experiencia. “La vida continúa con dificultades y desafíos, pero continúa porque la fe de nuestros fieles es mucho más fuerte que la situación”, afirmó. El arzobispo rechaza que los cristianos sirios sean vistos solamente como víctimas: “Los cristianos son conscientes de su misión y de su presencia junto a las personas que sufren”. Los años de persecución y pérdida, sostuvo, han generado también una experiencia de unidad y fortaleza entre las comunidades.
Esa resistencia espiritual explica que ambos arzobispos hayan permanecido en Siria, pero no elimina su preocupación por quienes no encuentran razones materiales para quedarse. La fe puede sostener a una comunidad en medio de la adversidad; no sustituye, sin embargo, la seguridad, el empleo, la educación ni los servicios que una familia necesita para vivir con dignidad.
Imagen: composición editorial de Press Crux, elaborada con apoyo de inteligencia artificial a partir de fotografías de Mons. Jacques Mourad y Mons. Denys Chahda.








La Catedral sirio-católica de Nuestra Señora de la Asunción, en Alepo, sufrió graves daños durante la guerra. Un proyectil atravesó uno de sus muros en 2014, poco antes de que otro impacto alcanzara la residencia episcopal de Mons. Denys Chahda. Foto: crédito: cortesía: Mons. Chahda
Cuando emigran los hijos, quedan los padres
En el éxodo juvenil, las voces de Alepo y Homs convergen. “La emigración de nuestros jóvenes continúa, especialmente cuando terminan sus estudios. Muchos buscan continuar su formación en el exterior”, explicó Mourad. Chahda observa el mismo fenómeno desde Alepo: “La juventud busca la manera de salir del país”.
Para ambos, el problema va mucho más allá de una estadística. Cada joven que se marcha puede representar una familia futura que se formará fuera de Siria, hijos que crecerán lejos de la tierra de sus padres y una generación menos capaz de sostener parroquias, escuelas, hospitales y obras de asistencia. Chahda describió una de sus consecuencias más dolorosas: “Una familia tiene uno o dos hijos y se van. Quedan los padres, pobrecitos, solos”.
Muchos de quienes abandonaron Siria durante la guerra ya encontraron trabajo, vivienda y escuelas para sus hijos en Canadá, Australia o distintos países europeos. “Ya formaron su vida en el exterior”, explicó el arzobispo. Por eso son pocos quienes regresan definitivamente. La preocupación de las Iglesias no consiste ya únicamente en recuperar a quienes se fueron, sino en impedir que siga marchándose la generación que todavía permanece.
Mourad considera que ese éxodo nace también de la ruptura de la confianza. Cuando los jóvenes desconfían de las instituciones nacionales y de la respuesta internacional, dejan de imaginar un proyecto posible en su propia tierra. La emigración aparece entonces no como una elección libre entre varios caminos, sino como la única salida frente a la inseguridad, el desempleo y la falta de perspectivas.
No basta con pedir a los jóvenes que permanezcan
Por esa razón, Mourad insiste en que la respuesta no puede limitarse a exhortar a los cristianos a permanecer por fidelidad a sus raíces. Necesitan condiciones reales para construir una vida. “Mi mensaje a la Iglesia católica, a los protestantes, a los ortodoxos, a los gobiernos y a quienes tienen fuerza política, moral y económica es que tomen la iniciativa para realizar proyectos adaptados a las necesidades de nuestros jóvenes y de nuestra sociedad”, afirmó.
El arzobispo habla de escuelas, hospitales, centros médicos, educación y proyectos capaces de generar empleo. “Si tenemos proyectos eficaces que sirvan a todo el mundo y que sirvan al futuro, podremos encontrar medios para que muchos de nuestros jóvenes trabajen y construyan su vida”, añadió. Su propuesta no busca beneficiar exclusivamente a los cristianos, sino ofrecer oportunidades a toda la sociedad siria y reconstruir los vínculos dañados por la guerra.
Chahda llega a una conclusión semejante desde Alepo. Las familias enfrentan dificultades para pagar la vivienda, la electricidad, el agua, los alimentos, la educación y los medicamentos. “Los jóvenes no tienen ingresos y por eso buscan salir del país para encontrar una vida mejor afuera”, explicó. Pedirles que permanezcan sin ofrecerles trabajo ni estabilidad convertiría el arraigo en una carga imposible de sostener.
El llamado de los dos arzobispos coincide con el diagnóstico de Naciones Unidas: la reconstrucción solo podrá ser sostenible si quienes permanecen o regresan pueden rehacer sus vidas con seguridad y dignidad, acceso a servicios y oportunidades económicas. La responsabilidad corresponde al Gobierno sirio, pero también compromete a las Iglesias, a los organismos internacionales y a quienes tienen capacidad política o económica para apoyar una recuperación incluyente.
La Iglesia sostiene a quienes todavía permanecen
Mientras la reconstrucción avanza lentamente, las Iglesias cubren algunas de las necesidades más urgentes. Mons. Chahda explicó que en Alepo las comunidades eclesiales ayudan con alimentos, medicamentos, alquileres y asistencia a ancianos y familias pobres, aunque parte de la ayuda humanitaria internacional ha disminuido. “Hoy los cristianos de Alepo viven en pobreza”, afirmó.
