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Cuando se apagan las veladoras: ¿quién abraza a los que se quedan?
Después del Día de Muertos, muchas familias vuelven a una casa donde alguien sigue haciendo falta. El Papa Francisco pidió a la Iglesia permanecer cerca de ellas, también cuando han terminado las visitas y las celebraciones.
OPINIÓN | COLUMNA
Ana Paula Morales (Poli)
11/3/20263 min leer
Al recordar a quienes amamos, también podemos acompañar a quienes siguen viviendo con su ausencia. Fotografía ilustrativa: Chris Luengas / Unsplash.
En estos días me acuerdo especialmente de mi mamá. Le encantaba esta época del año. Juntas poníamos un altar sencillo para mis abuelos, comíamos pan de muerto y ella hacía dulce de calabaza. Son recuerdos a los que me gusta volver porque me hacen sentir cerca de ella.
Hoy intento transmitirles a mis hijos ese cariño por estas fechas. Al recordar cómo las vivíamos con mi mamá, también les comparto algo de ella, de lo que disfrutaba y de las costumbres de nuestra familia. Un altar sencillo puede guardar mucho de lo que queremos seguir compartiendo con quienes vienen después.
Cuando se recogen las fotografías y cada quien vuelve a sus ocupaciones, la ausencia sigue formando parte de la vida en casa. Por eso, además de recordar a quienes murieron, necesitamos preguntarnos cómo acompañamos a quienes los extrañan.
El Papa Francisco dejó una advertencia muy concreta en el número 253 de Amoris laetitia, publicada en 2016: «Abandonar a una familia cuando la lastima una muerte sería una falta de misericordia». Sus palabras comprometen a una comunidad que reza por los difuntos y que también debe hacerse presente en la vida de quienes los lloran.
En los párrafos siguientes, el Papa Francisco reconoce que el duelo puede llevar tiempo y pide a los pastores atender las necesidades de cada momento. Menciona especialmente a las personas viudas que no tienen familiares de quienes recibir afecto y cercanía. Hay una responsabilidad hacia ellas que continúa después del funeral y de las fechas en que acostumbramos recordar a nuestros muertos.
Cumplirla puede empezar por algo tan sencillo como volver a llamar. Invitar a comer al amigo que perdió a su esposa, visitar a la vecina que ahora vive sola o preguntar a una familia qué ayuda necesita. También escuchar cuando alguien quiere hablar de quien murió, aunque ya conozcamos la historia y no sepamos qué responder. Podemos sentarnos a su lado sin tener una explicación para lo que le pasó.
En la audiencia general del 17 de junio de 2015, el Papa Francisco habló del dolor de los padres que sobreviven a un hijo y del niño que pregunta cuándo regresarán su mamá o su papá. Reconoció incluso el enojo con Dios que puede nacer de una pérdida. Se detuvo en esas preguntas difíciles, las mismas que una familia puede llevar consigo mucho después de recibir las condolencias.
En aquella catequesis afirmó que «la fe impide a la muerte, ya ahora, llevarse todo». Hablaba de las familias que, aun atravesadas por el duelo, encuentran fuerzas para cuidar el amor que las une. Creer en la resurrección y echar de menos un abrazo pueden estar presentes en la misma persona, en la misma oración.
Años después, en Spes non confundit, la bula de convocación del Jubileo de 2025, el Papa Francisco recordó que la esperanza cristiana se sostiene en la muerte y resurrección de Jesús. En el número 20 retomó las palabras de la liturgia: «la vida no termina, sino que se transforma». Es la confianza con la que los creyentes encomiendan a sus seres queridos a Dios, también entre lágrimas.
Mientras llega el día de ese encuentro que esperamos, tenemos cerca a personas que necesitan compañía. Quizá este noviembre sea el primero sin su madre o su esposo. Quizá hayan pasado muchos años y todavía les cueste alguna fecha. Podemos preguntarles si quieren venir a casa, si les gustaría salir un rato o si prefieren que pasemos a verlas.
Cuando se apaguen las veladoras, quedará por hacer esa llamada que hemos ido dejando para después. Del otro lado puede haber alguien que necesite contar cómo estuvo su día y saber que tenemos tiempo para escucharlo.
