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El secreto detrás de la sonrisa de Madre Teresa: caminó casi medio siglo sin sentir la presencia de Dios
El padre Brian Kolodiejchuk, quien la conoció durante 20 años y fue postulador de su causa de canonización, revela cómo la santa convirtió su dolorosa oscuridad interior en una participación en la sed y el abandono de Cristo.
ENTREVISTA | POSTULADOR CANONIZACIÓN | SANTA TERESA DE CALCUTA
Ana Paula Morales (Poli)
9/5/202611 min read


Crédito: Cortesía: Mother Teresa Center
Washington, DC.-El mundo conoció su sonrisa, su sari blanco con bordes azules, sus manos arrugadas sosteniendo a los moribundos y su voz firme ante los poderosos. Lo que casi nadie supo mientras vivía fue que Madre Teresa de Calcuta pasó buena parte de su existencia sin experimentar el consuelo de la presencia de Dios.
Detrás de una de las figuras religiosas más reconocibles del siglo XX había una mujer que continuaba rezando, sirviendo y sonriendo mientras atravesaba una prolongada oscuridad interior. “Madre Teresa era una mujer apasionadamente enamorada de Jesús”, afirmó el padre Brian Kolodiejchuk, M.C., quien la conoció durante dos décadas, fue postulador de su causa de canonización y tuvo acceso a la correspondencia en la que la religiosa confió su experiencia espiritual.
En entrevista con Press Crux con motivo de la fiesta litúrgica de la santa, el sacerdote explicó que aquella oscuridad no fue una pérdida de la fe, sino una prueba vivida desde una profunda unión con Cristo. “Estaba tan unida a Jesús que Él pudo compartir con ella su mayor sufrimiento: algo de lo que vivió en el Huerto de Getsemaní y en la cruz, cuando experimentó el abandono”, señaló.


Crédito: Cortesía: Mother Teresa Center. A la izquierda Santa Teresa de Calcuta, San Juan Pablo II y Padre Brian Kolodiejchuk, M.C
El mundo conoció su sonrisa, su sari blanco con bordes azules, sus manos arrugadas sosteniendo a los moribundos y su voz firme ante los poderosos. Lo que casi nadie supo mientras vivía fue que Madre Teresa de Calcuta pasó buena parte de su existencia sin experimentar el consuelo de la presencia de Dios.
Detrás de una de las figuras religiosas más reconocibles del siglo XX había una mujer que continuaba rezando, sirviendo y sonriendo mientras atravesaba una prolongada oscuridad interior. “Madre Teresa era una mujer apasionadamente enamorada de Jesús”, afirmó el padre Brian Kolodiejchuk, M.C., quien la conoció durante dos décadas, fue postulador de su causa de canonización y tuvo acceso a la correspondencia en la que la religiosa confió su experiencia espiritual.
En entrevista con Press Crux con motivo de la fiesta litúrgica de la santa, el sacerdote explicó que aquella oscuridad no fue una pérdida de la fe, sino una prueba vivida desde una profunda unión con Cristo. “Estaba tan unida a Jesús que Él pudo compartir con ella su mayor sufrimiento: algo de lo que vivió en el Huerto de Getsemaní y en la cruz, cuando experimentó el abandono”, señaló.
La llamada que comenzó en un tren
La historia de las Misioneras de la Caridad comenzó el 10 de septiembre de 1946. Madre Teresa, entonces religiosa de Loreto y profesora en una escuela de Calcuta, viajaba en tren hacia Darjeeling para realizar su retiro anual cuando recibió lo que posteriormente llamaría “la llamada dentro de la llamada”.
Gracias a las cartas conservadas por sus directores espirituales, explicó el padre Brian, hoy se conoce parte de aquella experiencia. Madre Teresa percibió interiormente que Jesús le pedía dejar el convento de Loreto y fundar una nueva comunidad dedicada al servicio de “los más pobres entre los pobres”. Ella ya trabajaba con niñas de familias necesitadas, pero la nueva misión la llevaría hasta quienes vivían y morían en las calles: enfermos, abandonados y personas descartadas por la sociedad.
“Jesús continuaba preguntándole: ‘¿Te negarás a hacer esto por mí?’”, relató el sacerdote. La pregunta tenía para ella un peso particular, pues en 1942 había formulado un voto privado de no negarle nada a Dios. Si llegaba a reconocer que Él le pedía algo y se rehusaba deliberadamente a cumplirlo, consideraba que cometería una falta grave.
Dejar Loreto no representó una liberación, sino un sacrificio. Madre Teresa amaba profundamente a su congregación y a las religiosas con las que había compartido tantos años. Según el padre Brian, separarse de ellas le resultó incluso más doloroso que haber dejado su casa y a su madre cuando era joven. “No habría dejado Loreto si no hubiera tenido la certeza de que se trataba de un verdadero mandato de Jesús”, aseguró.