Entre las iniciativas de la Iglesia mencionó la preparación de un espacio destinado a atender a entre 40 y 50 ancianos en situación vulnerable. Se trata de personas que, en muchos casos, han quedado solas después de la emigración de sus hijos y necesitan no solo alimentos o medicinas, sino también acompañamiento. La asistencia pastoral se entrelaza así con las consecuencias del éxodo: a medida que los jóvenes se marchan, las comunidades envejecen y las parroquias deben responder a una soledad cada vez más extendida.
“Necesitamos mantener a nuestros jóvenes aquí en el país”, insistió Chahda. Para lograrlo, considera indispensable crear oportunidades laborales, garantizar educación para los niños y facilitar el acceso a medicamentos para enfermos y ancianos. La Iglesia puede aliviar parte de esas necesidades, pero no dispone de los recursos ni de la autoridad necesarios para reconstruir por sí sola la economía, los servicios públicos y la confianza institucional.
Mourad, por su parte, sitúa esta labor dentro de una misión más amplia. Los cristianos, afirmó, están llamados a permanecer junto a todas las personas que sufren. Esa presencia evita que la defensa de las comunidades cristianas se convierta en aislamiento y permite que escuelas, hospitales y proyectos de desarrollo sean también lugares de encuentro entre sirios de distintas confesiones.
Que la presencia cristiana no se convierta en memoria
La disminución de los cristianos sirios posee una dimensión que trasciende la demografía. Damasco ocupa un lugar decisivo en el Nuevo Testamento: hacia esa ciudad se dirigía Saulo cuando tuvo el encuentro con Cristo que transformó al perseguidor en el apóstol Pablo. Benedicto XVI recordó que aquella experiencia produjo en él “un cambio total de perspectiva”, según una catequesis publicada por la Santa Sede.
En la antigua Antioquía de Siria —hoy Antakya, en territorio turco— ocurrió otro hecho fundamental: según Hechos 11,26, fue allí donde los discípulos de Jesús recibieron por primera vez el nombre de cristianos. La tradición siríaca conserva además algunas de las liturgias más antiguas de la Iglesia y una herencia espiritual vinculada a figuras como san Efrén el Sirio. “Esta presencia cristiana representa los orígenes del cristianismo”, resumió Mourad.
El Papa León XIV se refirió a la fragilidad de las comunidades cristianas de Oriente Medio el 3 de septiembre de 2026, durante un encuentro con la Conferencia de Obispos Latinos en las Regiones Árabes. Reconoció que estas Iglesias cumplen su misión en contextos marcados por tensiones políticas, sociales y religiosas, y recordó a sacerdotes, religiosos y fieles que han entregado la vida por la fe en Siria, Irak y otros países afectados por la violencia. Según Vatican News, el Pontífice pidió una atención especial a las familias obligadas a emigrar y a los jóvenes, y exhortó a las comunidades a demostrar que “es posible vivir, servir y esperar juntos”.
Para Mourad, el camino hacia esa convivencia puede resumirse en una palabra: “fraternidad”. “La fraternidad humana es lo que puede salvar a la humanidad. Todos los países de buena voluntad, todos los mensajeros de paz y todas las personas que trabajan por la paz están llamados a trabajar por esta fraternidad”, afirmó. No se trata únicamente de una propuesta social o política: “Todo ser humano ha sido creado a imagen de Dios”.
El arzobispo extendió su reflexión hacia México, un país que, dijo, acoge a personas de pueblos y naciones diferentes y está llamado a vivir “esta realidad sagrada de la fraternidad humana”. Desde Alepo, Mons. Chahda dirigió también un mensaje a los mexicanos: “Pido a la Virgen de Guadalupe que bendiga a todos. Comprendan que nosotros desde Siria buscamos una luz de esperanza, una luz de tranquilidad y de paz”.
“Recen por nosotros”, pidió Chahda. Su llamado, sin embargo, no termina en la oración. También solicita apoyo para crear oportunidades que permitan a los jóvenes conseguir trabajo, sostener a sus familias y escolarizar a sus hijos, así como garantizar medicamentos y acompañamiento para los ancianos.
Durante siglos, el cristianismo sobrevivió en Siria a imperios, invasiones, persecuciones y transformaciones políticas. También sobrevivió a una guerra que destruyó barrios, templos y ciudades enteras. Chahda vio un proyectil atravesar su catedral y otro alcanzar su residencia; Mourad pasó cerca de cinco meses cautivo del Estado Islámico. Ambos decidieron permanecer. Ahora advierten sobre una amenaza distinta, menos visible y quizá más difícil de contener: la salida silenciosa de las nuevas generaciones.
La libertad religiosa es indispensable para preservar estas comunidades, pero no basta con mantener abiertas las iglesias. También se necesitan seguridad, empleo, educación, vivienda, atención médica y confianza en las instituciones. El futuro de una de las presencias cristianas más antiguas del mundo dependerá no solo de que sus jóvenes puedan entrar libremente en una iglesia, sino de que, al salir de ella, todavía puedan imaginar su vida en Siria.




Foto: crédito: cortesía: Mons. Chahda


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