La biografía publicada por las Misioneras de la Caridad señala que, después de un prolongado discernimiento con su director espiritual y con el arzobispo Ferdinand Périer, Madre Teresa dejó el convento en agosto de 1948, recibió una breve formación médica y comenzó a trabajar en los barrios pobres de Calcuta. Visitaba a los enfermos, reunía a niños que vivían en las calles y abrió una pequeña escuela y un dispensario.
“Tengo sed”, el fuego de su misión
La experiencia del tren quedó inseparablemente unida a dos palabras pronunciadas por Cristo en la cruz: “Tengo sed”. Para Madre Teresa, explicó el padre Brian, aquella expresión revelaba la intensidad del amor de Jesús y su deseo de alcanzar personalmente a cada ser humano.
“La sed de Jesús es como un prisma a través del cual pueden contemplarse todos los demás aspectos de la espiritualidad y de la misión de Madre Teresa”, afirmó. “Todo está conectado con la sed de Jesús y con el deseo de saciarla”.
Ese núcleo espiritual fue estudiado por el padre Joseph Langford, cofundador de los Misioneros de la Caridad Padres, en su libro Mother Teresa’s Secret Fire: The Encounter That Changed Her Life and How It Can Transform Your Own. La obra explica que la actividad visible de Madre Teresa nació de un encuentro interior y de una convicción: detrás de cada persona abandonada, Cristo seguía pronunciando las palabras “Tengo sed”.
Su misión, por tanto, no consistía solamente en alimentar al hambriento, curar heridas o acompañar a los moribundos. Madre Teresa buscaba responder al amor de Cristo amando a quienes se sentían rechazados, solos o indeseables. En ellos encontraba al mismo Jesús que le había pedido dejar Loreto y llevar su presencia a los lugares donde la dignidad humana parecía haber sido olvidada.
Esta espiritualidad también aparece en la novena a santa Teresa de Calcuta preparada por el padre Brian. En el octavo día, dedicado a Jesús como Pan de Vida y presente en quienes padecen hambre, se recogen estas palabras de la santa: “Nuestra vida debe estar entretejida con la Eucaristía. De Jesús en la Eucaristía aprendemos cuánto desea Dios amarnos, cuánto desea nuestro amor y el amor de las almas como respuesta. De Jesús en la Eucaristía recibimos la luz y la fuerza para saciar su sed”.
La meditación invita a reconocer una misma presencia que conduce del altar al encuentro con quien sufre: “Cree que Él, Jesús, está bajo la apariencia del pan y que Él, Jesús, está en el hambriento, el desnudo, el enfermo, el solitario, el no amado, el que no tiene hogar, el desamparado y el desesperanzado”.
La oración pide la gracia de contemplar a Cristo en el Pan de Vida y servirlo bajo “el doloroso disfraz de los pobres”, para que su amor penetre toda la existencia y pueda irradiarse hacia los demás. El texto del octavo día de la novena puede consultarse aquí.
Cuando comenzó la obra, desapareció el consuelo
Durante el tiempo de la llamada, Madre Teresa había experimentado una intensa cercanía con Jesús. Sin embargo, poco después de comenzar su labor en los barrios pobres, aquella sensación de presencia desapareció. “Después sintió que no había nada”, explicó el padre Brian.
La religiosa siguió creyendo y cumpliendo su misión, aunque interiormente no experimentara consuelo. Ella comparaba su situación con un cielo cubierto por las nubes: no podía ver el sol, pero sabía que continuaba brillando por encima de ellas. “Su experiencia era contraria, pero creía con una fe muy grande que Jesús la amaba, que estaba presente, que la obra era suya y que todo lo que hacía era para Él”, relató el sacerdote.
Durante décadas, ni siquiera las religiosas más cercanas conocieron la profundidad de aquel sufrimiento. Solamente algunos sacerdotes y directores espirituales tuvieron acceso a las cartas en las que Madre Teresa hablaba de su desolación. La publicación en 2007 de Mother Teresa: Come Be My Light, recopilado y comentado por el padre Brian, mostró esa dimensión desconocida de su vida. La correspondencia revela una oscuridad que, con breves excepciones, se prolongó durante casi 50 años.
A partir de aquellas cartas, algunos medios interpretaron su experiencia como una duda sobre la existencia de Dios. El padre Brian ha insistido en una distinción fundamental: Madre Teresa vivió una “prueba de fe”, no una “crisis de fe”. Como explicó en declaraciones recogidas por EWTN News, no abandonó a Dios cuando dejó de sentir su presencia; por el contrario, continuó entregándole la vida y sirviendo a los pobres con la misma fidelidad.
Para el sacerdote, aquella oscuridad permite comprender de una manera más profunda la unión de Madre Teresa con Cristo. La santa no solamente atendió a personas que experimentaban abandono, soledad y rechazo, sino que compartió interiormente algo de esa misma pobreza. Su servicio no procedía de una emoción pasajera, sino de una decisión renovada aun cuando no encontraba consuelo en la oración.
“El amor es más que un sentimiento”
El testimonio de Madre Teresa adquiere una fuerza especial en una época que suele identificar el amor con la emoción y la fe con la experiencia sensible. “Madre Teresa es un gran ejemplo de lo que realmente es el amor”, afirmó el padre Brian. “El amor es más que un sentimiento. El amor es una decisión. El amor está en la voluntad”.
El sacerdote trasladó esa enseñanza a la vida cotidiana y familiar. Hay ocasiones, explicó, en las que una persona no siente deseos de sacrificarse y, sin embargo, decide hacerlo por su esposo, su esposa, su hijo o su hija. “Voy a hacerlo, aunque me cueste”, resumió.
Madre Teresa solía enseñar que el amor, para ser verdadero, debe estar dispuesto al sacrificio. En un mundo herido, amar a Dios y al prójimo implica aceptar el esfuerzo, el cansancio y, en ocasiones, la cruz. Sin embargo, abordaba esa realidad con sencillez y sentido del humor. En una ocasión intentó consolar a una mujer que sufría intensamente en un hospital diciéndole que “la cruz es Jesús besándonos”. La paciente le respondió: “Madre, por favor, dígale a Jesús que deje de besarme”.
La escena, recordada por el padre Brian, muestra la cercanía con la que Madre Teresa hablaba del sufrimiento. No lo reducía a una explicación teórica ni pretendía negar su dureza. Lo contemplaba desde la fe y procuraba acompañar a quienes lo padecían para que nadie tuviera que afrontarlo en soledad.
De 12 religiosas a 754 misiones
Las Misioneras de la Caridad fueron erigidas oficialmente como instituto religioso en la Arquidiócesis de Calcuta el 7 de octubre de 1950. La comunidad inicial, integrada por apenas 12 religiosas, creció hasta convertirse en una presencia extendida por los cinco continentes.
Cuando Madre Teresa murió, el 5 de septiembre de 1997, había dejado cerca de 600 casas. En 2016, Reuters documentó el crecimiento de su misión y señaló que la congregación se acercaba entonces a las 750 casas. Según los datos publicados por las Misioneras de la Caridad, en 2025 la congregación contaba con 5.076 religiosas distribuidas en 754 misiones de 138 países, dedicadas al servicio gratuito de los más pobres.
La expansión muestra que la muerte de su fundadora no interrumpió la obra que comenzó con aquella llamada recibida durante un viaje en tren. El 4 de septiembre de 2016, el Papa Francisco la canonizó en la Plaza de San Pedro y recordó que se había inclinado ante quienes morían abandonados al borde de las calles, al tiempo que hacía escuchar su voz ante los responsables de la pobreza.
En la homilía de canonización, Francisco afirmó que su santidad era tan cercana, tierna y fecunda que el mundo continuaría llamándola simplemente “Madre Teresa”. También la presentó como una “incansable trabajadora de la misericordia” que reconoció la dignidad de quienes habían sido abandonados y convirtió la caridad en el criterio de toda su vida.
San Juan Pablo II había señalado que la fuerza para entregarse por completo a los demás procedía de la oración y de la contemplación silenciosa de Cristo. Años después, el Papa León XIV la presentó en la exhortación apostólica Dilexi te como un icono universal de la caridad. El Pontífice recordó que Madre Teresa recogía a los rechazados, lavaba sus heridas y los acompañaba hasta el momento de la muerte con la ternura de la oración.
Una santidad hecha de cosas pequeñas
Para el padre Brian, la dimensión mundial alcanzada por la obra de Madre Teresa no convierte su camino en algo reservado a personas excepcionales. Su enseñanza puede vivirse dentro de una familia, en el trabajo, en una parroquia o en cualquier lugar donde exista una persona necesitada de atención.
“Ella nos enseña la importancia de hacer cosas ordinarias, pero con un amor extraordinario; cosas pequeñas con un amor grande”, sostuvo. El sacerdote recordó también la importancia del ofrecimiento de la mañana, mediante el cual una persona entrega anticipadamente a Dios sus oraciones, trabajos, alegrías y sufrimientos. De esa forma, incluso las acciones más escondidas adquieren un sentido espiritual.
La mujer que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1979, se reunió con gobernantes y llegó a convertirse en una de las figuras más conocidas del mundo dejó, según el padre Brian, una medida de grandeza distinta a la del reconocimiento público. “No estamos llamados a tener éxito, sino a ser fieles”, recordó.
Esa fidelidad permite comprender la aparente paradoja de su vida. Madre Teresa no permaneció junto a los pobres porque sintiera constantemente la cercanía de Dios. Permaneció también cuando dejó de sentirla. Durante casi medio siglo continuó rezando, sonriendo y buscando a Jesús en los cuerpos heridos de quienes encontraba en las calles.
La oscuridad que vivió no apagó su misión. Se convirtió en el lugar desde el cual pudo acompañar a quienes se sentían solos, rechazados o abandonados y mostrarles, mediante gestos concretos, que seguían siendo amados.


Crédito: Cortesía: Mother Teresa Center


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